El pez león es un voraz depredador que ha invadido las costas venezolanas afectando el ecosistema y se ha convertido en una seria amenaza para la fauna ya que se alimenta de peces e invertebrados. Lo interesante es que con manipulación cuidadosa puede consumirse, resultando en una carne deliciosa, blanca, delicada y versátil, perfecta para platillos como ceviches, tiraditos, incluso frito o crudo estilo sashimi. Por otra parte, su pesca es altamente rentable y es una de las opciones más saludables entre los pescados, pues se ha demostrado que tiene valores más altos de omega 3 y ácidos grasos esenciales y valores más bajos de grasas saturadas y metales pesados como el mercurio.
La Asociación de Comunicadores Gastronómicos de Venezuela (Acogave) conjuntamente con la revista Bienmesabe y el restaurante DOC han programado la charla “El pez león invasor” el sábado 30 de julio a las 10:00 am en el Salón VIP de DOC Bar Restaurante en Los Palos Grandes.
Esta interesante conversación contará con la participación de Carlos Soucre, biólogo de la Universidad Simón Bolívar; Daniel Verde encargado de comercializar el pez león; y el restaurador Jean Paul Coupal compartirán conocimientos culinarios sobre las propuestas gastronómicas de este pescado. La presentación estará a cargo de la directora de la revista Bienmesabe, Ligia Velásquez y la periodista Zinnia Martínez se encargará de moderar el encuentro.
Los asistentes aprenderán a preparar esta especie para que sea comestible ya que debido a una proteína tóxica en su aguijón puede ser inoculada por medio del contacto con las espinas lo que requiere una manipulación cuidadosa.
La charla “El pez león invasor” es abierta al público pero los cupos son limitados. Los interesados en participar deberán escribir a través del correo: acogave@gmail.com para recibir confirmación de su cupo.
Cada vez que se consume un pez león se está apoyando a la causa de mantener el equilibrio marino y a los pescadores y buzos quienes reconocen el daño que la invasión de especie está causando. (http://pezleon.cbm.usb.ve/).
Ceviche de pez león / @DOCRESTAURANT
Coordenadas:
Sábado: 30 de julio Hora: 10 am Lugar: Restaurant DOC, Los Palos Grandes Caracas Entrada libre (contactar a los organizadores por los puestos limitados)
LA COCINITA DE PAPÁ es un blog de cocina, pero también es un proyecto de amor de un papá que desea que sus hijos aprendan a comer bien y encontró la manera de establecer una dinámica familiar de integración, de educación, de inculcarles los valores de la responsabilidad, el trabajo y la constancia a sus hijos a través de los fogones. Es decir, una fórmula que se desarrolla en varios niveles: uno físico con recetas, videos, niños aprendiendo a cocinar o a sembrar en sus propio huerto, pero también ha resultado fértil en terrenos emocionales y morales.
El periodista José Baig – quien fue mi preparador de géneros periodísticos en la universidad – estudió cocina y cuando le llegó la hora criar a sus tres hijos entendió que la mejor manera de ensañarlos a comer era tomando el asunto en serio y decidió dedicarle tiempo. El plan de acción comenzó con recetas sencillas, luego un blog, pero ha crecido a tal punto que ya tiene un huerto y próximamente un libro. Toda una experiencia de vida para los hermanos Manuel, José y Yolanda.
La Cocinita de papá lleva más de cinco años en línea, uno de sus grandes aportes es mostrar cómo padres e hijos pueden trabajar juntos en la cocina, diferencia y establece tareas específicas; presenta recetas sencillas, nutritivas e ingeniosas en formatos que le gustan a los niños. Encontrarán desde albóndigas, pasando por varios tipos de salsas para pastas, panquecas, galletas, tortas, pasteles, cocina china, española, pasando por creaciones propias aprovechando productos de temporada y del huerto.
En días recientes, José publicó fotos de los avances del huerto cómo era hace un año y cómo está ahora. «Al principio mi idea era que los niños supieran de dónde viene la comida, que no es tan fácil como ir al mercado». Narra que han ido aprendiendo por ensayo y error, pero destinaron un área del jardín de 12×12 metros, que ha implicado un gasto importante en tiempo, esfuerzo y dinero.
«Al principio los niños no estaban muy convencidos, porque el huerto exige trabajo, desde limpiar el monte, hacer el compost y los semilleros, manterlo ordenado, transplantar, hasta regar y cosechar. Pero ya le han agarrado el gusto. Vamos por el tercer año y este ha sido el mejor. Todos hemos aprendido mucho, desde qué sembrar, cantidades, dinámicas de trabajo y lo mejor es cuando disfrutamos en la mesa el producto de nuestro huerto».
