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¿Compramos chocolate por el diseño del empaque?

¿Compramos chocolate por el diseño del empaque? ¿Nos dejamos llevar por eso? Posiblemente sí. La primera impresión cuenta, es lo primero que hala el ojo y termina influyendo en nuestra decisión de compra. Este es el tema del #martesdechocolate.

Esta caja de Chocolate Amatller me la trajo mi amiga Tania Aguilar de un viaje que hizo el año pasado, en su paso por Barcelona, vio esta caja y se acordó de mi. La presentación es preciosa, además que no han dejado un solo detalle sin considerar.

La caja con alusiones al art nouveau es estupenda y contiene: dos tabletas de chocolate oscuro, una con cacao de Ghana al 70% y otra con cacao ecuatoriano al 70%. Luego una tableta con chocolate con leche al 32% con vainilla natural y una hermosa caja de metal con bombones rellenos de confitura de naranja.

Chocolate por diseño, ¿Es suficiente? 

Dice que ha sido fundada en 1797, es decir, puede ostentar más de dos siglos de tradición que no es poca cosa y se nota, porque son chocolates golosos, incluso en un porcentaje de cacao relativamente alto como 70% es dulce. El de cacao ecuatoriano, luce algo opaco por fuera, debería aguantar un poco más, pero es cremoso, bastante dulce y mi paladar dice a gritos que tiene vainilla. Es un chocolate “fácil” de comer, sabroso, le falta un poco de refinamiento, que esté a la altura de la presentación.

También probé los bombones, el chocolate se opacó y la cubierta está gruesa, pero en boca funcionan bien, porque el chocolate, aunque se fractura (nada bueno para el caso de bombones), se derrite y el relleno está muy bueno.

La presentación es un punto de honor en los chocolates, nos guste o no, el empaque sí importa, porque si bien muchos los compramos para nuestro consumo, también es un regalo, una manera de agradar, consentir y alegrar. Solo dos peticiones: a los chocolateros que el chocolate esté a la altura del diseño y a los consumidores, que superemos la apariencias y busquemos un poco más de información.

¡Ya probé ese chocolate! Por qué industriales y artesanales son distintos

“¡Ya probé ese chocolate! Esa expresión la escucho con frecuencia, pero hay una gran diferencia entre chocolates chocolates industriales y artesanales. Los primeros son sometidos a procesos que sin importar la calidad o sutilezas del cacao, se fuerza un perfil sensorial específico, que se logra a través de fórmulas e ingredientes que pueden ser desde emulsionantes, estabilizantes, tostados específicos, incluso la incorporación de especias. Pero el tema de este post no es poner en el banquillo a estos chocolates.

En cambio, los artesanales se hacen en pequeños lotes donde se busca exaltar las características organolépticas y sensoriales del grano, los sabores propios del terroir, las preferencias propias de la labor del chocolatier, en una especie de sinfonía donde de un año a otro puede haber cambios significativos. El cacao es un producto agrícola, que está sujeto a las condiciones del clima, los procesos de post cosecha, la experiencia del agricultor y del chocolatero. Todo influye. Por eso en el caso de las tabletas llamadas “bean to bar” conviene señalar el año de la cosecha y la añada de elaboración.  

Estas tabletas son de la marca peruana Mito Chocolate. Las probé por primera vez en enero de 2020 y quedé encantada. Sin embargo, hace unos meses llegaron a mis manos unas tabletas que me causaron una gran decepción, con temas técnicos importantes que resolver.

Esta es la edición 2021 71% con cacao nativo de La Peca, Amazonas. Qué alegría que lograron hacer los ajustes. Creo que están mejores que los primeros que probé, además me gusta más esta textura ligeramente más cremosa.

LECCIÓN: cuando de chocolates artesanales se trata, hay que probar, probar y probar. Dejarse sorprender, disfrutar las diferencias, estar abierto a los cambios y no dar nada por sentado.

Armando Scannone siempre a su manera / 25 años del libro rojo

Posiblemente es uno de los utensilios de cocina más populares en Venezuela. Por lo general, está a la mano de quien lo necesita y, al abrirlo, es común encontrarse páginas salpicadas de grasa, chocolate y gotas de caldo. Si se pasan los dedos sobre sus hojas se sienten rastros traviesos de harina o azúcar, como también es inevitable sentir la fragancia dejada por granos de pimienta y canela.

El llamado ¨libro rojo» de Scannone es referencia irrefutable de la cocina tradicional venezolana. Pasados 25 años de su aparición, aún da de qué hablar y se renueva a sí mismo

El libro Mi Cocina, a la manera de Caracas cumple 25 años, pues Armando Scannone, su autor, lo publicó por primera vez a finales de 1982. Desde sus primeros días tuvo gran aceptación del público y se convirtió en fuente constante y confiable de consulta para los amantes de los fogones o para quienes, por una u otra razón,han tenido que incursionar en ellos.


El profesor e historiador José Rafael Lovera atribuye este éxito a dos hechos importantes: «Empezaban a desaparecer las cocineras que preparaban los platos tradicionales de nuestra cocina, quienes eran las portadoras de las recetas. Esto llevó a que mermara la cantidad de platillos tradicionales que podían degustar los caraqueños. Entonces surgió una añoranza que, unida al apego por nuestro pasado, creó una necesidad. Cuando aparece el libro, no sólo contenía gran cantidad de recetas que, en muchos casos, se creían olvidadas, sino que también era posible llevarlas a cabo obteniendo excelentes resultados».

Cocinando un recetario

La elaboración del «libro rojo» requirió más de diez años. Armando Scannone comenta que todo surgió a raíz de su necesidad de rescatar las recetas de su familia, donde siempre se hizo énfasis en la buena mesa. Después de que su madre murió, esa añoranza lo llevó a recolectar información, primero entre familiares y algunos amigos, hasta que, poco a poco, el número de preparaciones fue creciendo de tal manera que terminó convirtiéndose en un libro.
Magdalena Salavarría lleva más de 40 años como cocinera en la casa de Armando Scannone y participó en todo el proceso de elaboración y comprobación de las recetas, junto a Elvira Fernández de Varela y Francisca Monasterios, conocida como «La Morocha». Ellas tres fueron las principales colaboradoras de este proyecto, apoyadas y asesoradas por otras cocineras o aficionadas a los fogones que se nombran en los agradecimientos de este recetario.

«Ese libro dio mucha guerra -cuenta Magdalena entre risas-, trabajábamos todos los días. Luego probábamos lo que hacíamos; en especial, el doctor (refiriéndose a Scannone), quien nos hacía repetir la receta hasta que quedara bien. Yo creo que ahora no tendría la fuerza para hacer algo igual».
«Elvira escribía las recetas, pesaba y medía todo. En las noches las transcribía y revisaba junto al doctor lo que se había hecho. En la cocina trabajábamos, a veces, más de ocho personas, gozábamos mucho y Elvira estaba todo el tiempo pendiente de que midiéramos. Un día teníamos tanto alboroto que José (el esposo de Elvira) nos puso un grabador para que no se nos olvidara nada», añade Magdalena.

Por su parte, Scannone investigaba y preguntaba aquí y allá, además de recordar y evocar lo que disfrutó en su casa de la infancia. En las mañanas, antes de salir a trabajar, le decía a Elvira las recetas que se iban a ensayar. En un papel le entregaba las instrucciones para las preparaciones que tenían que ser probadas y comprobadas. «Todo lo que está en el libro lo comí en la casa de mis padres, donde siempre existió apertura hacia platos nuevos, incluso de otras culturas», señala el autor.»Años después, la cocina de mi casa se convirtió en un laboratorio -agrega Scannone. La gente era muy celosa con sus recetas o, simplemente, no me las sabían dar, porque me decían que pusiera un poco de aquello, un chorrito de lo otro, pero nunca tuve una receta en tazas y cucharadas. Eso, desde el principio, me pareció importante para que cualquier persona las pudiese llevar a cabo sin dificultad. De todos modos, a mí me parecía que no debía pedir recetas, tal vez estoy equivocado y hoy lo haría de otra forma. Lo que había desaparecido lo reinventamos. Me interesaba todo lo que me parecía sabroso».

Magdalena recuerda que la cocina, además de ruidosa, siempre estaba llena de sacos de ingredientes para las pruebas. «Una vez necesitábamos merey y trajeron cuatro sacos. Igual pasó con el dulce de guayaba, que repetimos muchas veces porque no desmoldaba bien».

Scannone afirma que las preparaciones más difíciles de lograr eran las de la granjería criolla. «Se vendían en las puertas de las escuelas. Unos señores pasaban con una cajas de madera con un vidrio por encima que contenían muchos dulcitos criollos como conservas y torta Burrera. Como no se hacían en las casas, no encontrábamos quien nos dijera la manera de prepararlos. A partir de comentarios y recuerdos de algunas señoras viejas las fui reconstruyendo». Lovera afirma: «Hasta la aparición de Mi Cocina casi todos los libros de recetas adolecían de exactitud, estaban llenos de imprecisiones, de falta de medidas, la descripción de los procesos ameritaba que el cocinero tuviera conocimientos sólidos del oficio, incluso cierta maña y memoria. Armando, por su formación de ingeniero, se esmeró en que los procesos fueran claros y precisos, por eso creo que es uno de los factores que ha hecho que este libro se mantenga vigente en el tiempo».

Tras bastidores

«Llegó un momento en que se hizo imposible repetir. Teníamos tantas recetas transcritas a máquina que era engorroso buscar en aquel paquete de más de veinte centímetros de alto, sin orden ni clasificación. Era terrible, había que revisar hoja por hoja -cuenta el gastrónomo. Un día decidí que tenía que hacer un libro con ese material, lo organicé y lo llevé a varias editoriales, pero nadie mostró interés, argumentaban que a quién le podía parecer atractivo un libro de cocina caraqueña y sin fotos».

«Decidí financiar mi libro. Investigué y la mejor opción era mandarlo a imprimir en España -recuerda don Armando. Un mes antes de partir, a finales de 1981, un amigo me recomendó al fotógrafo Eichi Miyasaka. Además, contacté al decorador Julio Obelmejías para que se ocupara de preparar el set para las fotos».

Entre la Navidad y el Año Nuevo se tomaron las fotografías que aparecen al final del libro. Se escogieron los platos más representativos, y todas las bandejas, vajillas y fuentes de servicio eran de la casa del propio Scannone. «Trabajamos muchísimo: Magdalena y Elvira en la cocina, Julio acomodando todo, y Eichi montado en una escalera haciendo las tomas».

Con las fotos listas se enfrentaron a un inconveniente: los laboratorios fotográficos cerraban al final del año, pero lograron sortear el problema y, en enero de 1982, Scanonne partió hacia España con sus textos y los negativos de las fotografías. Cuando llegó a la editorial y le hicieron los cálculos para una edición de mil ejemplares, le pareció muy elevado el costo por ejemplar y decidió mandar a hacer cinco mil. En la editorial le preguntaron si él tenía idea del espacio que ocupaba esa cantidad de libros, pero igual los mandó a hacer. Antes de imprimirlo decidió llamarlo Mi Cocina, a la manera de Caracas, porque era su versión de la cocina venezolana, la que se preparaba en su casa. «Yo había hecho ciertos cambios con respecto a la cultura popular, como, por ejemplo, sofreír los ingredientes por separado a la hora de preparar el pollo, cuando mucha gente lo que hace es poner todo en la licuadora. Así, decidí hablar de una cocina mía para que nadie me reclamara».

En el caso de la portada, decidió utilizar el color rojo porque es llamativo y permite que se destaquen las letras. Como bien lo resume Scannone: «es cuestión de diseño, quería un libro que se destacara incluso en las vidrieras. El rojo ni siquiera es mi color favorito». Lo que no imaginó el propio autor es que ese color formaría parte de la referencia popular a su obra: «el libro rojo de Scannone».
Meses después, en Venezuela, con aquel montón de ejemplares guardados, decidió contactar a la Distribuidora Santiago, de la cual tenía referencias. El 22 de diciembre de ese año salió el libro al mercado y al tercer día ya se había agotado la edición.

La primera edición era de tapa dura, pero, luego del viernes negro, los costos obligaron a producir una edición de bolsillo, más económica, que se puede adquirir actualmente en las librerías.
Joaquín Iglesias, de la Distribuidora Santiago, expresa: «Este libro se ha vendido bien desde el primer momento, a pesar de que ha sido pirateado. Llevamos 25 años distribuyéndolo y es uno de nuestros caballitos de batalla. Cuando los libreros piden el libro y no lo tenemos se molestan con nosotros. Estoy casi seguro, aunque parezca una exageración, que poniendo de lado textos escolares y la Biblia, es el libro más vendido en Venezuela».

Mi cocina, tu cocina

«Mi Cocina, de Armando Scannone (…) tiene, entre otras, la singular virtud de no acomodarse a ninguna biblioteca capaz de desactivarlo ni permitir su aprisionamiento por más allá de setenta y dos horas, transcurridas las cuales debe ser necesariamente utilizado, o al menos movido, so pena de injuria», escribió José Ignacio Cabrujas en diciembre de 1994.
Pasado un cuarto de siglo es difícil pensar que un libro de cocina se mantenga tan vigente, que siga siendo tan recomendado, que se haya convertido en un regalo habitual para las recién casadas o para quienes sienten pasión por los fogones y no saben por dónde comenzar. Incluso cocineros más versados lo mantienen a la mano como fuente de consulta permanente.
Sus 742 recetas delinean perfectamente nuestra memoria gustativa, nuestra tradición culinaria. Basta seguir, paciente y obedientemente, las instrucciones para deleitarse con una sopa de rabo, un pastel de polvorosa, una olleta de gallo, un bienmesabe, un mondongo o, simplemente, con un buen arroz blanco.
«Armando logró un éxito notable como redactor de recetas, porque buscó en las fuentes adecuadas y apeló a su memoria gustativa. Sigue siendo el libro de cocina donde se expresa mejor el espíritu criollo-venezolano-urbano», expresa José Rafael Lovera. «Este libro corresponde a Caracas y es la visión de quien vive en la ciudad. Aquí confluyen personas de todas las regiones de Venezuela, quienes traen sus recetas consigo. Los platos son viajeros», concluye.
Por otra parte, Lovera afirma que «el libro rojo trajo como consecuencia los libros azul y amarillo, el éxito produjo un estímulo en el autor». Además, se hizo una edición especial para el Círculo de Lectores, sus recetas se citan en numerosas publicaciones sobre cocina tradicional venezolana, en recetarios para cadenas de supermercados y hasta se han dividido las recetas por temas, que han sido plasmadas en ediciones más reducidas con gráficas a todo color.
Posiblemente, Armando Scannone no tenía idea de lo que estaba logrando con este recetario, que partió del deseo de no perder algo que tanto le gustaba: la comida sabrosa de su casa. Un deseo al que le dedicó 10 años de su tiempo, atención y recursos. Mi Cocina, a la manera de Caracas es, quizá, el compendio más completo sobre cocina venezolana que existe en la actualidad.

Datos curiosos
  • Armando Scannone encargó dos ejemplares especiales del libro con la letra más grande. Uno es de uso frecuente en su cocina, y el otro pertenece a Elvira Fernández de Varela, una de sus principales colaboradoras y una de las personas a quien está dedicado el libro.
  • La primera edición tuvo un costo de 245 bolívares (estaba por debajo del costo real del libro).
  • En las fotografías algunos de los platos tienen el holograma con las letras S y T, que significan Scannone Tempone. Estos fueron un regalo de los hermanos Scannone a sus padres, en conmemoración de su aniversario de bodas.
  • Las orquídeas en las fotografías se cultivan en la propia casa de Scannone, quien es aficionado a estas flores.
  • Algunas recetas incluyen ingredientes como la salsa Worcestershire (en su momento fue motivo de polémica con Miro Popic), el diablitos y el ketchup.
  • Una de las recetas más complicadas del libro es la de los limones en almíbar, que exigen cuatro días en su preparación. Magdalena Salavaría la califica como una «calamidad».
  • La receta de la jalea de guayaba se practicó 18 veces.
  • Lo conforman preparaciones que parecen casi obvias como el café aguarapao, las papas fritas, el arroz blanco, la sopa de fideos, los espaguetis con ajo y aceite, los huevos revueltos, las tajadas, el pollo frito, el bistec a la plancha, las hamburguesas y la ensalada de frutas.
  • Aunque es un libro de cocina caraqueña se encuentran recetas asociadas con otras regiones del país como las arepas peladas, los huevos chimbos, el selser (cabeza de cochino en vinagreta), la conserva de leche y el dulce de hicacos.
  • La receta de la hallaca caraqueña ocupa siete páginas, incluidas las ilustraciones. Edición aniversaria
  • Al cumplir un cuarto de siglo, al libro Mi Cocina se le haceun refrescamiento, en una edición especial de lujo con algunos cambios significativos. Las ilustraciones dan paso a infografías,se incluyen nuevas fotos y se regresa al formato inicial: tapadura con papel de mejor calidad. Conserva su color emblemáticoen la portada, el orden y la cantidad de recetas. Es una ediciónde seis mil ejemplares que expresa en su rostro: «25 añosen la cocina de los venezolanos».
Las medidas precisas
  • El libro está conformado por un total de 742 recetas
  • La distribución de las recetas es la siguiente: 13 de bebidas, 185 de postres (36 son tortas y 23 de granjería criolla), 30 de ensaladas, 71 de cremas y sopas, 73 de carnes rojas (cerdo, res, conejo, chivo, cordero), 38 de aves (pollo, gallina, gallineta, pavo, pato y faisán), 14 de pasapalos, 48 de pescados y mariscos, 73 de vegetales, 23 de arroz, 5 de huevos, 7 de quesos, 31 de salsas, 66 de maíz (arepas, cachapas, funche), 43 de harina de trigo (pastas, pan, brioche, hojaldre), 11 de rellenos y 4 denominadas «varios» como aceite onotado, ají o pimentón seco molido, harina de trigo tostada y ajiceros o encurtidos
  • Posee un total de 226 ilustraciones: 207 de procedimientos, 14 decorativas y 5 de cortes de carnes y utensilios de cocina
  • Contiene 14 fotografías que muestran 105 preparaciones
  • Actualmente va por la 27ma. edición
  • En 25 años se han vendido más de 100 mil ejemplares
  • Para el Día de las Madres y Navidad se venden alrededor de mil ejemplares por vez (datos suministrados por Distribuidora Santiago)

Texto publicado originalmente en la Revista Estampas, por los 25 años del libro de Armando Scannone «Mi Cocina a la Manera de Caracas».

Nota de amor y despedida a Rubén Santiago

La Casa de Rubén hoy se queda sin anfitrión, su alma, sazón y alegría se muda sin avisar. El cocinero Rubén Santiago era increíblemente especial y cercano. Alegre, divertido, pícaro, mordaz, solidario, observador, no recuerdo una sola conversación con él que no fuera importante y nutritiva.

Fue el primer cocinero que puso al “pastel del chucho” en el mapa de la restauración, un plato que se puede decir creó observando a las cocineras ñeras (margariteñas). Autor de recetarios, cultor y promotor gastronómico, si algo se puede llevar en su equipaje es reconocimiento a su sabor y buen hacer en esta vida, tanto, que en 2014 se le reconoció con el Premio Armando Scannone, que otorga la Academia Venezolana de Gastronomía a los cocineros criollos.

Que suerte la nuestra de haber contado con un ser humano tan especial en nuestras filas gastronómicas. Sí, un venezolano ilustre.

Por mi parte, me quedo con las anécdotas de este buen amigo, su ingenio y la picardía cuando me decía Suspiro. Conservo el sabor de sus platos, y aunque el pastel de chucho era su receta emblema, nada supera a la ensalada de Catalana. Mi favorita de su casa y de su cocina.

Que Vallita te acompañe querido Rubén. Buen viaje amigo.

Margarita Gastronómica 2013. Cocineros entrañables Rubén Santiago (+), Isabel Alva y Serenella Rosas (+)

Apuntes para el maridaje de chocolate y destilados

Sobre la dupla chocolate y destilados se podría escribir un libro, porque las variantes son casi infinitas. Pero después de tanto probar algunas líneas generales que son punto de partida:

  • Los destilados sin añejamiento en madera (pisco, cañazo, tequila, vodka, mezcal y este whiskey tipo white dog, por ejemplo) van bien con chocolates con leche de alto porcentaje de cacao. No es una dupla que consideren pero la propongo.
  • Si los destilados son de añejamientos cortos mejor chocolates bitter y algunas inclusiones como frutos secos y frutas deshidratadas, le sientan bien.
  • Si el añejamiento del destilado es largo, de 12 años en adelante (aunque esto tiene muchas variables) mejor los bitter de porcentajes altos de cacao.
  • En todos los casos un toque de ají en el chocolate sienta bien.
  • Si el chocolate tiene sal (mezcla que gusta tanto), hay que probar tomar la decisión in situ. La sal es otro sabor y hay sales de sales.
  • Destilados con botánicos como ginebra o macerados, también decisión in situ. Allí se puede ir por lo seguro o ser muy atrevido.

Esto solo considera cuando el destilado servido en estado puro o seco. La cocteleria es otra cosa. Igual con los bombones y postres con chocolates, aquí solo hablo de tabletas.

La idea es aprender y divertirse.

Me encantaría saber si has hecho este tipo de armonías, lo que te gusta y lo que no. Todas las observaciones, anécdotas, descubrimientos, dudas y recomendaciones son bienvenidas.

Este artículo surgió a propósito de un artículo sobre el whiskey peruano Canteras elaborado por Destilería Andina y Cervecería del Valle en www.eltrinche.com

Merlot 2021 de Intipalka habla con acento peruano

Parafraseando al enólogo de Luis Gómez de Viñas Querirolo, “No busquen un merlot típico en uno de Ica. Hemos logrado una expresión muy distinta en Perú” (*). Me tomo esta libertad para comentarles sobre el Merlot 2021 de Intipalka.

No está en el mercado como varietal, es decir, esta bodega no tiene una botella que diga solo “Merlot”,  sino es parte de una de las etiquetas más conocidas de esta bodega donde forma parte de un blend con Malbec. Pero resulta que en el encuentro mensual que organiza la bodega con comunicadores, sommeliers y especialistas del medio, enviaron en una botella de 300ml una muestra (aún sin etiquetar) de este año, cuya responsabilidad en un 100% la lleva consigo el enólogo que dijo, “es mi primera cosecha completa”.  

Aunque los catamos en la parte final del encuentro, resultó un cierre increíble. Gómez narró los cambios que ha hecho desde el viñedo hasta en los procesos de vinificación desde que tocó tierras peruanas en 2018. Contó que si le hubiesen preguntado antes, no hubiese recomendado plantar Merlot, porque esta uva es muy sensible al calor y no le vienen bien las altas temperaturas, que suelen derivar en vinos más verdes. Sin embargo, en Perú la amplitud térmica da balance. “A diferencia de otros países donde la intervención del viñedo es mínima, aquí fue todo lo contrario para proteger la uva. Ha sido complicadísimo”.

