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Las tejas de Ica son una golosina celestial

“Hay dulces absolutamente nuestros, basta citar tres: las natillas piuranas, los frejoles colados de Lima y la también limeña mazamorra morada. Y por encima de todos los hallazgos de la repostería peruana, las tejas de Ica, en las que el azúcar es nido de flores y frutos”, expresaba Federico More en su obra “Del buen comer y beber” sobre las tejas de Ica, editado por la Universidad San Martín de Porres (USMP) en 1998.

Cada teja en realidad es el resultado del ensamblaje de tres recetas, que como si se tratase de una constelación celestial, conforman un bocado perfecto que une el majar al que se adhieren frutos secos,  deshidratados o cítricos almibarados que luego son cubiertos con un sedoso baño de fondant o nevado.

El registro más antiguo de este dulce tradicional lo cita Eduardo Dargent Chamot en su libro sobre la cocina monacal en la Lima Virreinal (USMP, 2009), cuando reproduce las listas de mercado del siglo XVII del convento de Santa Clara, donde las monjas apuntaron “manzanas, granadas, paltas, membrillos, toronjas – en tejas -, naranjas y melocotones”.

Las primeras tejas no utilizaban fondant tal como las conocemos en la actualidad, según “una antigua receta tradicional de fines del siglo XIX, a partir de tajadas de cáscara de toronja, señala como éstas debían hervirse en agua con ceniza y luego en agua sola para eliminar el amargor. Luego se echan las tajas en almíbar clarificada hasta que se hayan calado bien; se sacan del perol y se ponen boca arriba en una especie de parrilla, formada de cañitas cortada, donde se les acomode el majar blanco en su parte cóncava. Después se untan con almíbar en punto, valiéndose de una brochita y se repite esta operación hasta que se forme una capa de azúcar de regular espesor; se voltean las tejas del otro lado para azucararlas del mismo modo. Conforme se les va echando la última capa de almíbar se le riega encima un poco de grageas”. Sergio Zapata Acha en su Diccionario Gastronómico Peruano  tradicional (USMP. 2009),

Pero el nevado no tardó en sustituir a los sutiles brochazos de almíbar, y en la mente de cualquier peruano se trata de una “golosina típica de Ica que consiste en diversas frutas, previamente confitadas, rellenas con manjar blanco y cubiertas con fondant. En la actualidad también se usan nueces y pecanas en la elaboración de este dulce tradicionalmente confeccionado  a base de cáscara de cítricos”, tal como apunta Zapata Acha.

Las recetas, incluso las más tradicionales, evolucionan y las tejas aunque se han mantenido firmes a sus orígenes, han admitido cambios como la cubierta de chocolate, que según la investigadora Sandra Plevisani apareció en los años ochenta. Tan buena ha resultado la variante, que convive con la versión original en los mostradores y despachos de dulces con tal armonía, que parece que nacieron al mismo tiempo, pero no es así, la chocoteja es la hermana morena apenas acaba de salir de la adolescencia.

Chocotejas. Fotos: Rutas Golosas

Plevisani señala en su Gran Libro del Postre Peruano (USMP, 2011), “a Elena Panizo, que ya destacaba con sus chocolates Helena, se le ocurrió entonces y quedarían mejor con una cobertura de un buen chocolate templado y es así que, gracias a ella, las chocotejas se vistieron de gala”.

Para entender las tejas hay que mirar historias paralelas, que sucedieron en el mismo territorio y que se encontraron en un punto para no separarse nunca más, como si se tratase del guion de una película. Por separado son fórmulas que también tienen vida propia, pero cuando forman parte de la teja, ceden su protagonismo para convertirse en algo más, cumpliendo ese axioma que el total es mayor a la suma de sus partes.

Manjar, primero de gallina

El manjar es el cuerpo y corazón de la teja, le otorga sustancia, suavidad y untuosidad. Este postre nació como una receta salada que evolución en dos dimensiones, como dulce tradicional y como el conocido y tradicional ají de gallina.

Zapata remonta su origen a “registros de 1324 como “menjar blanc” del Libre de sent sovi y se hacía con “harisa” judía que era la base de la carne de cordero”. Pero al registrar la historia del majar señala lo siguiente, “desde Martínez Martiño (S.XVII) se hacía con pechuga de gallina, pescado, langosta o ranas y se podía reemplazar  la leche por almendras”, en lo que se conocía como conserva de majar blanco, que en otra receta datada en 1734 la califican como una “suerte de guisado” cuyo listado de ingredientes consistía en pechuga de gallina, azúcar, harina de arroz, leche y agua con azahar.

Las investigaciones de Zapata sobre el majar destaca la referencia que aparece en un recetario mexicano fechado en 1868 donde se le menciona como “manjar real del Perú”, que ofrece tres versiones: una con leche, otra sin el lácteo y la tercera con almendras.

Pero el majar no deja de ofrecer sorpresas y tal como señala el periodista Federico More se preparaba un dulce con frijoles a finales del siglo XIX en los conventos de Chicha (Ica) y en Cañete (Lima). La receta consistía en “cocer frijoles prietos (negros) en agua, para machucarlos con leche, se cuelan y cuecen con azúcar hasta alcanzar el punto. Se sirve en fuente y se esparce por encima con  ajonjolí tostado y grageas”.

