La pelota es redonda. A Elsa Pilato y los ciclos de la vida

A Elsa V. Pilato Díaz y los ciclos de la vida. Comparto este cuento que escribí en 2023 sobre su pasión por el futbol. Un homenaje a una hermana excepcional. Hermana, así te atesoro en mi corazón. Te amo.

LA PELOTA ES REDONDA

Elsa transpira y piensa en fútbol. Lo vive con absoluta pasión y dedicación, tanto, que es el motor de muchas decisiones de su vida. Sus domingos, su primer vistazo diario a las noticias, sus vacaciones, los planes con los amigos, aunque a estos no les guste. Es tan contagioso su entusiasmo que se hace imposible no gritar junto a ella «gooooooooool».

Estudiamos juntas en la escuela de periodismo en la UCAB, pero nos hicimos amigas ya terminada la carrera. Acababa de regresar del mundial USA 94. Lo había pedido de regalo de graduación y viajó con su papá a Orlando, Florida, donde vio dos partidos. Aunque tranquila, de carácter dulce y en ocasiones malhumorada, expedía el magnetismo de quien ha alcanzado un sueño importante, que le había permitido hacer una marca de «logrado», en su listado de metas en la vida. Le he visto esa mirada tantas veces, porque después de eso le quedó claro el trazado para asistir a cuatro mundiales más.

Hija de un siciliano con una venezolana, creció en un pequeño pueblo llamado Villa de Cura, donde su papá tenía una estación de servicio y su mamá era maestra de escuela. Rara vez habla de su niñez, pero cuando lo hace resulta fácil imaginar que era una niña tranquila y feliz, que jugaba con los vecinos varones a la pelota y con una pequeña radio escuchaba todos los partidos con devoción; práctica que mantiene hasta ahora, porque, cuando ve el juego en vivo sentada en las gradas, lo escucha por un pequeño radiecito de baterias forrado en cuero desteniño amarillo limón. Ni siquiera Internet y las redes de datos han podido cambiar eso. Qué dulzura imaginar a esa niña soñando con pisar un estadio para ver las hazañas de sus ídolos, cuyos afiches forraban las paredes de su habitación.

Ya para cuando llegó Francia 98, había ahorrado cuatro años solo para eso. Se aseguró de comprar entradas a 3 partidos, entre estos la final, y los otros los vería desde las afueras del estadio. Surgió la posibilidad de ir acompañada, entonces, Soraly se animó a viajar con ella. Nunca entendí esa dupla conformada por dos personas absolutamente disímiles, tanto, que el tiempo me dio la razón. Creo que al final las cosas no salieron bien, aunque ninguna de las dos cuenta lo sucedido en esos días. Sin embargo, por comentarios sueltos juraría cualquier cosa a que ya no se hablaban, cuando aquel gol de Enmanuel Petit en el minuto 91, selló la victoria sobre Brasil y le dió la copa al equipo galo.

Callada y discreta, excepto cuando se toma dos cervezas. Tan es así que, como ritual de celebración se las echa en la cabeza. Observadora, acuciosa, metódica, amante de los gatos, excepcional lectora y magnífica amiga. Nada en ella, salvo una que otra camiseta y pequeñas rutinas que responden a la superstición, denotan esa pasión que despierta el deporte, especialmente, el fútbol, el béisbol y el tenis. Justo en ese orden de amor. Hincha de la Juve, durante años cuando el equipo piamontino perdía, se encerraba en su cuarto a llorar, y podía dejar de hablar por días. Con el paso del tiempo ha aprendido a llevar la derrota con relativa serenidad.

Se trata del tipo de fanática para la que no hay equipo pequeño, ni torneo baladí. Cuando jugaba la Vinotinto, nombre popular de la selección nacional venezolana, tomado del color del uniforme, asistía a los partidos donde apenas pocos hinchas hacían porras desde la tribuna. Incluso formaba parte de las líneas del Deportivo Táchira, cuyos juegos seguía por radio y, cuando podía, hinchaba casi en solitario desde el Estadio Universitario en Caracas. Alguna vez la acompañé hasta Puerto La Cruz, para un partido premundial Venezuela – Argentina, donde pasaron dos hechos extraordinarios de circunstancias irrepetibles: jugó Messi y el equipo local ganó. Fue una locura.