Hasta el momento han cosechado maíz, caraotas negras, brócoli, coliflor, repollo, auyamas, berenjenas, fresas, calabacines, tomates, pimentones y ajíes picantes. Incluso el año pasado tuvieron sobre-producción de auyama de las que se beneficiaron amigos y vecinos. «Llegó un momento que habíamos preparado auyama de tantas maneras que empezamos a regalar, y eso nos dio una gran lección sobre los volúmenes de siembra», afirma Cecilia la madre de esta cocinita.
Quien hace un blog en su tiempo libre, sabe el enorme esfuezo que esto implica. Pero José lo actualiza regularmente, hace videos, transcribe las recetas, responde dudas. Personalmente, lo recomiendo porque hasta se han tomado el trabajo de verificar que las recetas estén bien escritas. Pero lo mejor es ver cómo tres hermanos crean y fortalecen lazos de amor y complicidad a través de un proyecto familiar, que además les enseña a comer bien, a entender el valor del producto y del trabajo.
A mis amigos que tienen hijos y me viven preguntando por recetas, aquí les dejo esta datazo. No se si llegarán a tener un huerto, pero pueden seguir las recetas, consejos y dinámicas en la cocina.
Venezuela es conocida por la calidad de sus cacaos finos de aroma, incluso, para los venezolanos las golosinas de chocolate llevan años en nuestras loncheras, fiestas, piñatas y hasta en el día a día de nuestros bolsillos. Sin embargo, poco sabemos sobre el proceso del cacao y por qué el chocolate cuesta lo que cuesta.
El chocolatero italiano Guido Gobino afirma que ni el buen cacao ni el buen chocolate son económicos y tiene toda la razón. Como sucede con todos los productos, el proceso de elaboración, el origen y el público al que va destinado, inciden directamente en la calidad y finalmente en el precio.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que el proceso del cacao es totalmente artesanal, más allá de los avances tecnológicos en la industria de la chocolatería, en verdad el origen ha variado poco en siglos.
Para empezar se trata de un producto agrícola, que como tal está a merced de la naturaleza, desde los tipos de suelos, disponibilidad de agua, plagas, entre otros. El cacao se recolecta a mano, no hay máquina que haga ese trabajo porque las mazorcas no maduran todas al mismo tiempo. Hay que tocarlas y el sonido hueco unido al golpe de las semillas indica que se pueden cortar, por eso también se les llama “maracas”.
En la misma jornada que se corta la mazorca de la planta, hay que extraer las semillas con cuidado de no romperlas. En Venezuela, se hace en el campo, en otros países se lleva a cabo cerca del lugar donde se procesarán, pero en todos los casos, tiene que hacerse el mismo día. Imposible esperar, así que el cacao no respeta feriados, ni días libres.
Seguidamente, las semillas “en baba” – cubiertas de una sustancia blanca dulzona que recuerda el sabor de la guanábana o la guama – Allí comienza el proceso de ferementación, cuando se colocan en cajones de madera recubiertos con hojas de plátano, que luego se taparán con el mismo tipo de hoja. Dependiendo de la variedad de cacao, el proceso de fermentación exigirá de 3 a 8 días, en los cuales hay que remover un par de veces diarias.
En algunos países se salta el proceso de fermentación para acortar tiempo y costos, pero esto le resta calidad al producto final. Por lo general, los cacaos no fermentados van a parar al mundo de la chocolatería industrial para la producción de golosinas y confitería, o se destina a usos médicos y cometológicos.
Una vez fermentado, se extiende en grandes patios hasta que las semillas estén secas y alcancen el 8% de humedad que estipulan los cánones internacionales. Esta etapa puede extenderse por cinco, seis o más días. Depende de la humedad, si llueve o hay exceso de sol. Tal vez en este punto es donde se han logrado mayores avances con patios de techos móviles, o grandes gavetas con ruedas, patios cubiertos con marquesinas, pero en todos los casos hay que removerlo a diario.
Entonces, la etapa desde que se cosecha el cacao hasta que está listo para almacenarse y venderse, toma alrededor de 15 días, donde se requiere una gran cantidad de mano de obra y cuidado, porque la planta es delicada, necesita suficiente agua, ni exceso ni falta de sombra, la poda justa y oportuna, y vigilancia constante porque es propensa a todo tipo de enfermedades.
El cacao exige lo suyo
El cacao cuando llega a las industrias o talleres se transforma de varias formas. Puede convertirse en nibs, manteca, licor y polvo. Cada uno de los derivados tiene su uso, y forma parte de fórmulas que van desde bebidas achocolatadas, golosinas, confitería, grageas, tabletas, coberturas, bombones hasta productos para cosmética.
