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Ponquecitos de chocolate y malta

ponquecito chocolate y malta rutas golosasIngredientes para 24 unidades:
¾ taza de mantequilla o margarina
1 taza de azúcar
2 huevos
1 taza de Malta Regional (lata de 250cm3)
2 ½ tazas harina de trigo todo uso
1 ½ cda de bicarbonato de sodio
¼ cda de polvo de hornear
½ taza pasitas
½ taza de maní troceado
½ taza de chocolate de leche
24 Capacillos (opcional)

Preparación:
1.- Bata el azúcar con la mantequilla. Seguidamente incorpore los huevos de uno en uno. Luego añada la Malta Regional a medida que se bate. Reserve la mezcla.

2.- Aparte, tome una cucharada de harina y mézclela con las pasas y el maní. Aparte mezcle el resto de la harina con el bicarbonato de sodio y el polvo de hornear.

3.- Añada a la mezcla húmeda la harina, mientras revuelve con cuidado. Finalmente, agregue el maní y las pasas. Mezcle bien.

4.- Caliente el horno a 180ºC o 350ºF.

5.- Distribuya los capacillos en la bandeja de hacer ponquecitos, si no se tienen capacillos, engrásela y enharínela. Hornee por 35 minutos o hasta que doren y al introducir un palillo, éste salga limpio.

6.- Derretir el chocolate en baño de María y cubrir los ponquecitos.

Receta elaborada para Malta Regional. Fotografía: Eduardo Arévalo. Foodstylist: Liselotte Salinas.

La magia de las obleas / por Elsa Pilato

No recuerdo la fecha exacta ni quién era el rival, pero sí que era uno de esos juegos de domingo que ya no existen, cuando se jugaba pelota antes del mediodía en el Estadio Universitario de Caracas. Fue mi amiga Yadira quien me llevó por primera vez al parque para que supiera lo que era ver a los gloriosos Leones del Caracas en vivo, ahí enfrente, cerquita, y disfrutara el juego en carne y hueso.

Éramos estudiantes universitarias, pero nos las arreglábamos para comprar sillas en palco, arriba de la cueva de Leones. No eran tiempos hiperinflacionarios, se entiende. La combinación verde y ladrillo del campo, el cielo azul y el Ávila de fondo que te invade al franquear la boca de la tribuna, me embelesó aquella mañana, tal como lo sigue haciendo ahora, más de dos décadas después.

Los episodios del juego avanzaban en el terreno, mientras en la tribuna desfilaban los vendedores de chucherías, maní y tostones, refrescos y cervezas y las recordadas naranjas. A todo el que pasaba, le compraba algo. Yadira solo se reía y me comparaba con un par de hermanitos que unas filas más allá presionaban a la mamá para que les comprara de todo. No se saciaban y yo tampoco.

Ya casi finalizando el juego llegó el vendedor de obleas. Los niñitos se apresuraron a pedir, y miré a Yadira implorándole que me comprara una porque la plata se me había terminado. Hasta ese momento sabía que la oblea existía en el mundo, pero para mí no era nada, nunca hasta entonces me había llamado la atención consumirla. La tenía por una cartulina pálida, redonda e insípida, que ni con mucho dulce encima me apetecía.

Pero en el Universitario, como buen parque de pelota, sucede lo extraordinario, y la oblea bien cubierta con su capa de arequipe, un toque de leche condensada y salpicada de pepitas de colores, ¡me encantó! ¡Ni siquiera me empalagó! Quería otra, pero Yadira dijo basta, y volvió a reír.

Nos fuimos con la alegría del triunfo, porque eso sí lo recuerdo, ganamos. Desde entonces, junto con el disfrute de las victorias de nuestro glorioso Caracas, también saboreamos el dulce recuerdo de la oblea de aquella mi primera vez en el estadio.

