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La guerra del shawarma

Esta historia comienza con un turco y un sirio, a quienes unían dos intereses y una circunstancia: los buenos negocios, la buena mesa y hacer vida en la misma zona de la ciudad. El turco se llama Muharren Hayta, llegó a Venezuela como personal de seguridad de la embajada de Turquía, pero se sintió tan a gusto en el país, que se hasta se hizo novio de una venezolana. Renunció a su trabajo y se dedicó al comercio, al punto que montó una tienda de objetos procedentes de su tierra de origen en la avenida Victoria.

Por otra parte, Alberto Doch es de origen sirio, regenta desde hace muchos años una ferretería en la misma zona, pero siempre quiso montar un restaurante.

Así que un día en esas conversaciones típicas entre vecinos que se encuentran en la calle, – tienen que entenderse en español único idioma común -, uno le comentó al otro que se desocuparía un local al lado de la ferretería y que le gustaría hacer algo allí. El turco palabras más, palabras menos, le expres¡ó su deseo de unirse a ese negocio. Le comentó que tenía los contactos para traerse de Turquía no solo los equipos, sino que conocía a la persona idónea para eso, un cocinero llamado Orhan Sevina, quien desde muy niño ha ejercido el oficio y estaría dispuesto a cruzar el océano, en pos de una vida mejor con su familia.

Lo cierto es que pasaron varios meses, poco a poco le fueron dando forma a la idea, hasta que un día, en mis compras habituales en el El Rincón del Grano, pregunté qué negocio iban a montar al lado y me explicaron que un restaurant de comida turca. Acto seguido me presentaron a Alberto y quedamos en una entrevista para el día siguiente, porque ya estaban próximos a la apertura.

Acompañados de una infusión turca llamada shai, Alberto y Muharren me presentaron el proyecto, que comenzaría con los shawarmas, pero se extendería a un restaurante, una pastelería, una heladería con helados hechos con leche de cabra, desayunos y en algún momento llegar a funcionar las 24 horas.

Finalmente, abrió al público Ataturk Doner Kebab, un lugar de dimensiones modestas, estrecho pero largo. Decorado con banderas y mobiliario turcos, los colores blanco y rojo, y por supuesto los equipos para elaborar los deliciosos shawarmas. La respuesta del público fue inmediata, se hacíann largas colas desde el primer día.

Orhan Sevino, es cocinero desde los 12 años de edad, apenas está aprendiendo español y profesa la fe musulmana. Todos los domingos se va al matadero y sacrifica la res tal como lo especifica su religión, sin que el animal sufra y luego cuidan que la carne no tenga una gota de sangre. La sazón turca es distinta a las libanesas y sirias, ya tan conocidas por el paladar criollo. Es ligeramente dulzona, muy especiada pero con un toque de canela que cuesta identificar a la primera.

Pero algo sucedió, de un día para otro apenas a pocas semanas de la apertura, el local amaneció cerrado y no volvió a abrir hasta pasados más de dos meses. Resulta que los socios tuvieron como dicen las actas de divorcio, «diferencias irreconciliables». Admito públicamente que me conozco el cuento a detalle, pero eso no es asunto de este blog. Lo cierto es que Alberto Doch se quedó con el local y el cocinero. Y Muharren Hayta con todo lo demás.

Ahora, casi frente a frente, funcionan dos locales de comida turca. El original ostenta un nombre distinto pero mantiene las palabras «Doner Kebab». Compraron equipos nuevos, rehicieron la carta y hasta se trajeron una cocinera de la capital turca quien hace delicias, como el kibbe horneado jugoso y con almendras fileteadas tostadas y pasas en la carne. Por su parte, MuharrenHayta abrió Estabul Kebab, también se trajo a un par de cocineros – tampoco hablan español -, colocó unos maniquíes en plena acera con traje típicos turcos, y además vende a precios por debajo de su competencia. Ambos locales se la pasan llenos, de vez en cuando hasta cierran más temprano porque se acaba el inventario del día.