Cuando las semillas de cacao se procesan lo primero que se hace es tostarlas, para exalta su sabor y aroma. No es tan simple como someterlo al calor de fuego, porque existen muchos tipos de cacao, cada uno exige su tiempo para sacar lo mejor de sí. Incluso, los chocolateros más experimentados no solo ven si es cacao criollo, forastero o trinitario, sino que consideran el país y región de procedencia.
El siguiente paso del proceso es descascarillarlo, es decir, separar la cascara de la semilla y luego romper las semillas en pequeños trozos llamados “nibs”, que van a parar a un molino donde se transforman en una masa de textura pastosa y grasosa. Depende del chocolatero la duración de esta etapa, más allá que se realice en un ámbito industrial y artesanal. Hasta este punto solo se ha llegado hasta la pasta de cacao.
Finalmente, el chocolate
Para que se pueda llamar chocolate, la pasta de cacao tiene que tener azúcar y en la mayoría de casos también se le agrega manteca de cacao.
En la chocolatería fina y artesanal, en este punto se hacen los ajustes para un gramaje o textura más fina y no se le agrega nada más. También se determina el porcentaje de cacao, y si se hacen de leche, se le añade el lácteo en polvo. También se decide si se elaborarán tabletas, cobertura (usos en pastelería que implican otros tecnicismos), o será destinado para grageas, bombones, para taza, etc.
Pero si se trata de procesos más industriales, entonces se incorporan otros componentes como estabilizantes, lecitina y otros tipos de grasas vegetales, que evitan que el chocolate se derrita al contacto con la temperatura corporal del comensal y abaratan los costos. También se pueden saborizar con especias, esencias o lo que dicte la fórmula del fabricante.
Para elaborar chocolate, además se hace imperioso trabajar en lugares frescos o de baja temperatura constante, eso ayudará a que se solidifique y evitará otros problemas. En Venezuela se cuida mucho la cadena de frío del chocolate desde la fábrica hasta el punto de venta, porque el calor es su gran enemigo. A este proceso le siguen empaques, mercadeo, transporte y venta.
Entonces, ¿aún se pregunta por qué el chocolate cuesta lo que cuesta? Indudablemente, es un proceso que mezcla lo artesanal con lo industrial, que exige mano de obra calificada de diversas procedencias, que en los casos más expeditos exige un lapso de por lo menos un mes (en países productores), desde el momento que la maraca avisa que está lista, hasta que un amante del chocolate tiene la tableta en sus manos y en su boca.
“Cuando hablo de la comida venezolana me estoy refiriendo a la de Caracas porque las comidas de otras regiones de Venezuela son muy parecidas, básicamente se trata de la misma comida de Caracas con otros acentos”, expresaba Armando Scannone en 2007 en las conversaciones publicadas con el gastrónomo por la Fundación Bigott.
Una década después sostiene su apreciación con una inflexión inesperada, “las cocineras que trabajaban en las casas venían de todo el país. Ellas viajaron con sus platillos y sus maneras de concebir y hacer en la cocina. Enriquecieron el recetario caraqueño, por eso aquí se puede comer un poco de cada región. Son las responsables de una especie de revolución silenciosa, que dio como resultado eso que llamamos “cocina caraqueña””.
Afirma que en su hogar de la infancia y muchos años después en su propia casa, todas las cocineras aportaron algo, que luego se refinaba y persistía.
Famosas entonces Elvira Fernández – proveniente de Galicia, España-, quien trabajó durante cuatro décadas para él, quien además fue la responsable de la logística del famoso libro rojo “Mi Cocina”; y Magdalena Salavarría originaria de Güiria estado Sucre, que aún sigue al frente de la cocina de Scannone.
Por su cocina transitaron muchas cocineras, a quienes se les pedía que prepararan recetas específicas que Fernández pacientemente iba registrando. Se ensayaron una y otra vez fórmulas que no estaban registradas en ninguna parte, como las de granjería criolla, que en realidad no se hacía en las casas sino que formaban parte de puestos callejeros.
Entonces, a punta de rumores, creencias y mucha práctica lograron dar con recetas que casi se daban por perdidas, como sucedió con la jalea de guayaba que se practicó dieciocho veces.
Plasmado discreto
Este camino de recopilar, probar y clasificar recetas puso a Armando Scannone bajo el foco de la luz pública desde 1982 cuando se publicó la primera edición del “Mi cocina a la manera de Caracas”.
Su gran aporte es haber invertido el tiempo y los recursos en un recetario que agrupa un grueso de recetas que de otro modo estarían dispersas y destinadas al olvido, aportando un elemento extraordinario y que ha sido el secreto para que treinta y cinco años después sea el libro más vendido en Venezuela: que las recetas salen porque tienen rigurosidad y método.