Merlot 2021 Intipalka

Pero los resultados han sido óptimos, y el primer vistazo resultó alentador. Un merlot afrutado, con la acidez exacta, jugoso, con cuerpo y ya asoma sedosidad. Aún no lo tienen en planes comerciales para un varietal, pero personalmente, creo que bien lo valdría. El de la foto tiene 3 meses en barrica de roble francés de primer uso, cosechado en Ica.

A pesar del poco tiempo y que aún le falta afinación, le auguro un futuro en copa prometedor.

(*) Entrevista que publiqué en la revista Sommelier.

Las castañas y la amistad / Dos recetas con castañas

Las previsiones del tiempo en Italia son siempre exactas; luego de tres días de lluvia continuos, el pasado jueves 7 de octubre se preveía sería un día soleado y sereno, y así fue.  Aprovechando el buen tiempo me dispuse a ir a Oggiono; una localidad situada a 22 kilómetros del lugar donde resido en la Región de Lombardía en Italia que tiene un lago que lleva su mismo nombre y está circundado por un bosque con un sendero de 15 kilómetros que es comúnmente utilizado por corredores y ciclistas. En septiembre y octubre es habitual que la gente se dirija a él en busca de este maravilloso regalo de la naturaleza en la estación de otoño: las castañas.

                Este preciado fruto del castaño (Castanea sativa), árbol de la familia de las fagáceas, nace en climas templados del hemisferio norte y han sido un alimento importante en el sur de Europa, sudoeste y este de Asia y en el este de Norteamérica. Durante la Edad Media ya se utilizaban como ingrediente fundamental de la alimentación y se consumían crudas, hervidas, asadas, o se molía para hacer harina en sustitución de la harina de cereal cuando esta escaseaba.

En Italia se suelen comer durante el otoño y el invierno; asadas, en su mayoría, y es un plato típico en las fiestas tradicionales de pueblos y ciudades. Existen diversos modos de prepararlas: en platos salados (puré, acompañantes de carnes blancas o rojas) y también en dulces (tortas, flanes). Hay que tomar en cuenta que cuando van al horno o al sartén se debe hacer un ligero corte con un cuchillo al centro en cada lado del fruto para evitar que exploten y al mismo tiempo luego pueda quitarse la cubierta o concha con más facilidad.

Son consideradas un alimento muy completo por su valor nutricional. Son una rica fuente de carbohidratos, de proteínas y de grasas. Contienen además importantes vitaminas (A,B1,B2,B3, B6 y C) y minerales: calcio, hierro, magnesio, fosforo, potasio, sodio y zinc. De acuerdo al Departamento de  Agricultura de Estados Unidos,  USDA, se estima que  100 gramos aportan 197 kcal, y su aporte es de  44,17 g de carbohidratos, 1,25 gramos de grasa, 1,63 gramos de proteína y 52 de agua.

Al llegar al bosque mis ojos se maravillaron. Ahí estaba frente a mí una especie de alfombra natural, en tonalidades verde y principalmente amarilla, en los bordes del sendero y en menor medida en el centro del trayecto producto de las cápsulas espinosas o zurrones, como suele llamarse, que caen de los árboles y   contienen en su interior, generalmente dos o tres castañas. Inmediatamente pensé en los dones y regalos maravillosos de la naturaleza, que están ahí al alcance de nuestra mano, la mayoría de ellos además gratis. Me dispuse primero a recoger las que estaban en los extremos del bosque a orillas del sendero y luego me adentré un poco en el bosque donde terminé mi recolección. Caminé alrededor de unos veinte o treinta minutos y pude recabar alrededor de 2 kilos.

                Cuando regresaba en el tren a mi casa pensé que este ano debía innovar en la preparación, porque hasta ahora las había preparado en una sola forma: asadas. Quería innovar, explorando nuevos sabores y recetas. En el trayecto decidí compartir esta grata visita al bosque y las fotos de las castañas Este año me propuse innovar en la preparación, más allá de asarlas, con un grupo de amigas muy queridas desde la época universitaria en Caracas, Venezuela, hace ya más de dos décadas, que no es poca cosa, y es aquí donde recibí otro regalo cotidiano a través de la amistad. Envié la foto y pocos minutos después mi querida amiga Vanessa Rolfini respondió:

-¿Qué emoción,  ¿cómo las piensas cocinar?

-Asadas y también con cochino (cerdo).

Y ahí con la generosidad que la caracteriza me dio varias indicaciones de cómo preparar algunas salsas para acompañar este cerdo con castañas. Me dio tres alternativas: con naranja, con vino blanco o con oporto y agregando chocolate; un ingrediente que de verdad me fascina, y confieso que nunca lo había utilizado en platos salados.

Llegué entusiasmada a la casa; ya tenía el cerdo en la nevera que había puesto a descongelar y pensaba dejar macerando al día siguiente para prepararlo el sábado, pero ¿para qué dejar para mañana lo que se puede hacer hoy? Esa misma noche le coloqué los aliños respectivos y lo dejé macerar. Al día siguiente lo preparé siguiendo las indicaciones de Vanessa para la salsa y, sin ninguna falsa modestia, debo decir que quedó delicioso. Una salsa totalmente equilibrada, la carne impregnada de sus jugos, con una textura suave, y el perfume que emanaba en la cocina y parte de la casa era delicioso.

El pasado domingo decidí preparar otra receta que también comparto: conejo asado acompañado de puré de castañas.

El resto de castañas que me queda las prepararé asadas y las acompañaré con un buen vino, seguramente una tarde o noche fría como suele ser el otoño en estas latitudes.

La naturaleza y sus dones: las castañas; la vida y sus dones: la amistad.