La información de More coincide con la receta  de manjar blanco de pallar proporcionada por Plevisani en su recetario y con los alfajores con manjar de pallares publicada por el chef Flavio Solórzano Álvarez, en el libro sobre “Recetas con origen” – editado por Indecopi 2016 – en el capítulo sobre la denominación de origen “pallar de Ica”.

“Este dulce no es otra cosa que la leche cocida con mucha azúcar hasta que tome punto. Para favorecer la coagulación, se le añade unos granos de pallares hechos harina o caldo de una chirimoya pequeña y muy madura”, señala Zapata en el diccionario. Pero la adición del frijol a la fórmula es cada vez más escasa, tal como lo explica Hortensia Ríos García, quien elabora tejas para la venta en Ica y quien aprendió el oficio de su abuela, “hace muchos años se añadía pallar al manjar, el problema es que se dañaba muy rápido”.

Actualmente, se la mayoría de las recetas utilizan básicamente leche, azúcar y vainilla, en una porción que ronda diez a uno, es decir, por cada diez litros de leche y un kilogramos de azúcar, se obtiene un poco menos de litro y medio de manjar.

El manjar tiene que ser suave, untuoso pero firme y maleable, con él se rellenarán limones en almíbar  o se unirá a pecanas o guindones que tal como señala Plevisani “son muy saludables ya que el proceso de secado concentra los componentes nutritivos de fruta”.

Hortensia Ríos García, en Ica. Foto: Rutas Golosas

Una cubierta, dos nombres

Nevado o fondant conforma la tercera pieza de toda teja, “es el último paso de su elaboración. Consiste en cubrir los limones confitados rellenos de manjar blanco con un baño azucarado (fondant)”, apunta Plevisani, apunta al margen de la receta apunta que tiene que estar “bien cuajado”.

Algunos autores llaman a la cubierta fondant, otros como Zapata Acha como nevado, pero al revisar los métodos de preparación las variantes son pocas.

Por su parte, la investigadora Rosario Olivas en su Tratado de dulces y licores de Moquegua (USMP, 2014) la llama “fondant o glacé fondant” donde ofrece la versión familiar de Mary Weston de Olivas. La fórmula contiene azúcar en polvo, agua, vinagre, claras de huevo y la preparación la describe del siguiente modo: “se coloca en una cacerola el azúcar con el vinagre y el agua hasta que esté como aceite, luego se echa en una fuente y se van echando  las claras batidas a nieve pero no muy duras, hasta formar una masa espesa”.

La cubierta en cuestión es delicada, tiene que estar caliente para trabajarse por lo que exige la destreza del cocinero que con el tiempo en contra sumerge los trozos de manjar y fruta, para luego colocarlos sobre papel glassinne hasta que se sequen. Al respecto Hortensia Ríos advierte, “tiene que ser sedoso y brillante, sin grumos y cubrir de forma uniforme. Una vez bien seco se envuelve en papel”.

“Gracias a la creatividad nacional, estos tres elementos permiten elaborar las tejas tal como las conocemos actualmente”, expresa Zapata Acha.

Texto original publicado en la revista peruana Catering & Gastronomía No.9 / Dic. 2016. Se publica en este portal con autorización de la publicación.

Receta de los tequeños venezolanos que viajan por el mundo

El tequeño venezolano es el pasaboca o pasapalo más popular. Está por encima de las clases sociales, ubicación geográfica o posibilidades económicas, se come en todos lados y con el mismo gusto. En este caso, consiste en una barrita de queso blanco fresco semi-duro ligeramente salado, sobre el que se enrolla una tira de masa suave, flexible con un toque dulzón. ¿Cómo hacer los mejores tequeños venezolanos? Esta receta explico la receta paso a paso es infalible.

Primero un poco de historia. Las primeras referencias de los tequeños venezolanos aparecen a principios del siglo XX cuando se les llamaba “palitos o deditos de queso”. Aunque hay varias teoría de su origen, la más fundamentada apunta a la familia Báez en la población de Los Teques, en los Altos Mirandinos venezolanos.

Al poco tiempo se hicieron famosos en poblaciones cercanas como Caracas, La Victoria y Tejerías donde los pobladores preguntaban si ya habían llegado “los tequeños” para comprarlos. En realidad, se referían a los habitantes de Los Teques, pero con el tiempo la receta adquirió dicho nombre.

Los tequeños en Venezuela se pueden encontrar con su masa original que mezcla harina de trigo, mantequilla, huevos y un ligero toque dulzón; pero también se elaboran con masas hojaldre, brioche y hasta versiones más industrializadas cuya fórmula se limita a harina, agua y sal. 

Por otra parte, los rellenos varían, desde los tradicionales con queso, pasando por jamón y queso, chocolate, dulce de membrillo  o guayaba con queso, en formatos que van desde muy pequeños hasta los famosos “tequeñones”, una versión gigante muy popular.