“El trabajo del buen cocinero, en cierto modo, tiene que pasar desapercibido”, Chef Fernando P. Arellano

burrata zaranda rutas golosasFernando Pérez Arellano es el chef del momento en España. A su Restaurant Zaranda le acaban de otorgar su segunda Estrella Michelin, convirtiéndose en el primero de Mallorca en alcanzar la doble presea. Hace un par de años, lo entrevisté a razón de su relación con Venezuela. Ha visitado y cocinado varias veces en Caracas, al punto, que en su menú le hacía guiños a nuestra culinaria.

El chef madrileño ofrece platillos con los mejores ingredientes de las islas Baleares, donde la sencillez, la calidad de la materia prima, horas de trabajo, técnica de vanguardia e ingenio, integran la ecuación que ha dado como resultado los mejores reconocimientos.

Pérez Arellano le ha coqueteado a Venezuela. La conoció en una cita casi a ciegas, por una invitación a cocinar en Caracas. El flechazo fue inmediato, al punto que terminó casado con la caraqueña Mariadelina Zobel. La energía de la ciudad de la furia lo cautivó. Se sintió a gusto y hasta logró lidiar con el caos. Entonces, se empeñó en tomar algo de la gastronomía local, e incorporarlo a su propuesta culinaria, que ya va por la segunda estrella Michelín.

Zaranda filigrana sin límites

Sentarse a la mesa en Zaranda, se convierte en una experiencia donde el comensal tiene una idea nítida del punto de partida, que le llevará a un juego sabores y texturas. Una cocina que se sirve de lo que ofrece Mallorca: peces del Mediterráneo como Morenas, Gallo de San Pedro y Rape. Además de pulpo, crustáceos, frutos secos, aceite de oliva, cordero, vegetales y frutas frescas, combinados con otros llevados desde tierra firme.

Se centra en la reinterpretación e incorporación al menú, de platillos insulares emblemáticos como sobrasadas, ensaimadas y cocas, hábilmente fusionadas con platillos aprendidos por el cocinero de su paso por Italia y Francia, en una filigrana donde los límites se diluyen, en fórmulas inesperadas, que para sorpresa del comensal, calzan bien.

Cada platillo hermosamente presentado es delicado, fresco y en apariencia sencillo. Da la misma impresión que produce ver a los trapecistas en el circo y llegar a pensar, sobre poca dificultad que puede tener el hacer las mismas piruetas. La sencillez, es solo un trampantojo de horas de práctica, técnicas de cocina de última generación, mucho ingenio e intuición a la hora de conducir al comensal por un laberinto donde es posible perderse sin reparos, pero no sucede así.

“En estos días, los ingredientes tienen que entenderse. Ocupar su lugar. Que el comensal no sienta que lo pudo sustituir por otro y le dé igual. Comérselo en su mejor momento, por eso baso mucho mi propuesta en ingredientes de mercado, de estación, no los enmascaro con salsas y aderezos”, afirma Pérez Arellano. “Respetar al máximo la materia prima. Tú cocina eres tú y lo que te rodea, lo ingredientes que tienes, el sitio donde estás, los gustos de la gente. Pero tienes que tener técnica y saber qué esperar de cada ingrediente, unido a la investigación y descubrimiento”.

majorica fernando p arellano rutas golosasMadrid, Mallorca, Caracas

Fernando Pérez Arellano apenas sobrepasa los treinta y cinco años, pero a los veintisiete ya había logrado su primera luminaria Michelin, cuando el restaurant Zaranda estaba ubicado en la calle Bernardino en Madrid. Para aquel entonces, venía con el conocimiento fresquito de su paso por grandes restaurantes europeos, como Racó de Can Fabes, Celler de Can Roca, El Poblet, Carino, entre otros.

Las mesas de aquel primer restaurant no tardaron en llenarse, comensales atraídos por un menú atrevido y sorpresivo, incluso lúdico. La recompensa llegó sin contratiempos, y con la estrella Zaranda vivió su primera mudanza a la calle Eduardo Dato, a un espacio más amplio que experimentó el mismo éxito de la primera dirección. Pero la crisis económica Española cambió las reglas de juego y ante el inminente cierre, apareció una propuesta de mudarse a Mallorca al Hilton Sa Torre donde estuvo alrededor de tres años y ahora está ubicado en el  Castell Son Claret en medio el ambiente rural.