¡Gracias mi querida Vanessa!

Receta de lomo de cerdo con castañas en salsa de oporto y chocolate oscuro

Receta de lomo de cerdo con Castañas en salsa de oporto y chocolate oscuro. Foto: Narsa Silva

Ingredientes:

-Lomo de cerdo (yo utilicè 1 kg)

-4 o 5 dientes de ajo

-Orégano

-Romero

-Páprika dulce

-1 cebolla rallada

-1 taza o vaso de vino de oporto

-Sal y pimienta al gusto.

-Castañas (cantidad según el gusto). En mi caso yo las hice previamente asadas, hay quienes las prefieren hervidas. Recuerden hacer un corte en el centro a cada lado del fruto)

-50 gramos de chocolate oscuro con azúcar (para la salsa)

-Castañas (cantidad según el gusto). En mi caso yo las hice previamente asadas, hay quienes las prefieren hervidas. Recuerden hacer un corte en el centro a cada lado del fruto)

-50 gramos de chocolate oscuro con azúcar (para la salsa)

Preparación:

Coloqué todos los ingredientes y dejé macerando el lomo durante la noche, al día siguiente primero lo sellé pasándolo por una sartén con un poco de aceite de oliva y luego lo llevé al horno a 180 grados C por 50 min (aprox). Lo retiré del horno. Colé la salsa y la llevé al fuego, ahí le agregué ½ taza mas de oporto y luego el chocolate previamente derretido.  Dejé hervir la salsa, la retiré del fuego por dos minutos y luego la volví a poner al fuego, esta vez bajo. Dejé unos minutos más y listo. Como contorno al plato cociné al vapor batatas y lo acompañé también con ensalada solo de lechuga.

Conejo al horno con puré de castañas

Conejo al horno con puré de castañas / Foto: Narsa Silva

Ingredientes

-1 conejo picado

-3 dientes de ajo

-1/2 cebolla rallada

-Orégano

-1 taza o vaso de vino blanco

-Sal y pimienta al gusto.

Para el puré

-Castañas (300 gramos). Yo las hice previamente asadas. Recuerden hacer un corte en el medio por cada lado de la corteza.

-1 vaso de leche (yo en este caso utilicé de almendras)

-Mantequilla (al gusto)

-Sal

Preparación:  

Coloqué todos los ingredientes y dejé macerando el conejo la noche anterior; al día siguiente primero lo sellé pasándolo por una sartén con un poco de aceite de oliva y luego lo llevé al horno a 180 grados C por 50/60 min (aprox.) Respecto al puré, yo no herví las castañas, preferí asarlas, luego las puse al fuego con la leche durante unos 15 minutos (aprox.), al final agregué la mantequilla mezclé bien, dejé reposar y luego lo mezclé en la licuadora. La consistencia es densa.

Amo fumar. En reivindicación de un placer que intento mantener a raya

Amo fumar. Desistí en llevar la cuenta de las veces que he roto, remendado y retomado mi relación con los cigarros. No hay dolor, ni tristeza, ni miedo a la enfermedad, solo hay mucha culpa, porque algo dentro de mi me dice que no está bien, pero mi yo hedonista que suele ganar casi todas las batallas de mi vida, lo apoya y desea. Lo único que no me he atrevido es hacer una promesa, y mucho menos a los santos, porque todo apunta que la romperé y no es propicio tener ese tipo de cuentas pendientes.

Amo fumar. Lo hago desde la universidad. He fumado cigarrillos de todas las marcas, precios y calidades, incluso los saborizados, que son un horror. También he aspirado, pipa, marihuana, he masticado chimó y cigarros, donde no voy a negar que mis favoritos son los habanos. Por  varios años escribí en una revista una columna llamada “Fumata”, donde mensualmente me sentaba en una sala para fumadores con el dueño de la tienda que patrocinaba el texto, y pacientemente aprendí todo lo necesario para gozármelos a plenitud.

Estudié sobre los distintos tipos de hojas y sus funciones en la tripa, que se combinan según la fórmula que secretamente guarda cada artesano. También le dediqué atención las hojas que se usan para la capa, esa que le da forma y que al quemarse debe hacerlo de forma pareja, la ceniza tiene que ser blanca, resistir la jalada (cuando de inhala) y que se va consumiendo hasta apagarse solo, porque los buenos cigarros no se aplastan contra un cenicero. A los cigarros los amo porque los conozco bien, es un placer cultivado y aprendido, y por eso las rupturas han sido tan difíciles e inútiles.

Sentarme en la sala de fumadores, rodeada de caballeros me hacía sentir especial, cultivaba mi lado masculino. Lamentablemente, las mujeres que fuman habanos no son bien vistas o se les considera brujas, cosa que no me preocupa porque calzo en ambos perfiles. Era como entrar en un espacio de intimidad masculina, y yo era tratada como una más. Al principio causaba curiosidad, pero luego compartían sus impresiones conmigo, hacían observaciones y sugerencias a mis textos, hasta pulieron mis gustos y me regalaron libros. Alguno hasta me invitó a salir con la excusa de fumar juntos, lamento no haber concretado ese encuentro. Recuerdo esa época como un espacio de intimidad con los hombres, sin necesidad de sexo.

Tanto amor le tomé a los buenos tabacos que una vez me fui casi doce horas por carretera desde Caracas hasta Cumaná, solo para entrevistar a Miguel Patiño, hijo del famoso Crispín Patiño. Luego recorrí los campos de tabaco en la Península de Paria hasta la lejana Güiria. También visité los cultivos de tabaco de la British Tabaco en Carabobo, aunque esas hojas se usan para hacer cigarrillos, el lado oscuro de este negocio.

