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El solar de Leo, Lara en un solar / por Camila Cristo Anzola

Chef Leonardo Garcés / foto: Juan Alonso Molina
Chef Leonardo Garcés / foto: Juan Alonso Molina

En estos días puse un tip en la cuenta @cami_tips de Instagram acerca del género de la palabra “sazón”, y especifiqué en el texto bajo la imagen que hoy, 2 de octubre, un día luego de mi cumpleaños, iría a probar la del Chef Leo Garcés en el brunch de su Solar Bistró, un concepto prodigiosa y contradictoriamente autóctono e internacional que enfoca nuestros sabores larenses. Mi amigo Fernando Ramírez, un ser lleno de alegría y entusiasmo por cualquier cosa que se emprenda para embellecer nuestra ciudad, me invitó seriamente a conocerlo.

El local se encuentra en Santa Rosa, en la calle justo detrás de la iglesia. Confieso que me privo de visitar Santa Rosa con mucha frecuencia porque me fastidian enormemente la dificultad para estacionar el carro y la veredita desgraciada de vuelta a Barquisimeto, pero a favor de esta ocasión, les cuento que la calle en cuestión facilita mucho la circulación y el estacionamiento, y hay un señor amabilísimo que vigila. Sobre la veredita desgraciada de regreso, solo les digo que se persignen, se encomienden a la Pastora y aceleren. Lo cierto es que esta mañana a las once en punto aterricé ahí con mis tías Lucía y La Mami Anzola; la segunda, una cocinera excepcional, y la primera, una con buen diente; ambas de espléndido corazón y que me hacen sentir como una hija, y hoy me dieron este regalo.

No bien acercarme a la puerta, la veredita desgraciada se me borró de la cabeza, porque los olores que se sienten desde la acera fueron una máquina del tiempo mejor que la de Dr. Who que me teletransportó a treinta de mis recién cumplidos treinta y siete atrás.  La prolija sonrisa del joven que nos abrió y nos dio la bienvenida arropó una buena premonición.  Se acercaron dos más a saludar, y detrás de ellos, la hermosa Delia Giraldo con una alegría que le brotaba por los poros.  Escogimos una mesa cerca de la barra de cocteles porque el día estaba encapotado y con ganas de llover, pero no veo la hora de disfrutar una velada bajo las estrellas en ese solar amplio, verde y bien cuidado.

Miré todo: el techo, las mesas, los manteles, los cubiertos, el piso, las lámparas, el acceso a la cocina que se ve amplia e iluminada, las pizarras con los menús; escuché la música que ambientaba ese aire.  Hace poco, mi amiga Élida Durán me expresó una duda acerca de la palabra “bistró” (o “bistro”), y como suelo hacerlo con cada pregunta propia o ajena, me puse a investigar. No está registrada en el Diccionario de Lengua Española, pero está reconocida y explicada en varias otras fuentes serias, incluso una alimentada directamente por la RAE.  A pesar de lo que muchos piensan, yo no me rijo por lo que registre o no la RAE; César Miguel Rondón entrevistó una vez a don Darío Villanueva, director de esa institución, y escuché claramente cómo este explicaba que a veces no hay espacio físico para incluir muchos términos que se usan ampliamente hoy en día, pero que están trabajando constantemente por organizar un espacio para todos. Total que tanto en francés, inglés y español, bistró (o bistro) viene del francés bistrot, que designa un petit café, a small restaurant; un pequeño establecimiento o tasca. En los tres idiomas, bistro contiene los rasgos de un restaurante pequeño de carta breve, con platos sencillos, algunos postres, café y algunas bebidas alcohólicas, todo condimentado con precios solidarios. Solar Bistró no podía ser más adecuado para este establecimiento.

Foto: Juan Alonso Molina
Foto: Juan Alonso Molina

Las pizarras negras escritas en tiza de colores me recordaron a muchos locales que visité en Baltimore, una ciudad que, a pesar de sus detalles negativos, hierve de una cultura gastronómica muy variada para ser una ciudad tan pequeña comparándola con otras metrópolis.  Su Pequeña Italia no tiene nada que envidiarle a la de Nueva York, y sus sabores mediterráneos, asiáticos y africanos son sinceros y nítidos; tiene hasta el honor de la presencia del sabor venezolano entre los tantos latinoamericanos. Cuando vi que entre las bebidas que ofrecen había cerveza artesanal, confirmé mis sospechas con la misma soberbia con la que Hercules Poirot resolvió una vez un caso sin levantarse de su sillón.