Se trata de un fórmula simple y poderosa, que combina básicamente dos elementos: queso y masa, pero que al freírse dan como resultados bocados rebosantes en gusto y sabor. Su receta resulta laboriosa, llena de trucos, pero se pueden hacer muchos en una sesión y guardar en el congelador para luego disfrutarlos a gusto o necesidad, porque los resultados son mucho mejores hacen contacto con el aceite caliente cuando están congelados.

El buen tequeño se reconoce porque la masa es crujiente al morderla, suave al masticar, no resulta chiclosa ni se le sale el queso al freírlo y cuando lo come, el relleno siempre se mantiene junto a la masa.

Para quienes se animen, a continuación la receta del gastrónomo venezolano Armando Scannone, con algunas recomendaciones, trucos y sugerencias de la autora del texto.

Tequeños venezolanos (40 a 50 unidades, depende del tamaño que corte el queso)

Ingredientes:

  • ½ kg de queso blanco semiduro. Aunque es cuestión de gustos, también funciona el amarillo tipo Gouda, el tipo Paisa y en Perú el arequipeño funciona muy bien. También depende de cuánto desee que derrita el queso.

Para la masa:

  • 2 1/2 tazas de harina de trigo sin preparar (sin leudante)
  • 1 1/2 cucharadas de azúcar (preferiblemente blanca)
  • 5 cdas de mantequilla (procure evitar la margarina, cambian los resultados)
  • ½ cdta de sal
  • 1 huevo
  • 4 a 5 cucharadas de agua helada
  • Abundante aceite para freír

Preparación:

1 .-  Corta el queso en barritas de 1×1 centímetros de grueso y 5 de largo. Es importante que el queso sea seco y firme. Reserva. Un truco es trabajar con el queso recién refrigerado.

2.- Para la masa de los tequeños venezolanos

Coloca en un recipiente 2 tazas de harina, el azúcar, la sal y la mantequilla. Mezcla bien hasta que tome aspecto de pan rallado. Luego incorpora el huevo y el agua, mezcla bien y amasa hasta que obtener una masa suave y uniforme. Envuélvela en papel film o en una bolsa plástica y refrigérala por un par de días.  Lo ideal es dejarla reposar porque contribuye a la calidad final y se hace más maleable. Pero si hay prisa con un par de horas de refrigeración es suficiente.

3.- Armado de los tequeños venezolanos

Ccon la ayuda de un rodillo, estira la masa tan delgada como sea posible. Entre más delgada, mejor serán los resultados porque un tequeño de masa gruesa es desagradable. Córtala en tiras largas de centímetro y medio de grosor.

Toma una tira y envuelve una barrita de queso, empezando por fijar bien en la punta la masa antes de comenzar y al final. Es importante que unos pliegos queden sobre otros de este modo evitará que se salga el queso al freír. Repite el procedimiento hasta completar los tequeños que rinde la receta.

4.- Vierte el resto de la harina en un recipiente rectangular, y coloca allí los tequeños a medida que los va armando. Cúbrelos bien con la harina y retira el exceso y colócalos sobre una bandeja. Se sugiere no más de dos pisos para que no se aplasten los de abajo. Luego envuelve la bandeja con papel film y congélalos hasta el momento de freír.

5.- Al freír los tequeños venezolanos

Calienta abundante aceite (sin que humee), parte del secreto de hacer bien este paso es que naden en el aceite caliente y no colocar demasiados al mismo tiempo. Freírlos hasta que doren. Cliquee aquí para ver algunos consejos para la fritura perfecta.

7 consejos para freír perfectamente tequeños

7 consejos para freír tequeños correctamente. Aunque en este caso me refiero a un platillos específico, valen  para todo tipo de frituras.
1) Utiliza abundante aceite, al punto que naden o por lo menos queden casi cubiertos. Por usar menos aceite no tendrán menos calorías. Y la fritura será uniforme.
 
2) Utiliza aceite de buena calidad. Dependiendo del tipo de aceite su punto de hum3o varía, por eso no es igual si usa grasa de origen animal o vegetal, y en el caso de los vegetales esté pendiente si es de maíz, canola, girasol, palma u oliva. En este caso los primeros tres son los mejores para trabajar porque no transfieren sabor. Si te decides por oliva, no olvides que le dará un sabor extra a la preparación. Para ver los puntos de humeo cliquee aquí.

 

3) Calienta el aceite pero evita que humee. Si se calienta de más se quemarán por fuera y quedarán crudos por dentro. Pero si el aceite está frio no quedarán crujientes y absorberán el doble de aceite. Un truco para saber  la temperatura indicada, es colocar la palma de la mano a 10cm de aceite y si se puede mantener por 5 segundos pero siendo el calor intenso, entonces está listo.

4) Fríe primero un tequeño y esto te ayudará a hacer cualquier ajuste de temperatura.

5) Si los tequeños están congelados no hace falta descongelarlos.

6) Cuida no freír demasiados tequeños a la vez, esto hace que baje la temperatura del aceite drásticamente y absorban más la grasa (se enchumben)

7) Coloca los tequeños listos sobre papel absorbente.

