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La gastronomía llegó a las escuelas públicas / por Alejandro Maglione

Sueño cumplido. Incorporar la gastronomía de alguna forma en los planes de enseñanza de las escuelas públicas de CABA es un tema que viene de lejos. Acercar a los alumnos nociones elementales de cocina y alimentación ya no es una cosa que sólo sucede en Francia y otros países del primer mundo. Algunas Escuelas Técnicas de la provincia de Entre Ríos, tienen la opción de estudiar gastronomía durante su secundario. Esta experiencia demostró -sin diferencias de género- que los alumnos eligieron esta opciónm exactamente en la misma proporción que la formación técnica.

La ciudad. En 2017 el Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires decidió hacer una prueba piloto en 10 escuelas, en cursos correspondientes al 7º grado. No fue una decisión fácil ni se tomó a la ligera. Hubo que esperar que cambiara la gestión del ministerio en diciembre del 2015 para que, la que sucedió a la anterior, retomara la idea e hiciera realidad el proyecto denominado: Aprender a cocinar para comer mejor, que finalmente adoptó la forma de talleres en las escuelas elegidas.

Los convocados. El desenvolvimiento de los talleres no era una cuestión sencilla. Alguna experiencia anterior en forma de charlas “al pasar” no había dejado demasiado sedimento. Hubo que pensar en un desarrollo con mayor tiempo y profundidad. Esto significó convocar a profesionales aquilatados y, al mismo tiempo, destinarles el tiempo necesario para que lo que le entregaran a los alumnos fuera algo más que una charla pasajera.

Una nutricionista con un extraordinario manejo docente, Yanina Feler, y un cocinero querido y querible, fueron los elegidos. Christian Petersen, padre de niños de la edad de los alumnos a quienes enseñaría a cocinar, se puso a la espalda el trabajo y comenzóa recorrer las escuelas con toda la parafernalia necesaria para hacer más eficiente la entrega de sus conocimientos a los alumnos.

Los pasos previos. Un empeño de esta naturaleza no es soplar y hacer botellas. Por el contrario, hubo extensas reuniones con las personas responsables de la parte nutricional del Ministerio. Quienes manejan la parte curricular de las escuelas tuvieron que decir lo suyo. Luego opinaron las supervisoras. Y por supuesto las direcciones y el profesorado de cada escuela. Muchas voluntades a convocar que, lentamente, fueron comprendiendo las virtudes que encerraba la idea.

El siguiente paso fue cumplir con requisitos lógicos y legales que escapan al conocimiento de cualquier neófito acerca del mundo de la educación pública. El primero, por ejemplo, fue conseguir la autorización de los padres para que, llegado el caso, sus hijos probaran las comidas que ellos mismos habían colaborado de preparar. En las escuelas públicas porteñas se sirven 117.000 raciones diarias a los alumnos de comedor, a las que se suman 220.000 de desayuno y se completan con 90.000 de refrigerios. Para cualquiera, las cifras son impresionantes. Todas estas prestaciones las realizan empresas privadas que se hacen responsables de los productos que utilizan. Lo que quiere decir que cualquier alimento que se sirva en las escuelas que no salga de sus cocinas los exime de responsabilidad y allí es donde aparecen los padres autorizando la excepción.

Otra: en algunos talleres se toman fotografías para tener registro de l actividad y poder multiplicarla. Para ello, los padres deben autorizar que se utilice la imagen de sus hijos. Y así lentamente se va desmalezando el camino que termina en las aulas con la actividad programada.

Los protagonistas. En realidad, cabría decir los “co-protagonistas” porque los alumnos están teniendo una participación que entusiasma. Como sea, Yanina Feler encara el áspero tema de la nutrición apelando a modernas técnicas que transmiten contenidos de una manera lúdica. Mientras los chicos juegan, se enteran de la conveniencia de restringir el consumo de azúcares. Fue inevitable escuchar algún gritó divertido: “¡A mí me encantan los chupetines!” en medio de la carcajada de los compañeros.

Christian Petersen se mueve con un equipo de asistentes que trasladan mesadas, anafes, utensilios varios, cacerolas, sartenes y los productos necesarios para cocinar aquellos platos sencillos que se espera que los chicos puedan, después, ejecutar en las cocinas de sus casas. El cocinero, con extrema paciencia, explica el correcto manejo de un cuchillo para evitar accidentes. Los cuidados al manipular cacerolas o sartenes calientes. La forma de manejarse con los vegetales. Cómo hay que cascar un huevo, no pocos chicos desconocían la forma de hacerlo. Cómo preparar de forma muy sencilla un panqueque y permitir que los alumnos hicieran su propia experiencia.

Conclusión. Cualquiera que haya sido docente sabe que mantener la atención de los alumnos durante una mañana entera, participando de actividades que les generen el interés puede ser una tarea complicada. La cocina, y estos profesionales, lo lograron. Hasta aquí, la experiencia ha demostrado que la alegría de divertirse y aprender es siempre un camino idóneo para incrementar las habilidades personales. Y si además se logra que de alguna forma mejoren su dieta: ¡cartón lleno!

Acerca de ... Alejandro Maglione

Alejandro Maglione

Presidente de la APEGLA, Asoc. de Periodistas Gastronómicos de Latino Amèrica. Columnista en La Nación de Buenos Aires. Conductor del programa radial La isla de los Sibaritas (que se escucha en YouTube poniendo “isla sibaritas”)

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