“La cocina que estoy haciendo hoy el Mallorca, tiene el mismo fundamento de la que hacía en Madrid, pero no está basada en el mismo recetario, ni ingredientes. El trabajo del buen cocinero, en cierto modo, tiene que pasar desapercibido. Es como cuando un árbitro en un partido de futbol hace una excelente labor y no se habla de él, porque no se ha convertido en protagonista. Al final, lo que tiene que primar cuando comes es lo que hay en el plato”.

“De Venezuela tengo muchos recuerdos de sabores que asocio con momentos, como sucede con los que amamos este oficio y nos pasa eso con cada lugar al que vamos. Me ha venido a la cabeza hacer algo con eso. Me atrae el sabor del sofrito criollo, de la harina de maíz. Una gastronomía más cercana a la española, a diferencia de otras latinoamericanas que veo más étnicas. No hay un predominio agresivo de picantes, es más bien dulzona y utiliza mucho pimento. Tenemos una historia común”.

Nota: fotos tomadas del facebook de Pérez Arellano.

Sucre rico, Sucre pobre / Crónicas de viaje

pecadores en irapa golfo triste venezuela

Sucre es, a mi parecer, una de las regiones más hermosas y complejas de Venezuela. Gastronómicamente hablando, ostenta una riqueza inconmensurable con una despensa de productos que le han dado fama a nuestro país en el mundo.

Principal productor de cacao, el 70% de la cosecha nacional sale de sus tierras. Además de su riqueza pesquera y agrícola, a lo que se suman productos como los mejores puros y los rones de oriente, que a mi parecer son los más complejos, porque cuentan con un terroir envidiable para el añejamiento. Pero el listado apenas comienza, hay que sumar embutidos, casabes, panes, frutas, especias (sarrapia, nuez moscada y pimienta de guinea), además de una variedad de platillos que se expresan en su propia lengua, con un refinamiento del que pocas regiones venezolanas pueden alardear.

Entonces, ¿qué pasa? Cómo se explica que un lugar con tantos recursos – de los que solo mencioné algunos de los gastronómicos – ha llegado a tal estado de abandono. Porque el único «estado» en la región es justamente ese, la desidia y la insensatez, que conviven con las belleza y la abundancia.

Sucre y los 500 años de Cumaná

Cumaná, su capital, acaba de cumplir 500 años. Y más allá del maquillaje para que pasara el presidente de la república y sus invitados, da dolor recorrer la ciudad. Una de las más viejas de toda América después de la llegada de los españoles. Si viviéramos en un país sensato, nada tendría que envidiarle el tramo desde Cumaná hasta Carúpano bordeando el golfo de Cariaco a una paisaje del Mediterráneo. Ni hablar del trayecto desde Carúpano hasta Río Caribe, donde la belleza de las montañas que su sumergen en el mar solo puede generar admiración y amor.

Una travesía desde Río Caribe hasta Güiria que debería hacerse en dos horas y media, toma casi cuatro por las malas condiciones de la vía. Un paisaje tan hermoso que conmueve y agua el guarapo, a causa de la mezcla admiración y rabia. Por ejemplo, una de las vistas más hermosas del camino es un punto donde se ve toda la sabana, pero en vez de un mirador hay un basurero lleno de samuros. Claro, el basurero con la vista más hermosa del mundo y las aves más afortunadas.

Güiria es otro mundo

Güiria que según palabras de su cronista Rosa Bosch es «un crisol de culturas», es un pueblo abandonado y sucio, con una gastronomía fantástica, pero resulta un lugar aislado donde es un secreto a voces, tal como cuentan preocupados algunos de sus habitantes, su principal actividad económica es el narcotráfico.

Tuve la oportunidad de entrevistar a mucha gente: productores, artistas, artesanos, lugareños y cocineros, los sueños, la tristeza y la decepción son elementos comunes. Cuando veo estas cosas, no dejo de evocar la parábola de los talentos, donde Dios lo dio todo y algún día pedirá cuentas.