Disfruta y comparte los tequeños rellenos de queso o chocolate de @rutasgolosas … a los interesados en disfrutar los que hace @rutasgolosas los pueden pedir con 24 horas de antelación por mensaje directo del Instagram o por el correo rutasgolosas@gmail.com (solo para residentes en Lima).

Receta para elaborar tequeños venezolanos aquí

¿Qué son las marcas colectivas?

“Marcas colectivas”.  A primera lectura da la impresión que el término se explica por sí mismo, en una especie de figura que agrupa a muchos productores bajo una etiqueta única. Aunque se aproxima bastante a la definición, sus implicaciones se extienden enormemente, al sumar varios esfuerzos individuales que poseen una naturaleza común, en pro de resultados de mayor envergadura, que se ciñen a una figura jurídica que brinda el Estado.

Un ejemplo emblemático sucedió en 2015, cuando trece asociaciones campesinas de Lambayeque – Perú – encontraron en este mecanismo una manera combatir las consecuencias económicas de la deforestación, que paradójicamente trajo como consecuencia la aparición de hongos comestibles, apreciados en el mercado gourmet.

Buscaron asesoría, establecieron metodologías comunes de recolección, deshidratación, comercialización y sirviéndose de la etiqueta común “Inka Wasi”, han logrado llegar a mercados foráneos como Chile y España. En este caso, cada asociación puede tener su marca, pero están amparadas por una especie de paraguas, es decir, una marca colectiva que garantiza al consumidor origen, estandarización y calidad.

Marcas coletivas = signos distintivos

“La marcas colectivas son signos distintivos,  que nuestra ley establece entre la serie de elementos de propiedad intelectual, a lo que se suman las marcas ordinarias que conocemos de productos y servicios, denominaciones de origen, marcas de certificación, nombres y lemas comerciales entre otros. Cada uno tiene una finalidad específica, con la intención ayudar al consumidor a hacer su elección de compra”, afirma Jack Cieza Pastor, de la Dirección de Signos Distintivos del Instituto de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Protección de la Propiedad Intelectual (Indecopi) en Perú.

En este caso, las marcas colectivas pertenecen a los productores, no al Estado, “es el ropaje perfecto para que una organización que la ha solicitado se asocie, realice actividades que le permitan llegar al mercado, les facilita su posicionamiento y obtener mayor reputación. Esta figura permite una maduración previa a la denominación de origen, para que vayan tomando experiencia de mercado. En el caso del Perú, muchos de nuestros productores agrarios están acostumbrados a cultivar la tierra pero no son comerciantes, entonces, el Estado interviene un poco para ayudarlos a seguir escalando en la cadena productiva”, agrega Cieza.

Ciento setenta y seis

Actualmente, Perú posee 176 marcas colectivas registradas. 113 están vigentes según información suministrada por Indecopi, en las áreas de productos y servicios.

“La idea de una marca colectiva es establecer metas en conjunto para enfrentar el mercado. El sustento tiene como trasfondo una organización de productores,  cuyo número no está determinado por la ley, pero lo importante es que trabaje efectivamente en el mercado, que además de estar constituido y que funcione.  Se trata de un activo intelectual como cualquier otro bien y atado a todas las condiciones a las que están sujetos todos los bienes, con la particularidad que es de carácter inmaterial”, explica Cieza.

En Perú las marcas colectivas incluyen desde cría de animales como Ceprocuy, piscicultura como Acuijunin con las truchas, ambas en Junín. También se cuentan productores de quínoa como Campo Verde en Ayacucho, Aynok´a y Viz Kik; frutas como Plátano del Molino y Agropiñas Roja Porotina; a lo  que se suman la miel La Reina de Olmosa, papas nativas como APRO y Sumag Songo, además del caso de los hongos de Lambayeque.

Pero también se cuentan productos procesados como los casos de los panes de ASIPA (Asociación de Industriales de la panificación) en Cajamarca y los Panes de Chuta Oropsa; los tallarines de casa Doña Mica en Abancay, las cevicherías La Rosa Toro, el expendio de emolientes Tradición de los Incas y se extiende a materia prima destinada al vestido como Alpaca Blend Mark y Peruvian Pima. Solo para brindar un panorama general del alcance de los productos y servicios.

Experiencia positiva

“La experiencia ha resultado positiva en líneas generales, tenemos una actividad seria comprometida con la promoción de marcas colectivas y en dicha medida uno puede ver los resultados, si se revisan los años 2012 y 2013 eran cuatro o cinco solicitudes anuales, en comparación en 2015 ha subido el número a catorce y a mitad de 2016 ya habíamos pasado esa cifra”, apunta Cieza.

Al respecto, David Torres Bisetti de la tostaduría que lleva su apellido materno, y quien trabaja con comunidades productoras de café, afirma que “son una alternativa interesante de las cooperativas para poder entrar en el mercado y mantenerse. A veces los productores tienen volúmenes que de forma individual no satisfacen a determinados clientes del mercado local y extranjero. Gracias a esto es que pueden reunir los volúmenes que se les pide, siempre y cuando mantengan la calidad”.

“Se trata de un esquema de valor agregado donde el éxito tiene que partir de los mismos actores. No de las organizaciones no gubernamentales o del Estado, quienes pueden apoyar, pero no son los protagonistas. Las marcas colectivas tienen que dar garantía de trazabilidad, porque un elemento importante es la estandarización y que no haya diferencias entre productos de una misma marca”, afirma Vilsic Bocangel, fundador de Amazona Chocolate.

Dónde comenzar, cómo concretar

“Se hacen a medida. Conversamos con los productores y les preguntamos cuáles son las características de su producto, qué le quiere comunicar al consumidor, cómo lo quiere vender, por qué cree que el consumidor preferirá su producto. Eso es fundamental que ellos lo identifiquen”, afirma Ray Meloni García presidente de la Dirección de Signos Distintivos de Indecopi.

Uno de los requisitos que se pide para su conformación es el reglamento de uso, al que se le pueden hacer modificaciones posteriores. “Normalmente las asociaciones que piden marcas colectivas ya son cooperativas y sus miembros pueden en el tiempo variar”, puntualiza Cieza.

“La asociación es la titular de la marca colectiva no el productor, quien como miembro tiene autorización de utilizarla, pero no excluye al mismo productor de tener su marca propia y ambas pueden ir en la misma etiqueta. Actualmente, Indecopi ha diseñado toda una estrategia de posicionamiento de promoción de marcas colectivas y de certificación, porque ha identificado que es necesario promover estas figuras a favor de quienes más lo necesiten”, agrega Cieza.

La versión original y completa de este texto, ha sido escrito por Vanessa Rolfini Arteaga, editora de RutasGolosas.com para la revista peruana Catering & Gastronomía en el número 9.

Todo lo que desea saber sobre la AREPA y no sabe a quién preguntarle … o no se atreve

@maryaveledo

La palabra “arepa” irrumpe con fuerza en la escena gastronómica internacional, se escucha en voz alta en las esquinas, en las conversaciones, en restaurantes y puestos callejeros. Para la mayoría es un vocablo nuevo, causa curiosidad pero la información al respecto es escasa, solo si se dispone de un amigo o conocido venezolano que lo explique.

¿Qué es un a arepa?, ¿existe más de un tipo?

La arepa para un venezolano es su pan, solo que hecho de harina de maíz. La redonda y blanca como la luna llena, se trata de la versión más popular dentro y fuera de Venezuela. Son esponjosas, suaves y su sabor es suave, tanto que algunos aseguran que saben a lo que les pongan.

Existen variedades menos difundidas dentro de Venezuela, como las de maíz amarillo, grises cuando el maíz de pasa primero por agua y cal llamadas “peladas”, fritas con un hoyo en el medio, las de trigo andinas, dulces mezclas con queso rallado, chancaca, anís y harina de trigo que al freírse de inflan como globos. También las hay  de colores cuando la masa se mezcla con vegetales y versiones más “culposas”, al fusionar la masa con piel de chancho crujiente y molida, conocidas como “arepas de chicharrón”.

¿Con qué y cómo se prepara?

Actualmente, se elaboran con harina de maíz precocida. La etiqueta más difundida y popular es Harina Pan, pero con la diáspora venezolana hay muchas otras marcas en el mercado. Incluso en España algunas cadenas de supermercados las incluyen  en sus portafolios de marcas propias.

Este tipo de harina solo requiere agua a temperatura ambiente y sal, el maíz se hidrata y se convierte en una masa suave y manejable, que se puede preparar en una plancha (que los venezolanos señalan como budare) que según el caso se hornean después, fritas y hasta en un aparato llamado “tosty arepa”, versión de una sanduchera donde se cocina en minutos. Pero en líneas generales, la preparación es muy sencilla, lo más difícil es lograr que queden redondas, pero todo es cuestión de práctica y a fin de cuentas no altera el sabor.

https://www.youtube.com/watch?v=UzNZe13XZIs

¿En qué momento se comen?

En cualquier momento del día. Desde el desayuno pasando por todas las comidas, incluso en Venezuela era habitual comerlas para cerrar una noche de rumba, es decir, en la madrugada.

¿Principal o guarnición?

Ambos roles le calzan la perfección. Como principal se rellenan con una diversidad casi infinita de preparaciones, porque admite todo tipo de carnes, quesos, embutidos, vegetales, huevos, frijoles hasta un tipo de pasta de “jamón endiablado” o diablitos.  El relleno puede ser frío o caliente, según el caso, que usualmente se combinan, por ejemplo, frijoles negros con palta, pollo con queso.

Pero las arepas son magníficas acompañantes para revoltillos o tortillas de huevo, con carnes guisadas con mucha salsa y sopas, en este caso, algunos venezolanos las pican en pequeños trozos y las mezclan con el caldo.

¿Las arepas tienen dimensiones específicas?

No. Las más difundidas tienen un diámetro entre 11 y 13 centímetros aproximadamente, pero eso depende de quién las haga, lo importante es poder abrirlas y rellenarlas. También se hacen pequeñas para fiestas como pasabocas o muy grandes que se dividen en partes, como las famosas “ruedas de camión” que se parten en cuatro partes.