Scannone es ingeniero civil de profesión, nació en la parroquia caraqueña de Santa Rosalía en agosto de 1922, fue el penúltimo de nueve hijos de la pareja Scannone Tempone, inmigrantes italianos que después que pisaron tierra criolla no regresaron a tu terruño. En un hogar siempre se cultivó la buena mesa, de allí brota la primera gran motivación, no perder los sabores de la casa natal.
En una familia tan grande era habitual un personal de servicio numeroso, entre las que se incluían cocineras que iban y venían pero que dejaban su huella en los fogones; esos que años después Scannone a punta de remembranza y técnica, logró sistematizar.
“Cada país, cada región tiene su sabor. La cocina caraqueña es cosmopolita, de sabores intensos, refinada. A esta ciudad siempre han llegado los mejores ingredientes a los mercados porque se pagan precios más altos y eso ha permeado su culinaria”, exclama.
“Llamé al libro rojo “Mi cocina” porque era cómo se hacían las cosas en mi casa y a mi manera, pero ahora es “nuestra cocina” porque este libro sirve de base a las nuevas generaciones. Pero si lo ves con objetividad, se trata de una cocina donde influyeron muchas cocineras venezolanas y extranjeras que plasmaron su hacer discretamente”, afirma el gastrónomo.
Di Giacobbe desde 2009 lidera varios proyectos de educación a emprendedoras en comunidades vinculadas al cacao, hasta el momento solo el proyecto Bombón contabiliza más de 8 mil asistentes a talleres, de las cuales han surgido más de 1500 emprendedoras.
Por otra parte, se suman los proyectos “Cacao de Origen” con el laboratorio y elaboración de barras “bean to bar” e intercambio de información con destacados chocolatiers y “San Benito” con un programa de pasantías y clases de especialización para artesanas del chocolate y que cuenta con una plataforma de mercadeo y colocación de sus productos.
Las acciones lideradas por Di Giacobbe se midieron con proyectos sociales en los cinco continentes, donde destacaban escuelas de cocina en zonas populares, nutrición escolar, apoyo al productor, rescate de semillas nativas, entrenamiento a discapacitados, reivindicación de tradiciones entre otras áreas.
Este premio que otorga el Basque Culinary Center viene a ser – a riesgo de parecer exagerada – el Nobel de la gastronomía, que además de considerar iniciativas en todo el mundo, otorga una sustanciosa suma de dinero para apoyar su continuidad y desarrollo.
El jurado de la primera edición, lo lideró el chef español Joan Roca y estuvo conformado por chefs de cocina como Gastón Acurio, Heston Blumenthal, Elena Arzak, Massimo Bottura, pasando por el científico Harold McGee hasta la escritora mexicana Laura Esquivel.
Y yo me pregunto, ¿cómo es posible que el Estado venezolano no apoye este tipo de iniciativas o sus similares? Dónde está el trabajo con las comunidades cacaoteras en todo el país con resultados efectivos. Solo se pueden considerar algunas iniciativas privadas como las llevadas a cabo por Empresas Polar con Proyecto Birongo y el Plan Cacao de Nestlé Venezuela.
Pero el Estado se empeña en entorpecer la labor de gente como Di Giacobbe, a quien por ejemplo, en 2015 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo – PNUD- otorgó una donación de 50 mil dólares para comprar maquinaria destinada a las escuelas en chocolatería, pero como se hacía a través de organismos públicos el dinero pasó por el cambio oficial y se disminuyó de tal manera que no alcanzó ni para pagar los aranceles portuarios. Es que ni siquiera, fueron capaces de hacer una exoneración, al punto, que hasta el sol de hoy hay compromisos de pago pendientes.
Pero a la tenacidad de Di Giacobbe y su equipo no la detiene la mezquindad y miopía gubernamental, y ahí está, demostrando que hay muchas maneras de crecer porque el cacao venezolano es mágico como bien dice la propia chocolatier , “transforma todo lo que toca, incluida la vida de miles de personas que encontrarán en este fruto y sus derivados, una vida digna y un trabajo del cual enorgullecerse”.
Mucho antes del boom de la culinaria peruana en el mundo, en Caracas ya se podía ir disfrutar en lugares discretos, de corte popular porque desde los años setenta está asentada en la ciudad una gran comunidad venida de dicho país. Si a eso se le suma que ahora la culinaria peruana está de moda, da como resultado una guía de restaurantes llamada «Perú está sabroso».
Editada por la representación diplomática de Perú en Venezuela, el grupo Ni Modo y la periodista gastronómica Ligia Velásquez, quien dirige la revista Bienmesabe y confesa glotona de gusto refinado en la mesa. Próximamente estará en las principales librerías de Caracas.