La oferta en ambos lugares es básicamente la misma, pero con amplias diferencias de sazón y concepción. Ofrecen shawarmas rellenos de pollo, res o mixtos. En el caso de Estambul Kebab también se pueden pedir rellenos de falafel y papas fritas, pero los primeros también venden otras delicias turcas y de vez en cuando, algunas sirias que prepara la hermana de Alberto.

No puedo negar mis preferencias, pero he decidido no hacerlas públicas e invitarlos a darse una vuelta por la avenida Presidente Medina, o Victoria como se le conoce popularmente. Por una suma casi irrisoria disfrutarán las delicias turcas, cuya competencia solo ha beneficiado a los comensales: mejores precios, calidad y variedad.


Orhan Sevina, cocinero de nacionalidad turca. Está en el oficio desde los 12 años.


Estos maniquíes indican a pleno sol y en plena vía la ubicación de Estambul Kebab


Con menos de dos semanas funcionando, en el extremo este de la avenida abrió «Alí Babá y sus 40 shawarmas», los dueños son venezolanos, se trajeron a un cocinero libanés y preparan shawarmas sabrosos y mucho más económicos, pero no tienen nada que ver con los turcos.

Mitológico «vuelve a la vida»

vuelve a la vida
La oferta es irresistible, no solo despierta el apetito físico sino mental y sexual. Platillos cuyos nombres centran su atractivo en la promesa de romper colchones, adquirir más de media docena de potencias o sustituir por un bocado carnoso y gustoso venido del mar, a la famosa pastillita azul.

Estas preparaciones que se expenden a la orilla de las costas venezolanas, concentran elementos que las hacen únicas en el mundo: presencia de una fauna marina casi ilimitada que crece dentro de conchas y caparazones, buena sazón, disponibilidad los 365 días del año y la picardía criolla.

Los venezolanos son los caribeños que mejor aprovechan lo que ofrece el mar, a diferencia de cercanas tierras insulares como Cuba, República Dominicana y Puerto Rico, donde la mesa rebosa en carnes rojas y aves, con una oferta marina sorpresivamente limitada. Incluso en otras islas con acento británico y francés, no llegan ni medianamente cerca a la variedad consumida en nuestras costas.

El escritor margariteño Francisco Suniaga, asegura que la pobreza influyó en tierras neoespartanas a consumir lo que estuviese disponible, que no es poca cosa. “En mi casa se comían Guacucos y Mejillones, porque era lo más cercano a la Asunción, lugar donde crecí. Se preparaban guisados o en tortillas. Hasta que en el año 59, con la llegada del ferry y la posterior declaración puerto libre, cambió e influyó en la dieta para siempre”.

Solo en los estados Nueva Esparta y Sucre, se contabilizan más de 110 especies entre moluscos y crustáceos, según datos aportados por la Universidad de Oriente. Por su parte, Falcón es famoso dada su altísima producción de Calamares, Camarones y Langostas. También se destacan los estados Anzoátegui, en especial, por lo lados de la laguna de Unare. Pero toda la costa venezolana, desde la Güajira hasta Paria, tiene algo que da de qué hablar, la diferencia la aporta la picardía de los orientales, famosos por ser deslenguados y faltos de pudor.

Ostiones, Chipi Chipis, Mejillones, Camarones, Calamares, Camacutos, Guacucos, Langostas, Cangrejos, Vieiras, Pepitonas, Almejas, Erizos, Ostras, Babas, Orejas de mar, Caracoles, Quiguas, Pulpo, Arrechones, se cuentan entre los más famosos, pero a su vez presentan todo tipo de variantes dependiendo si su procedencia es de agua dulce o salada.

Entonces, aprovechar esa riqueza es solo un acto de sentido común, de crecer con esos sabores al alcance de la mano y como lógica consecuencia, se enlazó la armonía con el paladar local y con la cerveza fría, bebida en las que los venezolanos tenemos uno de los consumos per cápita por litro, más altos del planeta.