Por mi parte, regresé a Caracas revuelta, con la maleta llena de productos y un sabor agridulce en la boca. Fue como visitar al amigo que lo tiene todo y no echa pa´lante. Desde el aeropuerto hasta Güiria, pasando por sus dos golfos, sus dos penínsulas, sus playas, sus serranías, sus productos y su gente, le falta el mundo entero para ser el lugar que está destinado a ser, con prosperidad para todos, respeto por la naturaleza, aprovechamiento consciente de los recursos, además de calidad de vida para sus habitantes.

Citando «al eterno» – que por cierto hay un video en el aeropuerto donde uno de sus hermanos dice, que trabajó ahí cuando era militar en funciones y ni por eso le hizo un cariñito -, yo le preguntaría al Estado Sucre, «¿qué hace águila cazando moscas?».

Chorizos y morcillas carupaneras de quinta generación

Jesús García y su esposa Nidia Maya elaboran chorizos y morcillas. Los conocí a través de Tamara Rodríguez y Juan Sará quienes los recomiendan con los ojos cerrados, lo cual es una buena señal, porque en Carúpano no son pocos los lugares donde los embutidos son de calidad. Pertenecen a la quinta generación a cargo de este oficio familiar que comenzó en 1865.

José es un oriental muy divertido e informado, narra con detalle cómo elabora sus productos que además se extienden a salchichones, chistorras, chorifritos tipo mexicano, entres otras pruebas de las que no dudó hacerme probar un par de muestras.  Afirma que no usa conservantes y que su alianza con un criador de cochinos según sus exigencias le garantiza la mejor carne, sangre y también las mejores tripas.

En el caso de los chorizos asegura que además de carne de cerdo, llevan sal, ajo, pimienta negra molida y guayabita. Explica que un producto de este tipo está bien hecho cuando al cocinarse queda entero y es suave al paladar. Aconseja cocinarlos con un poco de agua porque la grasa la tiene el embutido (este es un consejo común entre este tipo de artesanos)

Sobre las morcillas enumera con picardía los ingredientes – seguro se ha guardado algo pero da buenas pistas -, sangre de marrano, ají, cebolla, orégano, clavo, pimienta, guayabita y azúcar. Todo lo demás es historia en un producto que le ha dado tan buena fama a su terruño.

Dirección: Calle Urita (antigua calle Las Flores), es la calle paralela donde está la parada de los por puestos y camionetas a Rio Caribe. Abiertos de lunes a sábado de 6 a 7 pm. Teléfono: 0294 3320115

Culinaria venezolana en patuá

rosa bosch entrevistaRosa Bosch es la cronista de Güiria en el estado Sucre. Patuaparlante, tal vez está entre las últimas personas que hablan esta lengua, que parece destinada a desaparecer. Toda persona que busque referencias sobre gastronomía venezolana en patuá, inevitablemente se topará con su nombre.

Educadora de profesión, nació en Güiria en 1932, es decir, ha vivido en carne propia la historia de una población compleja, alejada, de rasgos fuertes al punto que tiene su propia lengua y cuyo registro de sabores y platillos se expresa en primera persona, con nombres de vocablos afrancesados y anglosajones.

La profesora Bosch es una mujer fuerte, dulce, tiene el don de narrar detalladamente cualquier tema relacionado a Paria con una pasión y precisión que conmueve. Se ha centrado en asentar la historia de Güiria, que como ella expresa «no sabemos con exactitud la fecha de su fundación porque no hay registros».

«Lo que he hecho es apoyarme en relatos, libros y documentos que la mencionen. Tuve una casa que era cuenta cuentos, donde se cultivó la gastronomía pariana, mis tías hablaban patuá para que los niños no entendiéramos, de allí algo aprendí. Luego con los años me dediqué a aprenderlo de las señoras que aún lo utilizaban», expresa.