La guía incluye 24 restaurantes, servicios de catering y lugares de venta de productos peruanos, esparcidos en los cinco municipios capitalinos. Cuando se revisa página a página, la gran sorpresa es que la mayoría están asentados en zonas populares, desde el Mercado de La Hormiga en la zona del Cementerio, pasando por La Candelaria, los Chaguaramos, La Hoyada, Parque Central, Plaza Venezuela hasta el pueblo de Chacao, Altamira y Los Samanes.
«En Caracas la cocina peruana es sencilla, casi toda la clientela es peruana, aunque ahora van más venezolanos porque han viajado o les llama la atención», afirma Velasquez quien confiesa que durante dos meses se recorrió Caracas de parrillera en mototaxi, siguiendo recomendaciones de conocidos peruanos – entre esos personal de la embajada – y de las redes sociales.
Velásquez enumera los platillos que están presentes en casi todos los menús: ceviche, anticuchos, causa limeña, pulpo, arroz chaufa y tallarines. Pero da tres recomendaciones:
Los restaurantes en el Mercado La Hormiga en la zona de El Cementerio: La Gringa, Con sabor a Perú y Pedro Chávez
La esquina de los anticuchos de los hermanos Quevedo Cabrejos en San Bernardino.
Apartamento clandestino en San Bernardino.
La guía también contiene entrevistas a personalidades vinculadas al tema desde el chef Carlos García del restaurant Alto, pasando por Virgilio Martínez de Central en Lima, cocineros peruanos como Silvia Rodríguez y la periodista gastronómica de origen peruano Giuliana Chiappe.
Producida por el grupo Ni Modo, el mismo que hizo la última edición impresa de la Guía Climax, es un hermoso trabajo de diseño gráfico, con la fotografía de Elisa Quero.
Pero aquí les dejo un gran dato: toda la información de la guía está en la web, en la página http://peruestasabroso.com
Giovanni Conversi y Pedro Castillo. Foto @imagenesferrero
Mantuano Chocolate presentó su nueva tableta con ají jobito, que abre la serie dedicada a los cocineros venezolanos, es decir, tabletas diseñadas con los sabores y combinaciones que expresen el trabajo de estos profesionales.
El chocolatier Giovanni Conversi en esta ocasión se alió con el cocinero oriental Pedro Castillo, defensor a ultranza del ají jobito muy utilizado en la culinaria cumanesa. Pero esta edición tiene varios puntos innovadores como la presentación que incluye en la misma bolsa un ají seco, para que la experiencia sensorial comience antes de abrir el empaque.
Conversi se cercioró que el ají jobito no picara, aunque le explicaron una y mil veces que es una variedad dulce, al punto, que se lo dió a probar a un niño de siete años. «Solo produce un ligero picor en la garganta, como un cosquilleo que incluso da mucho sabor y retrogusto, pero no pica».
Entonces Castillo, se dedicó a secar de manera natural los mejores ejemplares. Al respecto, la tableta trae una tarjeta que lo describe del siguiente modo «bautizado así por su gran parecido a la fruta del jobito (…) Los primeros registros geográficos apuntan que se comenzó a producir en Marigüitar, y hoy en día es Cumanacoa quien ha tomado la batuta en la producción».
Luego Conversi pulverizó una parte del ají que añadió a la mezcla de chocolate oscuro al 60%, y que completó con prequeños trozos. Resulta una tableta magnífica porque es increíblemente aromática producto de la mistela de chocolate El Rey y del productor de Miranda Luis Brito, pero el ají no se queda atrás, para conformar un tándem armónico, fuerte, que deja un largo gusto en el paladar.
Solo se harán 200 unidades que estarán a la venta, principalmente, en la tienda Cacao de Origen. Por su parte, cada una trae cuatro fichas explicando quién es quien en esta delicatés: el ají jobito, Mantuano Chocolate, Pedro Castillo y el fotografó Javier Volcán responsable de la imagen del empaque.
«Me quede sin pulso, siento que se me paró el corazón. Aún no logro creer que algo tan bueno le esté sucediendo al cacao venezolano», afirmó Di Giacobbe a pocos minutos de enterarse del premio. «Nadie es indiferente al cacao venezolano y su energía. Es la suma de lo que implica la situación del país en este momento y de cómo afecta al cacao y la gente que vive de él de muchas maneras».
