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El trapo / cuento de @epilato

No podía distinguir las letras escritas en el torso desnudo del hombre que trepaba la alambrada. La silueta subió los hilos metálicos como un mono que ha repetido miles de veces el ejercicio de ir por la banana de la cima, y descendió del otro lado con la misma excitación del animal con su premio.

El partido había comenzado y entre el ruido de los cohetes, los cánticos y la danza de papelitos, pocos advirtieron cuando el cuerpo semidesnudo corrió por la pista olímpica y llegó hasta la curva donde colgaban los trapos de la barra rival. Desde la tribuna, lo vio caminar de un lado a otro sin quitarle la vista a la hilera de telas, y detenerse frente al trapo con el prócer dibujado.

La duda del tipo del torso desnudo lo hizo rememorar una escena de dos semanas atrás, durante las primeras horas del golpe que depuso al gobierno. Fue el encargado de copiar archivos, preservar pruebas para juicios futuros y, por último, quitar de las paredes los afiches de los ya exmandatarios. Miró una a una las caras congeladas, se paró delante del hombre fuerte del régimen, pero decidió que bajaría primero al presidente. El timbre del teléfono fue más rápido que sus manos. El mensaje le apuró el pulso:

– Deja todo como estaba, fracasamos.

Entre el ruido de las ráfagas, el estruendo de las detonaciones y los cánticos a favor de la restitución del gobierno, nadie lo miró correr por el estacionamiento del edificio ni llegar hasta el portón que escaló con la torpeza de un gato anestesiado. Desde una ventana salió un grito de gol que lo ayudó a calmar su andar. La vida seguía, tal vez pudiera asir la normalidad como al control remoto de la tele.

Se estremeció cuando oyó a casi todo el estadio también cantar un gol. Su mirada volvió a concentrarse en el hombre del torso desnudo. Había arrancado el trapo del prócer y brincaba haciendo que la cabeza del eminente dibujo se remeciera como si montara un caballo desbocado.

Sintió como algunos fanáticos a su alrededor se sosegaron cuando la pelota volvía al círculo central al mismo tiempo que dos tipos trajeados con la indiferencia de no pertenecer a ningún equipo, subían por las escaleras de la tribuna.

Por primera vez en toda la tarde, notó la pizarra: el gol de su equipo relucía ante la palidez del cero contrario. Se preguntó cuánto tiempo podría sostener el resultado y se sentó a esperar que los dos hombres llegaran hasta él, mientras que con un pañuelo se enjugaba el sudor de las sienes. Libres del peso de la humedad, los ojos recobraron lucidez, las letras tatuadas en el tronco del tipo se juntaron en una burla: “Aguanta, no es el final”.

Lo último que vio fue al hombre semidesnudo soltar el trapo y caminar hacia la salida. El prócer quedó tendido, la cara enterrada en la pista atlética.

Mención de honor en el I Concurso de Minificción 2015 de la Escuela de Escritores, Venezuela.

Acerca de ... Elsa Pilato Díaz

Elsa Pilato Díaz
Periodista, escritora, amante de la buena comida, las pelotas de fútbol y beisbol y los gatos.

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