Admiro los trabajos de la profesora Bosch, pero se digieren de otro modo cuando se viaja a su Güiria natal. Una travesía que conduce al comienzo o al final de algún lugar. Un camino verde, frondoso, donde no hay un solo espacio sin árboles frutales, un paisaje que abruma, cruzado por una vía llena de baches en todas las acepciones de la palabra. Entonces, se entiende el relativo aislamiento que trae identidades que se expresan en términos propios.

Crisol de culturas

«La gastronomía pariana es un crisol de culturas», afirma orgullosa Rosa Bosch. Su discurso ensambla capa por capa sus componentes: amerindios que aportaron el ají; antillanos franceses con el uso de las charlotas y su refinamiento; indios con la inclusión del curry y del coco, y finalmente, el uso de la harina de trigo traída por los ingleses, al punto que la panadería pariana está plagada de recetas como domplinas que en Sucre tiene muchos nombres y versiones como becas, flotas y galetas.

Me atrevo a afirmar sin lugar a dudas, que si se le pregunta a cualquier compatriota – ajeno a Paria – sobre nombres como paté cocó, paté banam, gató, corbullón, acrá, saus, fricasé, bofló, mabí, ginyabié, galé, talkarí, por solo mencionar algunos, expresarán sus desconcierto y no los reconocerán en absoluto. Pero esa Paria lejana, frondosa, gerenosa, abandonada e incomprendida también es Venezuela y la profesora Rosa Bosch está ahí para recordarlo en español y en patuá.

Texto publicado en la columna #LimonesEnAlmíbar en el diario El Universal

Los grandes cacaos de la hacienda San José

La hacienda San José produce cacao y tiene 185 años. Ubicada en el valle Quebrada Seca, vía El Pilar en el Estado Sucre se extiende por 170 hectáreas donde crece ese cacao fino que le ha dado excepcional fama a nuestro país. Se trata de la cuna de los chocolates Franceschi.

Perteneciente a los Franceschi, en los años ochenta se tomó una decisión familiar de dedicarle recursos económicos y humanos, porque si bien se mantenía con un esfuerzo básico, necesitaba dedicación. Entonces los hermanos Juan de Dios, Vicente y Alberto se dedicaron a recorrer Venezuela en la búsqueda de las mejores variedades por sus características organolépticas y productivas. Un paso que los puso en la historia de los cacaos finos de Venezuela y el mundo.

Actualmente, trabajan con las variedades Rio Caribe, Chuao No.2, Guasare, Ocumare (61, 67 y 77), tres variedades de Porcelana y Canoabo que se daba prácticamente por desaparecido. Las maracas de cacao tienen un ciclo de cinco meses y medio desde la floración hasta la cosecha, en dos cosechas anuales (noviembre-enero/ abril-junio)

Juan de Dios Franceschi afirma que las características de un buen cacao son: genética, proceso de post cosecha y secado. En el caso de la genética asegura que los cacaos criollos son extrafinos porque Venezuela tiene una alta calidad incluidos los cruces con trinitarios.

A propósito de la post cosecha

Sobre el proceso de post cosecha afirma Franceschi que la fermentación depende de la variedad, por ejemplo los cacao blancos como porcelana, guasare y chuao solo necesitan tres días, mientras otras variedades como Ocumare exige cuatro.

La etapa del secado lleva su tiempo, porque no puede ser violenta, comienza con salidas cortas al patio para que primero se enfríe y se detenga la fermentación. «Tiene que soltar todo el ácido acético, sino quedará acidísimo, luego toma de siete a ocho días días el secado» explica Franceschi, mientras muestra los grandes patios de secado con techos móviles.

En la Hacienda San José está entre las pioneras en separar y tratar los cacaos según su variedad y adaptan el proceso de fermentación de la post cosecha dependiendo las exigencias de cada una, para lograr los mejores resultados.

Recientemente comenzó a funcionar una planta para extraer el licor de cacao, proceso que lo hacían en Caracas donde procesan sus chocolates, pero una decisión de crecer de cien a mil toneladas de chocolate por año originó estos cambios.