Frutos de mar y rio

Al margen de la carretera, en tarantines a la orilla del mar o en bandejas desprotegidas del sol, los encurtidos de frutos del mar se pasean de un lado a otro entre turistas, la gran mayoría contenidos en frascos de vidrio, con un penetrante olor a vinagre. Mariscos o moluscos previamente sancochados se complementan y sazonan con ají dulce, cebolla en rama, pimentón, cebolla, ajo, pimienta y en algunos casos hasta con pasta de tomate. Además de la fuerte presencia del limón, que comensales usan en exceso con la esperanza – sin fundamento cierto -, que aniquile cualquier contaminación o descomposición, evitando indigestiones e intoxicaciones.

Pero la magia de la fusión hace lo suyo, para ofrecer una receta sabrosa, seductora del paladar, que por esos asuntos comerciales aprovecha su alto contenido en fósforo – supuesto potenciador sexual -, para darle nombres más que descriptivos sobre sus efectos: “Vuelva a la vida”, “Siete potencias”, “Rompecolchón” y recién incorporado “Viagra Marino”.

Escasos los libros de culinaria venezolana que los incluyen entre sus páginas, solo los de más reciente impresión, los señalan casi como una curiosidad. Pero no es de extrañarse, Suniaga y el cronista de la ciudad de Coro, Tito Guerra, coinciden en que antes de los años setenta no se preparaban, que su llegada viene con el turismo, inspirados en cócteles de camarones, ya tan famosos en tierras aztecas.

Incluso Guerra responsabiliza de su inclusión a los orientales llegados a Falcón, cuando Tucacas y Chichiriviche tímidamente se asomaban como destinos turísticos. Por su parte, Suniaga afirma que en los años sesenta, en los hogares margariteños se tenía mucho cuidado de incluir mariscos en la mesa por un tema de higiene y refrigeración, otro factor que marcó la diferencia y apoyó el boom de estas recetas. Con nostalgia se saborea los erizos de mar que probó en su niñez, pero que ahora se tornan escasos, preparados a la plancha como relleno de una especie de tortilla.

Aquí llegamos a la interrogante de siempre, sobre la nacionalidad venezolana de estas delicias. Lo cierto, es que antecedentes o similitudes incuestionables en otras culturas, no aparecen por ninguna parte. De modo que queda asumir un hecho fantástico, son los miembros de la culinaria criolla más recientes. Especie de benjamines, pícaros, comerciales, populares que se han colado en nuestra mesa sin resistencia.

“No me he enterado que alguien haya roto un colchón por consumir estos encurtidos. La bioquímica acabó con el mito”, afirma pícaramente Suniaga.

Publicado en la Revista Bienmesabe, sección «Así somos con gusto». Febrero 2011

Rubén Blades se la comió


Rubén Blades vino a Venezuela a demostrar de qué madera está hecho, a compartir la calidad de su trabajo y tocar salsa como se debe, en tal vez la mejor de las presentaciones del cantante que he tenido la dicha de disfrutar.

Acompañado de la banda panameña del director Roberto Delgado, durante tres horas cantó 21 canciones, que incluían desde los éxitos que lo han hecho famoso como Decisiones, El padre Antonio y el monaguillo Andrés, pasando por María Lionza, Tiburón, Caminando, Ligia Elena, Muévete, Amor y Control, Plástico, Buscando Guayaba, Plantación adentro y Pedro Navaja – de quién dijo que si no la cantaba el hombre le jalaba los pies en la noche -, hasta los menos conocidos como Todos vuelven, Maestra Vida, Nació mi niño (también de Maestra Vida), País portátil, Las Calles, Cuentas del alma, Patria y una de mis favoritas … Ojos de perro azul, versión que he escuchado en vivo e interpretada en estudio, pero que nunca le había escuchado cantar en un concierto.

Entre canción y canción, como era de esperarse, echó cuentos, narró anécdotas y hasta como llegó a componer algunas canciones y por qué. Se quejó del frío y asomó uno que otro dato sobre lo que ha comido aquí. Contó que si se viene a montar el musical Maestra Vida, lo cual le tomaría como tres semanas, comería pabellón todos los días. Que en Maracaibo comió patacones, y que le sorprendió porque jamás se le hubiese ocurrido que se pudieran rellenar de ese modo dos trozos de plátano, que seguramente en Panamá nadie ha pensado en eso.