¿Frías o calientes?

Preferiblemente calientes, la masa es más sabrosa y suave. Es cuestión de gustos.

¿Cuáles son los rellenos más comunes?

Por una parte, con queso amarillo o blancos frescos, que en Venezuela la variedad es muy amplia. Sin embargo, los quesos frescos de cabra, oveja también le van bien.

Otros rellenos son con guisos de frijoles, carnes rojas, pollo, pescados y mariscos. También con carne de cerdo, revoltillos, jamón, chorizos, morcillas, salchichones, vegetales y pare de contar.

En Venezuela algunos rellenos son famosos, por ejemplo las llamadas “reinas pepiadas” que consisten en una mezcla fría de pollo, mayonesa y palta; las pelúas que se hacen con el corte de carne malaya guisada, las catiras (rubias) que llevan una porción de guiso de pollo y queso amarillo rallado, las dominó con frijoles negros refritos y queso blanco.

¿Cómo se comen?

Con las manos, como si fuese un sanduche. Solo se usa el cuchillo para cortarlas antes de rellenarlas o en los casos que se quieran dividir y compartir.

¡Na´guará! esas arepas y empanadas en Lima

Los hermanos Marjorie y Augusto Dulanto tienen un restaurant de cocina venezolana llamado Na’Guará en la avenida España en Lima, a dos cuadras de Migraciones. Guaros de origen, ella es administradora y él, corredor de seguros. Afuera un pequeño mostrador con empanadas y tequeños. En la carta hay arepas, cachapas, pabellón, empanadas y bebidas, desde papelón con limón hasta Toddy y chicha de arroz.  Desde la puerta de la cocina vi una paila llena de un guiso de caraotas negras que me invitaba a nadar en ellas.

La primera vez que pasé por Na´guará fue en noviembre del año pasado, pero ayer regresé. Me comí dos empanadas que resultaron riquísimas, la primera de jamón y queso y otra de pollo. En esta oportunidad noté para mi placer, que han mejorado notablemente porque la masa estaba mas delgada y crujiente, recordé a las de la Plaza Los Símbolos en Caracas.  … super recomendados. Además los precios están muy bien.

Esta es su página en Facebook https://www.facebook.com/naguaraqrico/?fref=ts

«El Suizo» de Vargas Llosa permanece con los sabores intactos

Corvina con mantequilla negra y alcaparritas

La playa La Herradura en Chorrillos, en los años cincuenta era el punto de encuentro de la alta sociedad limeña, pero lastimosamente con el paso del tiempo se volvió decadente, sucia, cuando está en temporada estruendosa, con todo tipo de restaurantes a la orilla del mar que no se destacan por su buen aspecto, pero con una vista magnífica. En ese escollo olvidado de mala reputación ausente en cualquier brochure turístico, sobrevive casi como un milagro el restaurant El Suizo. La persona que me llevó me dijo, «te va a encantar, probarás lo que se servía en Lima hace cuarenta años, lo que yo recuerdo de niño. Sentirás que estás haciendo un ejercicio de antropología».  No se equivocó.

Un mobiliario que con toda seguridad no ha cambiado en décadas, ni siquiera la tela de los manteles ya desgastadas y descoloridas, al igual que el mesonero con su cara torcida o de sonrisa congelada y amable, recita de memoria como si fuese una oración la carta. La terraza está llena de fotos de personalidades que los ha visitado y la dueña muy orgullosa, cada vez que puede, hace referencia a la mención que hace del lugar el libro «Conversación en la catedral» , del Nobel peruano Mario Vargas Llosa (1969).

«Fueron a almorzar al Restaurant Suizo de la Herradura. Los mozos y el maitre conocían a Chipas por su nombre, le hicieron algunas bromas y revoloteaban  a su alrededor efusivos y diligentes, y el Chispas había exigido probar ese cóctel de fresa, la especialidad de la casa flaco, almibarado y explosivo. Se sentaron en una mesa que daba al malecón: veían el mar bravo, el cielo con nubes del invierno, y el Chispas te sugería el chupe a la limeña para comenzar y de segundo el picante de gallina o el arroz con pato.

– El postre lo escojo yo – dijo el Chispas, cuando el mozo se alejaba con el pedido-. Panqueques con manjar blanco. Cae regio después de hablar de negocios».

Increíblemente, todos los platillos mencionados en el texto están en la carta. Desde el empalagosamente peligroso coctel de fresas, pasando por los platos de gallina y las panquecas. Me atrevo a especular que servidos del mismo modo como lo imaginó el autor, porque la bebida venía en un vaso relativamente pequeño, de vidrio biselado con motivos florales, así como los platos de porcelana ya gastados y viejos, pero en buen estado.

No puedo ocultar la emoción de disfrutar un lugar y un menú, que permanece en las mismas condiciones referidas en una publicación que supera los cuarenta años. ¡Vaya experiencia! Fue un recorrido de otro nivel.