En mi casa en Caracas. En la foto fumaba señoritas de Crispín Patiño y algún destilado con fruta procedente de Paria

El lado oscuro del vicio

Mis renuncias a los cigarrillos han estado marcadas por motivos importantes y baladís. Lo dejé por una época después que murió mi papá. Me enardecía cada vez que lo escuchaba pedir un cigarrillo y un café casi agonizante. Me enfrenté a la cara oscura del vicio. Pero vencida por la compasión, me encontraba preparándole café y terminando los cigarrillos que él apenas podía tolerar y a los que le daba un par de chupadas para caer en crisis de asfixia. Al duelo de la pérdida, le sumé la ruptura con los cigarrillos. Esto duró poco. Bastó una relación lujuriosa donde los cigarrillos eran parte de los espacios de descanso para retomarlo otra vez. Pero es que fumar en el post coito es un placer incomparable, de cierta forma, redondea la idea de intimidad, pero ahí es necesario que fumen los dos – o más participantes-, porque basta que una persona se queje, para que desaparezca esa frágil extensión del placer, que suele ser tan efímera como el humo. No soporto el olor cigarrillos en las sábanas, pero si viene mezclado o olor a sudor o a colonia masculina, sencillamente me excita.

Mi mayor ruptura y que logré mantener por años, fue después del paro petrolero de 2003 en Venezuela, donde había que hacer horas de cola por comida, pasta de dientes, champú, papel de baño y también por cigarrillos, que llegó un momento solo se podían adquirir en el mercado negro. Un día abrí mi cajetilla y me di cuenta que solo me quedaban dos, entonces, sentí tanta angustia que terminé molestándome conmigo misma. Esa ruptura fue un acto en defensa propia, porque no quería añadirle una preocupación más a mi vida, un motivo más de angustia.

Estoy resignada a que mi relación con los cigarros sea como con las dietas. Van, vienen, están, las repudio, las acojo, las necesito, las expulso, las sueño, las culpo. Las rupturas forman parte de esa dinámica absurda, digna de Sísifo.

He limitado los cigarros al espacio social, para acompañar algunos tragos y conversaciones al aire libre. He llegado al descaro de no comprarlos, aunque me sienta mal cada vez que los pido con cara de niña de la calle que vende caramelos. El cigarrillo también despierta mi mezquindad, porque la mitad de la cajetilla siempre es para los otros y mi bolsillo no lo soporta. Pero mi desfachatez lo supera todo y me escucho preguntando si me regalan uno o como dirían en Venezuela, “martillándolos”, es decir, fumando a expensas de los recursos de otro.

Amo fumar. Más allá que los fumadores que somos sistemáticamente repudiados, públicamente ridiculizados y vilipendiados, tenemos un vínculo curioso y resistente. Muchos de los amigos que he hecho en los trabajos, nacieron en la sala de fumadores, donde se forma una solidaridad ante la adversidad del desprecio social y del puritano argumento de “te va a matar”, como si fuésemos inmortales. La gente se pone pesada, comienza con historias de horror sobre el cáncer de fulano o mengano, que si la dificulta respirar, que si tumba el «piripicho» (eso es con los caballeros), que si manchan los dientes, le da mal olor a la ropa, bloquea el sentido del gusto. También he escuchado argumentos ambientalistas como la contaminación del aire y una de mis favoritas, que a las damas no se les ve bien con un cigarrillo en la mano, echando al tacho décadas de divas del cine, glamorosas e inalcanzables como Sofía Loren, Sharon Stone, Rita Hayworth, Rita Hayworth, Ava Gardner, María Felix, Elizabeth Taylor y Andrey Herpurd con su maravillosa boquilla y su collar de perlas, por solo mentar algunas diosas del celuloide.

Pero siempre regreso al cigarrillo, a sabiendas que romperé otra vez. He pensado compensarlo comprando un juego de pipas, cuyo ritual me llevaría a fumar menos, compraría picaduras de mejor calidad, pero no tengo paciencia para raspar antes de cada inhalada y requiere una inversión que prefiero transferir al vino o a los chocolates.

A cigarrillos y testosterona

Ya en pandemia he tenido mis momentos, especialmente, cuando conté con un compañero de apartamento francés que fumaba como si el mundo se iba a acabar. Mi casa olía a puticlub y testosterona, donde cada bocado iba acompañado de vodka en las noches y chorritos de ron al café de la mañana. Más que a Jean George, extraño el ritual de fumar y beber con él, porque la verdad es que entendía solo la mitad de lo que decía, literalmente olvidó el francés y no ha aprendido bien el español. Haciendo un corte de cuenta concienzudo, la última vez que fumé fue en las escaleras de Book Vivant, pero de regreso a casa no soporté mi propio aliento dentro de la mascarilla. Conclusión, hay que retomarlo después que me vacunen. Solo experimento una pausa.

Estoy resignada a que la verdadera ruptura llegará con mi partida de este mundo. Mantengo la esperanza que haya una sala para fumadores en el purgatorio, para matar la angustia de si me toca cielo o infierno. Mientras tanto, espero que no me pase como al escritor Julio Ramón Ribeyro, fumador acérrimo quien escribió uno de los ensayos más deliciosos en defensa del cigarrillo y a su busto en una plaza de Miraflores, de vez en cuando, algún fumador solidario se apiada de él y le pone un cigarrillo en la boca.

¿Cómo nos comunicamos con el consumidor de chocolate?

Comparto mi participación en la 23 Conferencia Nacional de la Cámara Peruana del Café y el Cacao llevada a cabo en Julio de 2021. En mi caso, centré mi ponencia en el consumidor de chocolate: sus motivaciones, su nivel de conocimiento, cómo llamar su atención, los retos comunicacionales que esto implica.

Hay mucho trabajo por hacer en el sector. Es importante sentarnos a pensar para ser más asertivos en las líneas de comunicación y acciones a realizar.