Se sabe que Di Giacobbe recibió varias postulaciones, pero su proyecto impresionó mucho al jurado que deliberó más de ocho horas, presidido por el chef Joan Roca (España), incluyó a Gastón Acurio (Perú), Ferran Adrià (España), Alex Atala (Brasil), Dan Barber (EEUU), Heston Blumenthal (Inglaterra), Massimo Bottura (Italia), Michael Bras (Francia), Yukio Hattori (Japón), Enrique Olvera (México) y René Redzepi (Dinamarca) y tuvo como invitados especiales a los expertos Harold McGee, Massimo Montanari, Hilal Elver y la escritora mexicana Laura Esquivel.
Los proyectos de la chocolatier venezolana comenzaron en el 2009 con el proyecto Bombón que ha beneficiado a más de 8500 personas en comunidades de bajos recursos en el Estado Miranda con capacitación en chocolatería. De allí se han certificado más de 1500 mujeres de las cuales el 94% ha mejorado su calidad de vida.
Por otra parte está el proyecto «Cacao de Origen» con el laboratorio y elaboración de barras «bean to bar», donde además de educar sobre el proceso de la elaboración de chocolates, se produce intercambio con grandes chocolatiers de todos el mundo y se ha establecido una red con comunidades cacaoteras.
A todo esto se suma el Proyecto San Benito que comenzó en 2014 «Talleres y pasantías de nivelación de conocimientos de las Emprendedoras del Chocolate y creación de una plataforma de ventas corporativas y pedidos especiales», donde se han beneficiado más de 93 emprededoras. Y finalmente el proyecto, Educación para Profesionales y Gerentes. Una alianza de Cacao de Origen con Chloé Doutre Roussel.
Al momento de recibir la noticia, tuve la fortuna de estar cerca de María Fernanda, quien caminaba de un lado a otro, era una mezcla de alegría, euforia e incredulidad. Ya más calmada me dijo, «no imaginas lo bueno que es esto para Venezuela, ahora si podremos terminar las dos escuelas de formación en chocolatería y tratamiento del cacao, una de las cuales está en Rio Caribe».
Para ver todos los proyectos de llevados a cabo por María Fernanda Di Giacobbe, CLIQUEE AQUÍ
¡BRAVO MARÍA FERNANDA!, ¡BRAVO POR EL CACAO VENEZOLANO», ¡BRAVO VENEZUELA!
Diamora insiste en que a ella no la enseñaron a comer cuando era niña. Dice que su mamá era muy caprichosa con la comida, y que les metía miedo a ella y sus hermanos con las combinaciones de alimentos que podrían hacerles daño, incluso matarlos. “El mango con casabe era veneno, o el cambur con guarapo hacía daño, por ejemplo. Había tantas frutas en el campo que considero se perdían. Muy de vez en cuando picaban una patilla, el jobo se perdía porque daba fiebre. También había otra mata alta que echaba una pepa amarilla, no la cogían ni siquiera para dulce porque decían que daba fiebre”.
Lo cuenta a propósito de la actual crisis de escasez de alimentos, cuando el venezolano ha tenido que volver a productos que antes desdeñaba y cuando ha quedado en evidencia la necesidad de una mejor educación nutricional, tal como ha sido planteado por la autora de este blog. Diamora opina que pudo haberla tenido si en su casa no hubieran mandado algunos mitos alrededor de los alimentos durante su niñez en el llano guariqueño, en un país muy distinto al de hoy, allá por los años 50.
En el campo familiar en Jobo Marquero, cercano a Valle de la Pascua, Diamora vivió los primeros años de su infancia entre la escuela y las tareas domésticas, y, aun con mitos alrededor de los alimentos y su preparación, lo que abundaba era qué comer. “En esa época no se pasaba hambre, espero que todavía sea así”, rememora junto con su prima Bruma, quien asegura que “en el llano se comía sabroso”.
Lo que se consumía era producto de la misma tierra, más otros productos que se compraban en el pueblo. “Mi papá sembraba auyama, batata y yuca, y había matas de topocho y cambur, también ají; no conocíamos la papa”.
Calixto Díaz, al fondo la casa de Jobo Marquero
De las vacas obtenían la leche y elaboraban el queso de cincho que el papá Calixto vendía. Con el suero la mamá Josefa preparaba el queso de mano que vendían los hermanos en el pueblo, junto con los huevos de gallina y el café molido (lo compraban en grano, lo tostaban con papelón y después lo molían). “Mi papá también hacía ricota, de la nata que quedaba en la flor del suero”.
De la caza provenía el venado que se convertía en pisillo: se salaba la carne y se secaba al sol. De vez en cuando mataban un cochino y hacían chicharrones, y no faltaba el sancocho de final del curso escolar para los maestros y la carne de ternera en vara para celebrar los cumpleaños.
En la laguna pescaban anguilas y sardinas que comían guisadas. “Comíamos la carne seca de baba porque servía para mantener los bronquios, y también comíamos bastante pastel de morrocoy”.