Más allá de darle las gracias a mis amigos Luis y Niceth por este maravilloso regalo de cumpleaños (aunque no lo crean un mes después sigo celebrando), fue un conciertazo. Sobre el escenario Rubén y sus músicos, sin confetti, ni fuegos artificiales, ni bailarinas, ni niños o bandas de colegio. Vestido de negro cerrado, un buen juego de luces y un sonido impecable (salvo un par de detallitos en algún momento), interactuó con el público, tal vez en algún momento se le pasó la mano en halagos al director musical Gustavo Dudamel (nada es perfecto), se entregó a hacer buena música, salsa sabrosa, rica en ritmos, lúdica, bien interpretada, pícara y hasta nostálgica.

Hacia el final del concierto dio las gracias al público por hacer su vida tan feliz. Solo le respondería que el sentimiento es recíproco.

Con mis amigos Luis y Niceth, antes de empezar el concierto.

Notas desafinadas sobre el concierto:
– No vendían cerveza, solo whiskey y ron. En el caso del ron, un puesto de Pampero solo ofrecía «caballito frenado», a Bs.50 un vasito plástico cuya cantidad de ron medían con un shot de menos de 1/4 de litro. Es decir, a precio de ron venezolano servido en Madrid y pensar que ni siquiera la botella cuesta eso. Un abuso.-
– No dejaban bailar en los pasillos, y lo peor es que la sillas estaban super pegadas que tornaba el asunto un poco incómodo. Lo peor es que el personal de protocolo era bastante maleducado. Y pensar que en Teresa Carreño (en sus buenos tiempos) y hasta en el Carnegie Hall tienen más flexibilidad. Caray, lo más curioso es que se trataba de un concierto de salsa y lo más natural en esos casos es que den ganas de bailar.

El «Pousse café» de Santi y Maribel

«El cocinero, fuera de su entorno debería quitarse la chaquetilla que le protege en su interior y abrirse, enriquecerse, practicar con menos recetarios, escuchar a la vida. La ilusión de los amigos por tener un amigo cocinero no debería condicionar en nada las relaciones personales, aunque, para serles sincero, lo que más feliz me hace es cocinar para los que quiero, y sigue sin importarme ponerme a asar o freír en mi día de fiesta; en realidad, es algo instintivo, que me sale de dentro como a otros el cantar. (…) Pudiendo hablar a través de un puré de patatas, una salsa de café, el olor de una perdiz asada, la textura de un lomo de ciervo con jugo de enebro o el sorbete de moras confitadas que me trajo Teresa en el verano que acabamos de dejar atrás, me resulta más apasionante vivir».

Santi Santamaría en artículo publicado el 10/10/2004 en el diario La Vanguardia y recopilado en el libro Palabra de Cocinero.

Como siempre, las malas noticias son las pocas cosas que viajan a la velocidad de la luz y la muerte del chef catalán Santi Santamaría ya inunda la web. Me gusta recordar a la gente en vida, por eso mi paso por los velatorios es rápido y por nada del mundo me acerco a la urna. En el caso de Santamaría, se dice que murió de causas naturales y parafraseando a Rubén Blades, «Claro, después de una comilona de antología que te mueras es normal». Especulo yo y en esa versión me planto.

Santamaría visitó Caracas en octubre de 2007. Me pareció un señor encantador, claro en su propuesta, rudo en sus argumentos, lapidario en sus opiniones, temerario en su criterio, más allá que luego le agarró el gusto a la polémica mediática, lo cual a mi parecer no le aportó nada memorable. Sin embargo, siempre me gustó su verbo, su discurso de cocinero apasionado ese que devoré en su libro Palabra de Cocinero. Me hizo reflexionar no solo sobre la cocina, sino sobre la pasión, la responsabilidad del oficio y el plantarnos cuando creemos que hacemos lo correcto.

Admiro profundamente la gente que ama la vida, que la disfruta sin pichirrez, se desborda en buena vibra, ríe hasta las lágrimas, lloran hasta empapar la ropa, comen y beben sin pudor, no paran de sumar buenos amigos y rien de sí mismos hasta el escándalo. La verdadera muerte está en el olvido.

