Inicio » Así somos » 261 / por Elsa Pilato

261 / por Elsa Pilato

Cuando todavía no sabía que habían incendiado la librería, Toque-de-queda prendió el televisor para ver la antesala del juego inaugural del Mundial de Fútbol, aún se preguntaba qué podría hacer para encontrar la 261.

Era de vida o muerte completar el álbum de barajitas del Mundial. No era por fanatismo, moda o manía de coleccionista que quería encontrar el 261, el único cromo que le faltaba, el de Tracalenho, selección de Brasil. Significaba la posibilidad de liberar a su pueblo del tirano que lo estaba sometiendo desde hacía dos décadas.

–      ¿Y tú todavía le crees a ese tipo, no has aprendido nada? Ese carajo no tiene palabra -, le había porfiado Pelos una hora antes.

Toque-de-queda no contradijo a su amigo. Había una posibilidad inmensa de que el dictador se burlara en cadena nacional del tonto que le llevara el álbum lleno, y no cumpliera su promesa de convocar elecciones con garantías democráticas y supervisión internacional neutral.

Lo había hecho ya tantas veces. Proponía un juego a la población a cambio de ceder en alguna de sus políticas. Escogía una afición popular. Algunos años atrás fue el beisbol.

Parecía fácil. Solo había que llenar al mismo tiempo los siete estadios donde se jugaba pelota profesional en el país. La recompensa sería desestatizar la banca, liberar el tipo de cambio y levantar las restricciones a las remesas provenientes del exterior.

Miles se sumaron al reto, tantos como para llenar treinta estadios, quizás más, acudieron sin dar importancia al pasado, a todas las veces que la población había ganado el juego y el mandatario no había reconocido la derrota ni, por supuesto, pagado la apuesta.

–         Ni siquiera lo logramos -, murmuró Toque-de-queda.

Miró la foto pegada en la pared. Era ella dándole la espalda al parque de pelota donde tantas veces celebró con su equipo. Acarició su cabello impreso. Procuró hacerlo por la parte menos gastada de la imagen.

No quería ir. Le repitió un montón de veces que era inútil participar, que rayaba en la complicidad seguirle el juego al gobernante.

–         Somos sus títeres, ¿no te das cuenta?

–         No hay nada que perder y será una forma de movilizar a la gente, de recordar que tenemos que reorganizarnos para luchar.

Ese día se perdieron 42 vidas y otras 87 quedaron truncadas entre heridos irrecuperables y prisioneros a perpetuidad. Ahora ella era un número más en la masacre de los esperanzados. Así bautizaron en las calles a la tragedia causada por las corridas de pánico provocadas por los agentes infiltrados del gran titiritero.

A su lado, Pelos suspiró.

–        Ya todas las redes confirmaron que en el extranjero el álbum tiene 260 barajitas… la 261 solo la tiene el álbum que venden aquí y no le ha salido a nadie.

–     Pero ese jugador existe, jugó el mundial pasado, ¿te acuerdas? Se hizo famoso porque falló un gol con las manos.

Tracalenho había marcado 91 goles en una sola temporada, una cifra exorbitante aun en una liga europea de tercera categoría. Asombrosa, considerando que el jugador hasta entonces no había destacado ni marcado más de diez goles por campaña en las ocho ligas en las que había trabajado.

El técnico de Brasil lo había convocado contadas veces, no le gustaba su estilo, decía que no se adaptaba a su esquema de juego, pero cuando su 9 estrella se fracturó la tibia a un mes del campeonato, lo llamó para que formara parte de la plantilla mundialista.

Sin embargo, Tracalenho pasó casi todo el torneo en la banca. Ni siquiera lo mandaban a calentar. Solo la desesperación del técnico al verse al borde la eliminación a tres minutos del final, volteó la suerte para el delantero.

–          Vas a entrar, eres nuestra última esperanza para empatar el juego e ir a la prórroga. Anota como sea. -, dijeron los lectores de labios de la televisión que le había dicho el técnico.

Al borde de la línea, Tracalenho besó cada una de las cinco estrellitas verdes del escudo de la seleção brasileira. Se ajustó las medias blancas por encima de las rodillas, se persignó tres veces, encomendándose primero a Dios, nuestro Señor, luego a su abuela y tía muertas.

Posicionado cerca del área chica, Tracalenho vio al lateral izquierdo servir la pelota hacia él, el gol, su gol, era inminente. Cuando se preparaba para saltar y cabecear, el defensa más alto de todos alcanzó a rozar el balón con la testa. La trayectoria se desvió y Tracalenho se vio sorprendido con la pelota a la altura del pecho. Transmutó en jugador de baloncesto y con las manos hizo un pase de pique hacia el arco, la pelota rebotó tan alto que se fue por encima del larguero.

El árbitro señaló la falta y antes de mostrarle la tarjeta amarilla, le dijo:

–  Eres ridículo.

Menos de un minuto después, el Mundial terminó para Tracalenho y su selección.

–          Ya lo recuerdo, pero ¿de qué nos sirve?

–          Tenemos que ir a la librería de Feli.

Feli parecía estar esperándolos. Estaba sentada en los escalones de la entrada. Detrás de ella, la puerta de la librería estaba cerrada con candado.

–          Quiero diez mil dólares por Tracalehno.

–       ¿Por una barajita de un álbum viejo? ¡Usurera!

Pelos tiró del brazo de su amigo.

–          Igual es un juego absurdo e inservible, vámonos.

Toque-de-queda encendió el televisor para ver la antesala del juego inaugural, aún se preguntaba qué podría hacer para encontrar la 261, el dictador había dado plazo hasta el medio tiempo para entregar el álbum.

La gata se subió a sus piernas, la alisó sin mirarla. La atigrada gris lo tocó con una pata en el mentón. Toque-de-queda notó entonces que tenía la almohadilla manchada de negro.

Salió al patio. Caían virutas de ceniza. Se acercó al muro, se subió a unos bloques y vio las llamas a unas cuantas cuadras de su casa, dedujo que era la librería de Feli la que se quemaba.

Toque-de-queda se agachó para cargar a la gata que jugaba con una tira de papel chamuscado. Colores amarillo y verde llamaron su atención. Entre las garras del felino leyó tres números: 2 6 1.

Acerca de ... Elsa Pilato Díaz

Elsa Pilato Díaz
Periodista, escritora, amante de la buena comida, las pelotas de fútbol y beisbol y los gatos.

Te puede interesar

Las cervezas de Tovar no pasan inadvertidas / Luis Villapol

Si algo destaco de Cerveza Tovar, aparte de ser la primera microcervecería del país, próxima ...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *