La Bélgica sombreada y la Bélgica luminosa

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Mi primera impresión cuando pisé Bélgica es que la gente tiene el ceño fruncido. Al comienzo solo vi caras largas y arrugadas, es difícil de explicar, pero en Bruselas el ambiente me pareció pesado y triste, a lo que sumo la dificultad de comunicación donde no funciona ni el inglés, ni el italiano, ni siquiera un escueto francés. Todo se nos hizo cuesta arriba desde comprar agua, pedir direcciones o cualquier indicación.

No lo puedo negar, comí muy rico. Los mejillones al vino, mucha cerveza, chocolates y papas fritas le mejoran el ánimo a cualquiera. La plaza central de la ciudad es imponente y encantadora, al igual que las calles en los alrededores  pero son unas pocas cuadras. Es como un escenario para turistas muy bien montado, que si te pasas una estación del metro te topas con una ciudad fea y decadente, como cuando terminamos visitando el «barrio rojo» con mujeres en la vidrieras, calles sucias y malolilentes. A Bruselas la doy por vista, llegó un momento en que quise salir corriendo.

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Pero Bélgica se vuelve luminosa cuando se trata de Brujas. Quedé flechada con la ciudad, que también parece la escenografía de un cuento de hadas, con gente amable, comida realmente deliciosa y posibilidades de comunicación fluidas. Tal vez, porque están más acostumbrados a recibir turistas. No sé.

Lo cierto es que bebí cerveza de varios tipos, seguí las recomendaciones de Brian (el chocolatier de La Praline) y visité chocolatería maravillosas como The Chocolate Line y Dumon Chocolatier. Caminé, tomé fotos, admiré mi alrededor y tuve la dicha de coincidir con un festival de restaurantes de todo el país con más de 30 participantes, muchos de ellos con estrellas Michelin. 

Por cierto, el hotel parecía una casa de muñecas, donde el desayuno fue simplemente magnícico, con mermeladas caseras, jamones artesanales y 6 tipos de panes (entre los que se destacó uno hecho con Brioche) perfectamente elaborados  por el dueño, quien resultó un chef que junto a su esposa y su hijo atienden un bistró. Lo cierto, es que me llevo el corazón lleno de estampas y buenos recuerdos.

Hasta el momento a Isabel, mi compañera de viaje, y a mi nos ha tocado buen tiempo, poco frio, gente amable y muchas novedades que contaré a mi regreso. No deja de causarme gracia el tema de las distancias, tengo la impresión que Bélgica no es más grande que el municipio Sucre.

En este momento, escribo desde Amsterdam. Finalmente, se ha cruzado una computadora en mi camino. Al son de una birra comparto mis cuentos de viaje, y la emoción que la primera tarea de mañana será pisar el Museo Van Gogh. Sin embargo, Holanda ya me brindó una excelente primera impresión, es como si al pasar la frontera de repente brilla el sol, la gente sonrie, visten de colores, todo es multicultural. Ese es otro cuento.

Vanessa Rolfini Arteaga
Vanessa Rolfini Arteaga
Comunicadora social y cocinera venezolana dedicada al periodismo gastronómico. Egresada de la UCAB con estudios de especialización en la Universidad Complutense, de crítica gastronómica en The Foodie Studies y entrenamiento sensorial en la Escuela de Catadores de Madrid. Actualmente, redactora en Sommelier y columnista del diario Correo de Perú. Conductora de rutas gastronómicas y editora de guías. Experta catadora de chocolates.

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