Las aves eran otra fuente de proteínas. “Las turcas o pipas, la maraquera, la caldoefrijol y la cujialera se cazaban con jaulas o con china. La guacharaca la comíamos con arroz, también el garzón”.
La fruta de palma llanera era otro de los alimentos prohibidos. “Mi hermanito nos llevaba a pasear por el campo y mi mamá le decía ‘no le vayas a dar fruta de palma’, y mi hermanito nos ‘jartaba’”. Otras frutas que abundaban eran caruto, guayabita sabanera, ciruela de huesito, ciruelita de fraile y manirote.
El único enlatado conocido era el de la latas de manteca que se compraban en el pueblo, al igual que el pan de trigo con el que algunos días se aparecía Calixto. “Unos panes chiquitos, muy sabrosos, salíamos a encontrar a papá emocionados, los comíamos con leche”.
Maíz y frijoles
El maíz, el frijol y la leche eran la base de la alimentación. “Los frijoles bien aliñados con topocho verde se comían recién hechos o amanecidos. Los aliños eran cultivados ahí mismo, ají dulce y cebollín, y quizás ajo que traía mi papá del pueblo. Del chirel se preparaba un ajicero con suero.”
El maíz se desgranaba, se reservaba la hoja para envolver las hallaquitas y la tusa para higiene, después se pilaba, pero antes había que limpiarlo. “Al maíz lo limpiábamos y venteábamos en una batea, se le sacaba el nepe, que es una harina amarilla, y se le daba a los cochinos, como parte de su alimentación, se les daba también conchas de topocho y restos”.
Hacían dos comidas fuertes, el desayuno a las 9 de la mañana y el almuerzo a las 4 de la tarde. Y más tarde, al que se portaba bien, había hecho las tareas, las del campo, no las de la escuela, le daban una merienda: harina con leche. “Es una especie de fororo, pero se hace de maíz tostado. El maíz se colocaba en un caldero, con fuego a leña, y se tostaba, sin que llegara a saltar y convertirse en cotufa, luego se molía y se comía con leche”.
Los varones becerreaban, es decir, llevaban a los becerros donde había pasto o los traían de vuelta al corral. “Hay una mata, la guayabita sabanera, más pequeña que una guayaba, y nos decían cuando salíamos a becerrear o hacer otra tarea por el campo, que quien comiera esa fruta, no comería harina con leche. Decían que en la pata de las guayabitas se enredaban las cascabeles. Me di cuenta de que era para meternos miedo y no nos distrajéramos de las labores”.
Bruma recuerda cómo eran las comidas. “La leche de ganado fresca con guarapo se servía en el desayuno junto con las hallaquitas o arepas con suero. Para el almuerzo mi tía cocía ollas de frijol, le ponía topocho verde y complementaba con arroz. Cuando hacía caraotas pintas le ponía topocho maduro”. El topocho, aclara, es más pequeño que un plátano, “la mata es igual que la del plátano, pero el fruto es más pequeño, se llama topocho criollo”.
El método para conservar los alimentos, cuenta Bruma, era el “entaturado”. “Los granos se guardaban en un taturo o perola que sellaban, y teníamos suficiente hasta la siguiente cosecha. No había nevera, la carne de cochino, por ejemplo, se conservaba en su propia manteca”.
Uno de los mejores recuerdos de Bruma era cuando la tía Josefa le ordenaba ir a recolectar los huevos. “Cuando mi hermano El Negro y yo veíamos la ñema en el nido sentíamos una emoción muy grande. Nos daban una totuma donde íbamos colocando los huevos. Si se nos quebraba alguno, mi tía nos jodía”, dice Bruma, quien recuerda aquella época como “feliz”. “Nos gustaba ir a casa de mi tía, éramos más libres, bebíamos refresco en la Mar querida (una bodega cercana); nosotros bebíamos avena o agua de maíz, nunca refresco”.
Diamora apunta que el agua de maíz fue muy importante en esa época, “porque era el tetero de los muchachos”. “Del maíz sancochado, quedaba una especie de carato, como una avena líquida, muy rica. Se mezclaba con leche en polvo y se le daba a los muchachos”.
Una ventaja de Jobo Marquero era el agua, había una laguna y luego se hizo otra cercana de la casa. Los niños eran los encargados de ir a buscar el agua que cargaban en los burros. “El agua para beber era de la laguna, se filtraba con piedra o se hervía”.