La palabra “greca” es una que he escuchado rara vez fuera de mi familia materna; no tan limitadamente como “citófono” – un acrónimo de “circuito” y “teléfono”, o sea, un sistema de comunicación dentro de un circuito telefónico cerrado, o sea, un vulgar intercomunicador. Pero ese no es el tema; el tema es que pides un café y te ponen una greca flamante y humeante, y una tacita blanca y sencilla en un platito en forma de hoja que me mata. “La simplicité est la clé de toute vraie élégance” (la sencillez es la clave de toda verdadera elegancia), dijo Coco, y yo sigo empecinada en que esa doña era una sabia. Mi rito –o mi vicio- diario cafesero se cumplió a cabalidad. Nos ofrecieron además la opción de jugos de fruta o cocteles preparados por una chica y un chico muy simpáticos, o las orgullosamente larenses birras artesanales Geisse de Werner Geisse ([ˡgaisƏ] en lugar de [ˡheise], o sea, “gaise” con esa E que casi es A, y no “jeise”) y familia, y Nördlich de Johnny Catari; Geisse es una Lager tipo Pilsen, y las Nördlich, tipo ale, que incluyen una Hefeweiße, de trigo, conocida también como hefenweize.  La Geisse me recuerda mucho a la holandesa Amstel; clara, con aroma y cuerpo, y un retrogusto ligero y fresco. Las Nördlich cumplen con la densidad, el aroma y la presencia imponente de un ale en su retrogusto. En esta oportunidad, acompañé mi comida con la Geisse, que no había probado antes.

Mis tías se inclinaron por las tostadas caroreñas que, por supuesto, también probé. La porción te engaña entre su generosidad y lo recatado de su presentación, que te recuerda a una tostada mexicana muy bien peinada y apertrechada, pero conteniendo ese sabor que por otro lado te recuerda que, aunque no hayas nacido en Carora, por tus venas corren ají dulce, suero y calidez. Yo pedí asado negro, con el escepticismo de quien solo ha comido eso de la cocina de su abuela o de su tía-madrina-comadre Teresa. El de Tere tiene un puesto de honor en mi memoria gustativa, bañado de dulce y su amor por todos; el de Leo Garcés, y aquí puedo decir “su sazón”, disfrazó la mesa de una de ratán, que en mis recuerdos infantiles está siempre rodeada de la algarabía Anzolérica y unos años maravillosos en la Casa Madre, con menos papelón y algo más de especias en su salsa. La carne absolutamente magra y suave descansa en una cama de arroz blanco con pasitas que completan el malabarismo de sabores, y el zepelín de plátano crocante esconde un corazón de queso. No fue simplemente un asado negro; fueron años de mi vida descritos en un plato a la manera de Leo, a quien no conozco personalmente salvo por un par de saludos, pero de quien ya distingo una sensibilidad genuina, un conocimiento que escala generaciones, y un profundo amor por su trabajo.

Cuando pedimos el postre con tres cucharitas, Delia nos trajo una torta de zanahoria con chocolate con una velita para cantarme el cumpleaños feliz y pedir un deseo, que jamás pido, porque tripeo tanto soplar la vela que no necesito otra cosa. Había caras amigas entre los demás comensales del local que en silencio me hicieron otra fiesta.

La sobremesa fue de esas de las que no provoca levantarse, y pude terminarme la greca con la cadencia de cualquier merengue larense, aunque en el fondo respetuoso del compartir sonara un lounge muy sabroso. Mientras tanto, mi sobrino de un año, Alejandro Ernesto, que había llegado después con sus padres a encontrarse con nosotras, estrenaba su nueva habilidad de caminar haciéndonos reír a todos, incluidos el personal y demás clientes, con su ternura.

Así como da un gusto enorme despedir a un invitado que fue tan bueno que nos provoca que se quede, también es lindo despedir un lugar así de espléndido que nos dé ganas de volver.

Acerca de ... Camila Cristo Anzola

Camila Cristo Anzola
Larense y libanesa, licenciada en Idiomas Modernos, investigadora lingüístico-literaria, traductora, editora y a veces escritora. Amante de los sabores, espejos de culturas, buen diente y cocinera amateur.

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