Disfrutamos choritos a la chalaca y a la suiza (versión de la casa solo con tomate fresco molido), conchitas a la parmesana, corvina con mantequilla negra y alcaparritas acompañada con papas hervidas, corvina a la suiza con una salsa de queso que traía como guarnición papas fritas cortadas con un sacabocado y guisantes; y de postre unas extraordinarias panquecas  cuya masa estaba mezclada con manzanas caramelizadas. Todos los platillos perfectamente elaborados, no sobraba ni faltaba nada, lo que tenía que estar fresco lo estaba, lo que ameritaba grasa tenía la justa cantidad, los cortes limpios, la porciones generosas, cada bocado exudaba sabor que vagamente rememora la sazón de los condumios diarios de la Lima actual, pero que definitivamente son otra cosa. Para mi  paladar fue un descanso y para mi acompañante un viaje a su infancia.

Para mi sorpresa, fuimos un martes a media tarde y permanecimos solos toda la velada que se prolongó hasta el inicio del atardecer (que para mi, los del mar de Lima son los más hermosos del planeta junto a los de Paraguaná). Supongo que los fines de semana lo visitan más comensales. Sin embargo, a los limeños que les he comentado sombre esta travesía, me han visto con extrañeza, incluso una conocida gastrónoma me respondió, «sí, es un buen lugar pero oldie».

¿Y los cocineros de relevo?

“Mediado el siglo XX, se inició un proceso de transformación culinaria efecto de la modernización de nuestra sociedad”, apunta el historiador José Rafael Lovera en un ensayo recogido en sus Gastronáuticas (Fundación Bigott, 2006). Ciertamente, se activó un proceso de interés y revalorización en los fogones, las academias y el gusto de los venezolanos por su culinaria.

La nueva generación de cocineros que se dibujaba en 2013. Posiblemente, pasará tiempo antes de agrupar otra camada.

Pero a la luz de las circunstancias que vive Venezuela, ¿dónde está la nueva generación de cocineros?

Lovera señala en el ensayo algunos puntos sobresalientes como el Congreso Nacional de Nutrición en 1965, la publicación del recetario “Mi cocina a la manera de Caracas” de Armando Scannnone en 1982, las investigaciones académicas de Rafael Cartay, Ángel Félix Gómez, Cecilia Fuentes, Daría Hernández (recientemente fallecida) y el propio Lovera; a lo que le siguió el Centro de Estudios Gastronómicos (CEGA) en 1988.

A riesgo de pasar por atrevida le sumaría, el Salón Internacional de Gastronomía (SIG) con Ben Amí Fihman a la cabeza. Entonces, más allá de empezar a mirarnos el ombligo, lo disfrutábamos, y se reflejaba en el creciente interés de nuevas generaciones a dedicarse al oficio de cocinero como primera opción.

Se destacaron cocineros dedicados a culinaria criolla, que además la refinaban, como Helena Ibarra, Edgar Leal, Sumito Estévez, Franz Conde, Francisco Abenante, Mercedes Oropeza, Enrique Limardo, Ana Belén Myerston, Héctor Romero, Víctor Moreno, Tomás Fernández, Carlos García, José Luis Álvarez, Florencia Rondón, entre otros, a los que hay que adicionarle cocineros regionales. Estoy segura que nombres importantes han sido obviados en este texto, por lo que pido disculpas.

Los cocineros se sentaron a la mesa con profesionales de otras disciplinas, en una dinámica que se reflejó en el aumento casi frenético de escuelas de cocina y que la culinaria venezolana fuese tomada como una alternativa rentable y de estatus. Se vivía un momento de crecimiento y revalorización.

Pero años recientes, se sumaron tres ingredientes amargos a la receta: la crisis económica, la escasez y la diáspora. Sorpresivamente, algunos de los cocineros mencionados aún están al frente de sus fogones en Venezuela, otros lo hacen en el extranjero. Por otra parte, profesionales más jóvenes aún dan la pelea en nuestro país con una hidalguía que conmueve, pero no es suficiente.

Lo cierto, es que la mayoría de los estudiantes de cocina, panaderos y pasteleros, ven el oficio como una posibilidad de sustento en el extranjero. A diferencia de años atrás cuando escribía emocionada sobre las nuevas propuestas de cocineros, hoy temo informarles que posiblemente se pierda la próxima generación. No dejo de esperar una vuelta de tuerca – casi un milagro – y que algún día regresen con la experiencia ganada en el exterior.

Texto publicado originalmente en la columna «Limones en Almíbar» de El Universal el 4/3/2016.

José Ugarelli, el último bodeguero de Santiago de Surco

En el corazón de Santiago de Surco en Lima, Jose Ugarelli está al frente de las dos bodegas que quedan en la zona: El Guayabo (1924) perteneciente a su papá Pedro Ugarelli y San Lorenzo (1927) de su tío. Ubicadas en un zona totalmente urbanizada pero que hasta hace pocas décadas eran grandes extensiones de viñedos, al punto que muchas de los nombres y avenida aún conservan nombres originales, por ejemplo, Higuereta era un gran viñedo y hoy es un óvalo (glorieta o redoma) muy transitado.