Los fermentos han llenado de vida mi cocina

Dos libros de cocina me han cambiado la vida en momentos específicos. El primero fue el recetario MI COCINA. A LA MANERA DE CARACAS de Armando Scannone. Me acompaña desde 2001 cuando entrevisté a su autor, en lo que resultó una biografía publicada por la Fundación Bigott, que disparó mi hambre de escribir y me trajo de vuelta al periodismo. El segundo libro que producido un quiebre en mi vida profesional y culinaria ha sido EL ARTE DE LA FERMENTACIÓN de Sandor Katz que me llevó al mundo de los fermentos.

¿Cómo comenzó la historia de los fermentos en mi vida?

Pero encerrada, algo aburrida durante la pandemia e inspirada por mi amigo y colega Curro Lucas que subía fotos de sus salmueras a Instagram, me animé a preguntarle la receta y me dio la siguiente instrucción: «empieza con nabos y rábanos. Solo necesitas agua embotellada, sal de mesa, un tarro limpio y paciencia». Parecía una preparación sencilla y fácil de seguir. En menos de 24 horas los frascos que reposaban en la oscuridad, parecía que iban a explotar, generaban burbujas como gaseosas y tres días después cuando los probé, descubrí que jamás había saboreado ni un nabo, ni un rábano. ¡Guao! Mis papilas enloquecieron como cuando comí aquella torta de queso en un viaje con hongos azules.

Como era de esperarse quería más. Tal como toca en estos tiempos me fui a internet donde sobran recetas y faltan explicaciones. Pero mi amigo me dijo que revisara los textos de Sandor Katz, quien es el verdadero gurú de esas lides. En cosa de días ya tenía en mis manos «El arte de la fermentación», biblia de estos menesteres en nuestro sistema solar. Se convirtió en mi libro de cabecera. A largas jornadas de experimentación y fermentación, le seguían emocionantes horas de lectura, donde me familiaricé con levaduras, tipos de fermentaciones, maloláctica, carbonatados, comunidades, hongos, bacterias, ciclos.

Mi cocina se llenó de vida. Las siguientes salmueras fueron zanahorias, beterragas, coles de Bruselas, coliflores, ajíes amarillos, espárragos, vainitas, brócolis y hasta pepinos. Parecía que cualquier vegetal podía ser sometido a la cocción en frio de agua y sal. Muchos tarros fueron un fracaso, porque olían mal, no ablandaban los vegetales o no me agradaba el resultado. Otros, en cambio, resultaron alucinantes, como los casos de la coliflor y la beterraga. Era como si me los presentaran de nuevo. Luego los empecé a mezclar, a cuidar la presentación e incorporarlos a recetas. Pero mi refrigeradora olía a ácido acético, una fragancia que puede resultar desagradable, a mi recordaba esos quesos franceses cuyo intenso tufo es señal de exceso de umami. Resolví el asunto comprando otra refrigeradora y ahora los fermentos tienen su sala VIP.

Las kombuchas llegaron para quedarse

Meses después, cuando ya podíamos movilizarlos, fui al restaurante Central, que trabaja extensamente el tema y regresé a casa con un trozo de hongo que se llama Scoby. La idea era hacer Kombucha, esa bebida de origen chino, donde el hongo se alimenta con té y azúcar. Pasó lo mismo que con las salmueras, que ya iban por niveles mixtos como los pepinillos donde la mitad del proceso se hace con vinagre, casi como si fuese un encurtido, sin llegar a serlo. Semanalmente, elaboro kombuchas a las que le incorporo frutas y hierbas de estación.

 He aprendido sobre la calidad del té, los tipos de endulzantes, de las temperaturas apropiadas y la acidez. -Aunque me lo han pedido, no está en venta, porque tengo el mal hábito de vivir de mis aficiones. Volví a Central y me hicieron probar algunas kombuchas, y las mías están a su altura. Sobre este tema Katz no proporciona muchos detalles, pero próximamente pisaré el terreno del keffir y la cerveza casera, porque en ambos tópicos es generoso en información.

Los fermentos son la gran revolución de mi cocina y mi vida. Me ha conectado con sabores nuevos u olvidados, acepto mis errores, estimula mi curiosidad, veo la alimentación con otra perspectiva. Modificó mi metabolismo, mi sudor, la textura de mi piel y hasta – perdón por lo que voy a decir -, el olor de mi mierda. Mi cuerpo está lleno de bacterias que lo cuidan y protegen. Hace un mes hice mi primer crucrut con col lombarda y manzana Israel, el color es tan intenso y brillante que cualquiera juraría que le he añadido algún colorante artificial, como pasa con la betarraga.

Para mi comer no es solo un trámite, es un momento extraordinario que celebro a diario y los fermentos son la orquesta que le pone ritmo a ese festín. Pero la conexión también es externa. Formo parte de una comunidad de fermentistas en todo el mundo, intercambiamos ideas, compartimos logros, consultamos dudas, lloramos los fracasos y celebramos cada nuevo sabor o aprendizaje.

El cocinero norteamericano Shijavi Arjuna asegura que fermentar alimentos abre la mente, empodera. Creo que se ha quedado corto, muy corto. El libro de Sandor Katz llegó en el momento preciso. Ha sido un cataclismo a mis creencias y si bien le estoy agradecida al señor Louis Pasteur, quien puso orden en las comunidades bacterianas, lamento que hayamos llevado todo al extremo, matando toda la vida de lo que nos llevamos a la boca, lo bueno, lo malo, lo feo y lo útil, menos lo innecesario.

Algún día la fermentación salvará a los humanos. De momento, me ha regenerado a mí. Tengo la fantasía que cuando se acerque el fin del mundo, los cocineros seremos solicitados en todos lados y lo aprendido será vital. Por lo pronto, viendo cómo va la autodestrucción de la humanidad, me urge aprender a hacer cerveza. Nadie le cierra la puerta a quien pone alcohol en la mesa.

El texto original respondió a una de las consignas del Mundial de Escritura en junio de 2021. El tema era libros que te han cambiado la vida.