Esta nota va dirigida a Santi Santamaría y Maribel Ugarte (amiga muy querida a quien esta vida que tanto amó, le jugó una pasada inesperada. Deja triste a muchos amigos. Que tu brillo y alegría no sucumban al olvido)

La reseña que escribí en este blog sobre la conferencia de Santamaría en Caracas:
http://historiasdesobremesa.blogspot.com/2007/10/santamara-cortando-rabo-y-oreja.html

Explosivos sabores de oriente


Salvo contadísimas excepciones, en lo que va de año no he tenido suerte con los restaurantes. Incluso, tengo la leve impresión de una peligrosa estandarización del gusto y la sazón, razón por la cual en todas las cartas hay ceviches, pasteles de polvorosa, tiraditos, risottos, fetuchinis, carpaccios, abuso en el presencia de algunos ingredientes como el ají dulce o en su defecto, mezclas difíciles de concebir. Hecho que a veces me resulta bastante cansón.

Pero me llevé la más agradable de las sorpresas, en la cena ofrecida por los cocineros Yelitza Acosta, Edgardo Morales y Tamara Rodríguez en Las Marías, con motivo de presentar todos los planes que desarrollaran en dicho espacio durante 2011.

La sorpresa llegó de sabores conocidos, almacenados en mi memoria gustativa, en mi orgullo patrio pero que hacía mucho no disfrutaba. Nuestras frutas, nuestros productos como chorizos, morcillas, queso de cabra de carora, lau lau, carite, casabe, ocumo, pira, coco, perfectamente aliñados, en recetas maravillosamente elaboradas y presentadas.

Hay tanto que buscar en los sabores del interior del país. Eso lo pensé cuando Tamara expresó que a su parecer, prácticamente la oferta de la ciudad la estipulan los importadores, porque se trabaja con lo que se consigue en el mercado y en gran mayoría los productos son importados. Estoy segura que más de uno argumentará las dificultades de la producción nacional, lo cual tiene mucho de cierto, pero también hay bastante comodidad y de querer ir «sobre seguro» en una oferta de restauranción que últimamente raya en lo aburrida. Solo digo esto en voz alta porque hay que tener cuidado con eso.

El menú:
Ceviche de lau lau. Hago un alto en este plato, muy sabroso, pero por los motivos que argumenté en párrafos anteriores, absolutamente prescindible. Sin embargo estaba bien elaborado.

Brusquetas de chorizo ahumado y chutney de pomalaca. Solo digo que por decencia no agarré un trozo de ese maravilloso chorizo traído desde oriente en mi cartera. Especiado, con un ahumado que redondeaba el sabor pero no invasivo, suave al paladar, muy gustoso.

Cuajao de dorado. Mi favorito de la noche.

– Morcilla carupanera con salsa de chocolate de paria y un toque de queso de cabra de Carora acompañado de chutney de pomalaca. Por cierto, esta fruta fue el hilo conductor de la noche, muchos de los platos la contenían pero me impresionó la adaptabilidad que presentó.

Acrá acompañado de mojito, chutney de pomalaca y picante de lechosa. Los acrá son unas torticas que se elaboran en la Península de Paria, en este caso Tamara las elaboró con ocumo, ají dulce y cilantro.

Sorbete de piña y ron de Carúpano.

Bake & Shark que venían rellenos de camarones o vieiras. Cada quien los rellenaba a su gusto con varias opciones en un mesón. Más adelante en este post los detalles.

Hervido de carite aromatizado con coco. El caldo gustoso y no grasoso, el pescado de excelente calidad y llegó en el mejor momento.

Centro de lomito con salsa de chocolate y parchita acompañado de pira

Bienmesabe

Bombones con cacao de Paria

Durante toda la noche se podía escoger entre vino blanco o tinto, nada del otro mundo pero la armonía fue aceptable. Pregunté varias veces las etiquetas que desgustábamos pero no obtuve respuesta y admito mi flojera de no acercarme a verificar. Pido excusas por eso.

A la gente de las Marías muy agradecida por la invitación, espero que tal como expresaron, le den espacio a cocineros del interior del país, cuyas propuestas serán más que bienvenidas. Anunciaron que próximamente la cocinera Yelitza Acosta arrancará con la programación, por lo que recomiendo a quien tenga las posibilidad de no dejar pasar esta oportunidad.