Personalmente me impresionó la hacienda San José, con plantaciones cuidadas, con la sombra exacta, los árboles con la separación idónea, con circulación de aire suficiente, el suelo permite andar y no es un monte que llega a las rodillas. Más allá de la cantidad de mosquitos y la humedad porque llega un momento que se tiene la sensación que se respira agua en vez de aire, es un paseo hermoso donde el cacao convive con grandes árboles como Ceibas y Jabillos. Por otra parte, en la parte de post cosecha todo está señalizado y dispuesto para que cada tipo de cacao se procese por separado. Ha sido una experiencia excepcional.

Maria Fernanda Di Giacobbe es la gran tenedor de oro 2016

El Gran Premio Tenedor de Oro 2015 le corresponde a María Fernanda Di Giacobbe. El jurado conformado por Luis Troconis, Rafael Ernesto López, Elías Abilahoud, Ernesto González, Fernando Escorcia hicieron el anuncio hace pocas horas. 

Premio Tenedor de Oro al Chef del Año 2015
Héctor Padula
Jurado: Luis Troconis, Miro Popic, Gustavo Velásquez, Adriana Gibbs, Alberto Veloz

Premio Tenedor de Oro a la Publicación Gastronómica 2015
Romero. Cocina venezolana contemporánea. Héctor Romero.
Mención Especial del Jurado:
Limones en almíbar. Jacqueline Goldberg.
Jurado: Luis Troconis, Ivanova Decán Gambús, Jorge Redmond, Nicomedes Febres, David Alejandro Malavé

Premio Armando Scannone 2015
Francisco Abenante
Jurado: Luis Troconis, Armando Scannone, Nelson Ramírez, Marisabel Willson, Vladimir Viloria

Menciones Tenedor de Oro 2015

1. Mejilloneros Brisas del mar. La Guardia. Edo. Nueva Esparta

2. Pietro Carbone

3. Productores de ‘Cocuy Pecayero’, Edo. Falcón

4. Valentina Inglessis

Jurado: Consejo Directivo Academia Venezolana de Gastronomía

Cocuy, profeta en su tierra

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El mosto fermentado y destilado de las ‘cabezas o pelonas’ –luego de horneadas- de nuestro agave cocui trelease, parece triunfar en su épica por la supervivencia. Perseguido desde la puesta en vigencia de la Ley de alcoholes de 1954 y hasta el año 2005 cuando fue declarado patrimonio nacional, el licor de cocuy ha luchado como ninguno en este país para sobrellevar la adversidad. Eso y a pesar de ser el más autóctono de todos los espirituosos hechos en esta Tierra de Gracia, y de ser único en el mundo.

Artesanal y siempre escaso, los avances técnicos poco a poco llegan y la mejora en su calidad comienza a notarse. Los áridos ecosistemas de Lara y Falcón, donde de manera salvaje se reproduce el agave cocui, ese que sólo es trabajable para la elaboración del aguardiente después de siete años, y una cultura ancestral milenaria de aprovechamiento de la planta, hacen posible que el Cocuy siga entre nosotros. Por supuesto, la terca voluntad de irreductibles campesinos y destiladores es la baza del actual renacimiento de un delicioso licor que, bien hecho (mejor si es 100%de agave a 56 grados de alcohol), hace morder el polvo al mejor mezcal azteca.

Intenso, el buen cocuy equilibra notas vegetales bajo ricos y pronunciados fondos ahumados y melosos, junto a sabores delicados muy persistentes. Fresco, cuando su acidez ha sido adecuadamente preservada, resplandece en boca, trocando el licor en un elixir frutal, firme pero al mismo tiempo delicado en la complejidad de su potencia alcohólica. Excelente aperitivo e inmejorable digestivo, también acepta mezclas cocteleras, mejor si es con frutas cítricas. El cocuy larense Balsamal, y el falconiano Cocuy Pecayero que arropa varias marcas, entre otros, no deberían faltar en cualquier despensa que se precie.

vladimirviloria@gmail.com /

@losmejoresvinos

Texto publicado originalmente en la sección «Comer y Beber» de El Nacional en octubre de 2015

El cuento de cómo los quesos de cabra criollos aprendieron a hablar francés

Alrededor de dos décadas llevan en el  mercado venezolano variedades de quesos de cabra criollos pero a la manera francesa. Entonces, se ha hecho posible disfrutar de variedades frescas, maduradas y hasta saborizadas.