En Surco habían más de cuarenta y siete bodegas de las cuales quedan solo dos. Como dato curioso, donde se ubican grandes letras blancas señalando los límites de municipio, van acompañadas con un adorno de plantas que simula racimos de uvas. Una pista que estoy segura pasa desapercibida para la mayoría de la gente, pero que habla de un pasado reciente y de la historia de siempre, grandes urbes que lo engullen todo a su paso.

José Ugarelli es un entusiasta a toda prueba, de sonrisa pícara, generoso,informado, excelente cocinero y muy gracioso. Da gusto hablar con él, narra con pasión y tristeza cómo en pocos años desaparecieron una a una las bodegas en el corazón de Lima, aunque aún quedan algunos bodegueros vivos, pero dedicados a otras labores.

«Estoy aquí porque me encanta, me divierto. Ahora trabajo en las dos últimas que quedan en la zona, paulatinamente me he mudado a Huaral donde tengo tengo el Viñedo La Virgen, allá estoy haciendo vinos y destilando pisco. Tengo uvas borgoña o isabella, quebranta y algo de italia. Aunque encontré un paisano – italiano – que logró la manera de plantar italia en Huaral sin que se vean afectadas por la humedad y la botritis. Las torontel las compro en Ica», expresa Ugarelli.

La bodega J. Ugarelli se puede visitar todos los días desde las nueve de la mañana, tiene un espacio para degustaciones de vinos y piscos. En la entrada una gran parra cargada de uvas, luego un patio con objetos de antiguas bodegas, una gran sala de barricas, al fondo un alambique y una tienda. También cuenta con un patio que tiene como corazón un gran árbol con sombra suficiente para cobijar mesas para compartir y disfrutar las delicias de las bodega.

Ugarelli afirma que es el último año que mantendrá las bodegas funcionando en Surco, porque el año que viene las convertirá en tabernas, de hecho ya explica detalladamente los cambios que experimentará el espacio. Es decir, esta es una esta de la historia de Lima con los días contados.

Vinos y piscos Ugarelli https://www.facebook.com/ugaspiscosyvinos/?ref=br_rs

Arepas por terceros

Incontables letras e imágenes han registrado la diáspora venezolana que viaja con su arepa bajo el brazo. Extraoficialmente, se hablan de casi cuatro millones de compatriotas esparcidos por el mundo. Así que no es de extrañarse que ahora se pueda comer criollo en lugares antes inimaginados y que la arepa se cuele en preferencias y nuevos gustos. Pero resulta que ahora también se posiciona en otros fogones.

Mi amiga Narsa Silva, radicada en Italia, asiste a un voluntariado donde ha hecho amigos de todas partes del mundo entre esas una marroquí llamada Amina, con quien intercambia recetas constantemente. En días recientes Amina le envió el siguiente mensaje, con su respectiva foto, “a veces hago arepas en mi casa con Harina Pan, pero nunca me han quedado como a ti”.

En días recientes unas amigas venezolanas me invitaron a cenar y mi sorpresa vino, cuando las arepas las había preparado su casero peruano a quien le encantan. Pero revisando las redes sociales, cada vez son más los “no venezolanos” que se animan a prepararlas, rellenan a su manera, en algunos casos intentan imitar recetas más venezolanas o simplemente ejecutan libres interpretaciones.

Tal vez la verdadera “guerra de guerrillas” cultural, nuestra resistencia y contra-imagen a la nefasta revolución viene de la gastronomía. Ese espacio, en apariencia inofensivo, al que los políticos no le prestan la debida importancia, pero que se cuela como un caballo de Troya y solo espera pacientemente su momento.

No somos los primeros que experimentamos esta situación, los pueblos que han vivido crisis humanitarias como la que padecemos, viajaron por el mundo con sus ollas y recetas en el equipaje. Eso explica en gran medida, porqué la mayoría de la gente puede recitar casi de memoria el menú de un restaurante chino o italiano, sin ni siquiera comprender el significado de las palabras, pero sí con la seguridad de lo que están ordenando. Pero irónicamente, no tienen ideal real de quien es Mao Tse Tung o Mussolini.

Podemos vernos en ese espejo, porque nuestra culinaria circula por el planeta como nunca antes, se inserta en preferencias, menús diarios, mercados y ahora en los platillos de otros cocineros. Tendencia que crece sostenidamente, alimentada en principio por el desmembramiento y la nostalgia, y ahora por la curiosidad y la novedad.

Un ejemplo inspirador, puede ser Perú, donde no es azar que haya encontrado en la gastronomía un aliado para reconectarse con el orgullo nacional, sanar heridas y tender puentes. Aunque son procesos distintos han capitalizado, organizado y aliado su haber culinario a la imagen de la patria.

En nuestro caso, se ha dado de manera espontánea, que ojalá logremos canalizar y aprovechar positivamente. Los platillos venezolanos se van colando poco a poco, en algunos lugares con más éxito que en otros. Así que no se extrañen cuando vean otras culturas haciendo arepas, tal vez un poco choretas y distintas a las que guardamos en la memoria, pero arepas al fin. Es un trocito de la Venezuela que expresa lo mejor de sí, privada y sabrosamente.

Texto publicado en la columna Limones en Almíbar del diario El Universal el 11 de febrero de 2017.