Finalmente, agradezco la hospitalidad de los anfitriones y cocineros, estoy consciente del esfuerzo que significó para ustedes, pero la velada fue simplemente perfecta.

De todos modos, aquí les dejo las página del lugar: http://www.lasmariascocinadecasa.blogspot.com/, también pueden comunicarse con Carolina Moreno al 0414 1178328

Morcilla carupanera con salsa de chocolate y un toque de queso de cabra acompañada de chutney de pomalaca … combinación juguetona, inesperada al paladar pero increíblemente sabrosa.


Cuajao de dorado, mi favorito de la noche. Hacía años que no probaba un cuajao tan delicioso, al punto, que entré a la cocina con ojos del gato con botas de Shrek y logré que me regalaran del sobrado. Lo cierto es que al día siguiente desayuné como una reina, porque me dieron un trozo de dimensiones generosas.


Sorbete de piña y ron Carúpano. Refrescante, amable al paladar pero con un final en boca donde el ron traviesamente dejó clara su presencia.


El cocinero Edgardo Morales friendo los bake & shark un plato de origen trinitario que se come en Paria. Consiste en estos «panes» que adquieren su nombre según su manera de cocción. Entonces, cuando son fritos se le llama flotas, horneados son becas o bakes y asados son domplinas. Los colocaron en la mesa, venían rellenos de camarones o vieiras y cada quien los rellenaba a su gusto, con piña fresca, chutney de piña y ají dulce, chutney de pomalaca, tres tipos de mojito, tomate, pepino y picante de lechosa. Podría haberme comido una bandeja entera, qué delicia!


Centro de lomito con salsa de chocolate y parchita acompañado de pira (preparación a base de vegetales y hierba Caracas), exquisita combinación, además la carne estaba en su punto y la salsa no le arropó el sabor sino que fue un compañero balanceado y necesario.


Bienmesabe. De las sorpresas de la noche. Excelentemente bien elaborado, con sabor justo del coco, el bizcocho fresco, el toque de ron no impositivo que perfumaba la boca y el merengue fresco, firme y suave. Para poca gente, es un secreto mi aversión al coco, pero estaba tan sabroso que me comí la mitad. Algunos de los asistentes afirmaron que irían a Casa Veroes, en el centro de Caracas donde trabaja Edgardo Morales, solo por comer este postre. Bravo!


Los cocineros Yelitza Acosta, Edgardo Morales y Tamara Rodríguez … trio responsable de la felicidad de mi paladar.

Cenicienta gastronómica


Un gustoso trozo de carne molida entre dos panes rebosante de salsas es la descripción más simple y cercana a la hamburguesa. Platillo nacido en la calle, amparada por la rapidez y el bajo costo. Recientemente ha adquirido otra connotación: el traje de gala gourmet.

La hamburguesa es uno de los platillos más conocidos, su fama creció en los tarantines cercanos a las fábricas en la naciente revolución industrial y las alas del estrellato se las otorgó la globalización, bajo los conceptos drive-in y comida rápida.

Pan, carne y salsa constituyen la fórmula básica que ha evolucionado en calidad y variedad. En Venezuela, por ejemplo, son las monarcas de las calles del hambre donde las combinaciones y presentaciones pueden desafiar la lógica y las dimensiones físicas, pero lo más sorprendente es que ha encontrado un nicho en los restaurantes más sofisticados.

Ahora la carne no es simplemente de res de mediana calidad, sino que se oferta de primera categoría, o de cordero, incluso de pescado, pollo y hasta la versión vegetariana. Las salsas industriales dieron paso a la elaboración artesanal y el pan puede ser el sello final, cuidadosamente horneado bajo la mirada de un experto panadero. Los rellenos por su parte, incluyen cebollas caramelizadas, quesos fundidos de varios tipos, hongos, alfalfa, mezclum de lechugas, tomates orgánicos y hasta espumas.

