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En la calle “Sí hay”

No hay huevos, no hay leche, no hay pollo, no hay carne, no hay azúcar, no hay caraotas negras. Hace un mes en el cumpleaños de mi esposo rifé un kilo de azúcar refinada y fue el regalo más apreciado de todos. Nadie puso en duda su valor.
Desde hace más de cuatro años – cifra en extremo conservadora- el tema de la escasez de alimentos es común en Venezuela. Claro! la escasez depende de dónde se dirija la mirada. Si se busca en un supermercado, abasto o cualquier sitio afín, donde viven con la amenaza del Seniat y del Indecu día y noche, entonces no se encuentra nada y cuando lo hay, aparece un cartelito que dice “solo 2 por persona”. Que sospecho se trata de una nueva manera de mercadear productos, porque al consumidor le entra una angustia terrible, entonces se compran alimentos que no se necesitan, ni gustan y posiblemente no se saben ni comer, pero “porsia” es la excusa.
En cambio en la calle – sí en la vía pública – el asunto es diferente. Todo, absolutamente todo lo venden los buhoneros. Entonces, para qué preocuparse si de uno u otro modo si se encuentran las cosas.
Bueno, en primer lugar lo venden al precio que les provoca. Por ejemplo, el otro día pague por un muchacho redondo 25 mil bolívares el kilogramo – debería costar 11 mil y tantos a precio regulado -, el carnicero ni siquiera quiso darme factura. Yo estaba indignada, incluso le pregunté si esta carne provenía de Japón, pero al final tenía un compromiso con un cliente y con toda la rabia terminé comprándola con una culpa terrible y un letrero en la frente que decía “traidora, apoya la especulación”.
En segundo lugar, están las condiciones de calidad y salubridad de los productos. Comprar en la calle es un acto de fé. En el caso de los huevos, me ha tocado lavarlos con una esponja de alambre y jabón antes de utilizarlos. Pero es lo que hay, se toma o se deja.
Ante tanta regulación algunos productos como el azúcar ahora vienen de pésima calidad, es casi imposible que se desintegre si se intenta hacer un merengue, o que de un buen punto al hacer caramelo. Tan es cierto, que ahora la azúcar Montalban dice en el empaque “se desintegra fácilmente”. Estos son solo dos ejemplos de la calidad de los alimentos.
Dicen que la ley está hecha para romperla, yo diría que en Venezuela también está hecha para los abusadores.
Una vez intenté ir a un mercado en la Av. Bolívar y me sentí tan mal. Largas colas para comprar lo básico y luego, como el caso de la carne sin ningún tipo de refrigeración.
Lamentablemente, la costumbre termina venciendo sobre lo correcto. Entonces hacemos maromas para poder vivir, compramos cuando hay, almacenamos lo que se puede, congelamos lo congelable y así vamos. Acudimos a “contactos” o al sentido de la oportunidad. Incluso ya nadie piensa en la dignidad.
Con honestidad, eso que llaman “cesta básica” no estoy tan segura de qué se trata. Es más fácil comprar aceite de oliva, salmón en cualquiera de sus versiones, caviar, embutidos, jaleas y cuanta exquisitez se nos ocurra, que pollo, huevos, azúcar, caraotas, leche, aceite vegetal, etc., etc.
Entonces, quién gana, quién se beneficia, sospecho que la dieta del venezolano ante tanta escasez se modificará radicalmente, solo es cuestión de esperar las consecuencias.
Mientras tanto, sigo cruzando los dedos, apercinándome y encomendándome a Dios cada vez que me toca comprar en la calle, donde “Sí hay”.

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