Se sabe los nombres de los equipos de todas las divisiones en muchos países. Canta de memoria los números de los jugadores como si fuese un comentarista de televisión. Admiradora confesa de Michel Platini, Zenedine Zidane, Pelé, Juan Arango (aunque ahora sospecho que no tanto) y Roberto Biaggio. Tiene especial aversión por Maradona, aunque reconoce que es un gran jugador, incluso, mucho antes de que el argentino prestara sus servicios a la revolución chavista.

Dejó saltar dos mundiales, Japón – Corea del Sur en 2002 y Alemania en 2006, que resultaron tiempos políticamente convulsionados en Venezuela. En esos años, sin embargo, intentó vivir en España, hizo un paso por Inglaterra y asistió a una edición de la Eurocopa, de la que cuenta con picardía que celebró una victoria con los noruegos. Mejor no preguntar.

Pero en 2010, se realizaría la copa en Sudáfrica. Como para no dejarlo pasar, se metió en un sorteo online de la FIFA y la posibilidad de comprar dos boletos llegó a su buzón de correo. Por días, calculó y calculó, hasta que se llenó de valor y las compró. En un principio, se iría por cinco días, pero después que su jefa y un par de amigas la auparon e hicieron entrar en razón, se fue por dos semanas. Día y medio de viaje, Maiquetía – Barajas y luego dieciocho horas en vuelo directo a la Ciudad del Cabo. Creo que ha sido el viaje de su vida. Allá se encontró con amigos hinchas venezolanos y logró comprar en la reventa una entrada más. Fue un viaje mágico, hizo un safari, visitó la cárcel donde estuvo preso por tres décadas Nelson Mandela, se llenó los pulmones de ese aire que mezcla los océanos Atlántico e Índigo. Una amiga cuenta que, cuando la fue a buscar al aeropuerto de Madrid, donde haría una escala de 24 horas, su cara de felicidad la hizo llorar. Afirma que pocas veces ha visto a alguien tan feliz.

Cuatro años después, aprovechando la proximidad geográfica, decidió ir a Brasil, donde asistió a tres partidos. Siempre narra que le impresionaron las distancias entre las ciudades y Brasilia, ese gigante próximo al Mato Grosso. A diferencia de otros mundiales, le preocupaba su seguridad, viajar sola. Pero qué importaba. Cuando le pregunté sobre qué comió y bebió me respondió: «En los estadios de un Mundial de Fútbol se come y se bebe lo que la FIFA quiere. Según mi experiencia, la comida es casi siempre la misma: hamburguesas con queso y sándwiches fríos, sin sabor a nada, ni siquiera al papel o el plástico del empaque, chucherías dulces y saladas y, en algunas ocasiones, como en Brasil 2014, cotufas (…) Comer y beber en un estadio durante el Mundial no es barato, pero ¿a quién le importa? Estás en un partido de la Copa del Mundo. El vaso conmemorativo de cerveza Budweiser cuesta 13 Reales (como $6,5); un helado Garoto, 7 Reales ($3,5); la Brahma Zero, 6 Reales ($3); la Brahma, 10 Reales ($5). Estar en un juego del Mundial de Fútbol Brasil 2014, “no tiene precio”, y que se moleste conmigo la FIFA».

Para las copas de Rusia en 2018 y Catar en 2022, participó en el sorteo de tickets y, como era de esperarse, le salieron un par en cada uno. A ninguno asistió. Mientras tanto, creo que su sueño es aupar a la Vinotinto en una copa del mundo, agitando la bandera tricolor y cantando el Alma Llanera. Nunca se sabe. Porque como bien siempre dice, «la pelota es redonda», cualquier cosa es posible en esos 90 minutos.

Este cuento lo escribí hace un par de años y está publicado en el libro «Veintitrés mundos» (2023). Una edición colectiva de 23 autores.

Vanessa Rolfini Arteaga
Vanessa Rolfini Arteaga
Comunicadora social y cocinera venezolana dedicada al periodismo gastronómico. Egresada de la UCAB con estudios de especialización en la Universidad Complutense, de crítica gastronómica en The Foodie Studies y entrenamiento sensorial en la Escuela de Catadores de Madrid. Actualmente, redactora en Sommelier y columnista del diario Correo de Perú. Conductora de rutas gastronómicas y editora de guías. Experta catadora de chocolates.
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