Estos quesos se han sumado a un acervo conformado por quesos cabra criollos más tradicionales, que suelen ser relativamente secos, incluso arenosos. En algunos casos, más grasosos o con hilachas como las taparitas larenses.

El cuento de cómo los quesos de cabra criollos aprendieron a hablar francés, comenzó a mediados de los años 80 cuando el señor Carlos Ignacio Pérez importó a Venezuela – luego de varios años de investigación-, lotes de cabras lecheras de las mejores razas y genealogías desde Estados Unidos.

Productor autodidacta del mejor queso de cabra de la época, Pérez comenzó en su finca de Los Teques a aprender y experimentar hasta lograr un producto que cocineros, gastrónomos y críticos culinarios valoraban como extraordinario.

Algo que surgió por curiosidad, continuó por querer hacerlo cada día mejor que el anterior. Si el queso no era excelente lo desechábamos y probábamos hasta lograr la excelencia”, afirma el señor Carlos Ignacio Pérez, quien todavía recuerda con cariño hasta el nombre de sus primeras cabras.

Lo que comenzó como un negocio familiar se convirtió en un ambicioso plan para armar una gran revolución caprina en Venezuela. “Se me ocurrió importar cabras lecheras de las mejores razas y genealogías para compartirlas con otros productores”, explica Carlos Pérez. Se trajo tres aviones fletados de Estados Unidos con cabras provenientes de California, Washington, Oregon entre otras latitudes.

Aclimatadas al 100%

Todas las cabras que hoy en día producen leche en cantidades importantes, para la elaboración de quesos conservan la genética de aquellas 400 cabras, que llegaron al país hace casi 30 años.

Cabras Alpinas francesas, Nubiana, Toggenburg genética importada que han cuidado durante todos estos años para lograr el mejor producto final.

“Cuidar de la genética, del ambiente en el que se manejan las cabras, mantener aparte los machos de las hembras, vigilar la limpieza, controlar los olores. La leche es muy permeable y debemos cuidar en extremo los detalles para lograr el mejor sabor”, explica Carlos Pérez hijo, quien actualmente es productor en Caruao, estado Vargas.

El gastrónomo y editor Ben Amí Fihman escribió hace más de dos décadas, que Carlos Pérez (padre) era “un orfebre” porque en lugar de quesos producía joyas, y afortunadamente su hijo Carlos Pérez Viana heredó la joyería, “cuando mi papá comenzó a hacer sus quesos nadie los usaba en la cocina y mucho menos en un restaurante”, explica Pérez Viana. El panorama ha cambiado y hoy en día, son sus principales compradores.

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Quesos de cabra de Carlos Pérez en Margarita

Algunos quesos destacados y su productor:

Frescos:  Carlos Pérez hijo (Vargas), Carvis Hidalgo y Amílcar Pérez (Nueva Esparta), Andrés Serizier (Carabobo)

Madurados: José María Padial quien murió el año pasado y ahora se ocupan sus hijos junto a su viuda Eva Guerón (Miranda) y Sonia Meléndez (Quesos Las Cumbres, Lara)

Troncos envueltos en ceniza: Los quesos de Jose Maria Padial

Tipo boconccini: Andrés Serizier (Carabobo), Eglée Franco (Miranda), Delicabra (Carabobo)

Ahumados: Eglée Franco, La Pilarica.

Saborizados: Las Cumbres, Ananké, La Pilarica

Tradicionales criollos: casi imposible llevar un registro, en su mayoría anónimos. Los de toda la vida, diría un habitante de Lara o Falcón.

Texto escrito a cuatro menos con Zinnia Martinez (@lacomensal) originalmente publicado en la Revista Bienmesabe de julio de 2013 y versionado para este blog.