El regreso del maíz pilado
A Diamora le tocó desde los 5 o 6 años pilar el maíz montada en una lata porque por su estatura no alcanzaba el pilón, luego hacer la limpieza y moler los granos para hacer las arepas y hallaquitas. “Hasta los 17 años todavía molía maíz, para entonces ya se compraba pilado, pero igual era mucho trabajo. Ya cuando vivíamos en el pueblo (Valle de La Pascua), recuerdo que antes de irme para el liceo molía una olla de maíz, la masa tenía que quedar muy suave porque mi mamá era muy delicada con eso, y después envolvía las hallaquitas”. Antes de molerlo, el maíz pilado se “calentaba”, según se dice en el llano, es decir, se cocía; se reservaba toda la noche y en la madrugada era cuando se molía.
En la casa del campo, encima del techo de la cocina tenían lo que se llamaba la troja, un lugar separado construido con tablones de madera donde se conservaban las mazorcas secas.
Fue una alegría conocer la harina PAN, dice Bruma, “se ahorraba mucho tiempo, al fin, porque ya me estaba preguntando hasta cuándo iba a moler”.
Tanto en Valle de La Pascua como en Villa de Cura, adonde emigraron a mediados de los sesenta, existían los molinos adonde la gente acudía a moler el maíz. “Esos almacenes desaparecieron con la popularidad de la harina precocida”.
Hoy ante la escasez de harina precocida y su alto costo en el mercado negro, tanto en Villa de Cura como en Valle de La Pascua la gente se la está ingeniando para comprar maíz,molerlo y hacer las arepas. Volvimos al pasado, aunque quizás no a uno tan feliz e inocente como el que rememoran Diamora y Bruma.
El chef venezolano Isaam Koteich despliega su talento en Dubai, Emiratos Árabes Unidos, donde se desempeña como director culinario de Obthain Group desde hace un año.
Conocí los platillos de Koteich antes de hablar con él la primera vez. Solo tenía vagas referencias y recomendaciones, pero el flechazo ocurrió desde el primer plato cuando fui a su restaurant Melao en Mérida. En ese momento quedaron registrados en mi memoria para siempre la lengua en salsa de chocolate y cardamomo; y el tartar de trucha con aire de pino merideño.
Koteich es hijo de sirios, nacido en Machiques y criado en Mérida, una combinación que da resultados poco habituales reflejados en la incorporación y uso temerario de las especias, colores escandalosos, desenfado, disciplina y conocimiento de la despensa por encima de todas las cosas.
Entonces, sus platos no pasan desapercibidos, hay algo que hace voltear la mirada, uno sabe que algo importante sucede allí. Pero además son increíblemente aromáticos, entonces el olfato -muy olvidado en estos días – hace la primera gran aproximación, al punto que cuando el primer bocado toca el paladar es solo una formalidad, que despeja cualquier insinuación, duda o deseo.
Caraotas negras … granos, agua y técnica, así la explica
La primera vez que hablé con él en 2013, me decía que después de su paso de siete años por los Emiratos Árabes estaba acostumbrado a trabajar con una despensa de ensueño, porque allí llega lo mejor de todo el mundo. Pero que en Mérida tuvo que reinventarse, reingeniar el hacer porque todo escaseaba. Sin embargo, ese paso le proporcionó astucia, reforzó la creatividad y parte del equipo que hoy lo acompaña, como es de esperarse por aquella frase que dice «en la prosperidad y en la adversidad».
Koteich ahora mira la misma despensa soñada con otros ojos, «no me dejo llevar por el acceso al buen foie gras a la primera, por ejemplo. Miro, medito, le doy la vuelta, la reto y sigo la línea de pensar que todo producto puede ser un gran manjar con la técnica y el trabajo indicado. Creo que los cortes de baja calidad tienen un gran poder de transformación y magia.Mérida fue una gran escuela donde aprendí a aplicar la creatividad en otras formas».
Actualmente, se ocupa de asesoría a restaurantes que van del montaje desde cero, a revisar menús, costos, propuestas, hasta la formación de chefs que pararán en las cocinas privadas de clientes con grandes recursos económicos, los prepara para el mercado del lujo. A su cargo un equipo nuclear de diez profesionales procedentes de Pakistán, Sri Lanka, Francia, España y Venezuela.
«Mis clientes son básicamente de los Emiratos Árabes, un público muy exigente que está acostumbrado a lo mejor. En este momento, no quiero enfrascarme en modas, intento divertirme, me dejo llevar por los mercados y los ingredientes que encuentro. Con mi comida además de alimentar, quiero comunicar algo».
Discreto al mostrar y honesto en el hacer, exclama con nostalgia que sueña despierto con las montañas de Mérida, donde quiere cerrar su carrera en los fogones con un restaurant donde cada platillo hable de la tierra que lo rodea, con vegetales sembrados a pocos metros y animales criados por él mismo. Pero Koteich puede decir lo que quiera, falta mucho para su regreso a los Andes, porque apenas empieza a dar lo mejor de sí.