Sí, la muchacha pobre del barrio, ahora es toda una princesa, que ha salido a la luz para colarse en el gusto, preferencias y antojos de las mesas más sofisticadas de Caracas. Actualmente, no menos de veinte locales la incluyen en su menú, con todo tipo de variantes. Todos afirman tener la mejor, pero lo cierto es que tanta competencia ha beneficiado la oferta.

Conjuro del Hada Madrina

A mediados de los ochenta, la hamburguesa ya era famosa, algunos lugares como el Cubanito, Taxco y Crema Paraíso se habían ganado la preferencia del público, desde hacía por los menos una década. Para entonces, el mismo plato sencillo y rebosante de excesos, presentaba en su composición: lechuga, cebolla, tomate y en algunos casos tocineta, papas fritas y se asomaban variantes con aguacate y huevo.

Pero, el toque gourmet llegó de la mano de Burger Bistró con sus tres locales en Mata de Coco, Concresa y el CCCT. Luego le siguió Chipi´s, que amplió el concepto. Apostó a mejorar la calidad de los ingredientes, se podía escoger el término de cocción de la carne y el sistema incluía un auto-servicio conformado por pepinillos, alfalfa, hongos, varios tipos de queso e infinidad de salsas. Luis Eduardo “Chipi” Machado y sus socios desarrollaron este concepto, que aseguran fue enteramente venezolano.

Pasaron algunos años, hasta que la comenzaron a preparar en algunos restaurantes, entre los primeros que la incluyeron en su menú está Mokambo, su chef Ana Belén Myeston narra que al principio se negó a la idea, incluso afirma que el resultado dejaba mucho que desear, hasta que un día se propuso hacerlo bien, al punto que muchos gastrónomos de la ciudad como Pedro Mezquita la incluyen entre sus favoritas.

Esta hamburguesa la conforman pan hecho en el lugar, carne de lomito molida, salsas de factura del local, vegetales, hongos y queso fundido. Concepto que se ha repetido, ampliado y ha ganado variantes en otros lugares. Por ejemplo, el restaurant Shayará sirve una versión de carne de cordero, que consiste en tres unidades de tamaño más reducido con tres tipos de salsa. En el caso de Planta Baja, la acompañan con dos tipos de espuma de queso y solo la sirven de tres a siete de la tarde.

Diagonal, por ejemplo, tiene un aparte en el menú con cuatro tipos: a base de asado de tira, pollo con topping de confitura de tomate, lomo de cochino con chistorra y la de cordero, además de la opción dentro de sus tapas elaborada con jamón ibérico. Entre los restaurantes que la integran en su propuesta como plato especial, destacan Lola, Magnolia, DOC y Bucare, todos ubicados en el municipio Chacao.

Algunos lugares que han expandido los límites son Café Hilel, en el CC Galerías Sebucán, donde además se le imprime el sello casher, que según Mezquita es como comerse una delicia de estas en Brooklyn. En el mismo centro comercial, se ubica Araxi donde la oferta consiste en 10 tipos de carne de res, versiones de atún, salmón, fajitas y pollo que vienen acompañadas con papas fritas, tostones o aros de cebolla.

Otra opción interesante la presenta la gente de De Casta en el CCCT, el centro de la carne almacena un corazón de queso gouda, acompañado de cebollas caramelizadas, champiñones estofados, tocineta y un tipo de pan más parecido a los muffins, supervisado en su elaboración por Humberto Silva, encargado del lugar y panadero de profesión.

Silva asegura que el 80% de los comensales de este platillo lo constituyen mujeres, “a veces le quitan el pan de arriba o la piden sin pan. La nuestra no tiene nada de delicado, es bastante grande, al punto que un cliente una vez me pidió un manual para comerla”.

Finalmente, una de las opciones más recientes y dedicada por entero al tema es 1834, ubicado en el C.C. San Ignacio, de la mano de Luis Eduardo “Chipi” Machado, ha ampliando la cantidad de opciones para un mismo plato, con lo que ellos catalogan como “toque gourmet”, es decir, más variedad de salsas y toppings.

Sorprende cómo un platillo en teoría sencillo y hasta simplón, haya encontrado en Venezuela tantas opciones y adeptos, desde los puestos de comida callejera, pasando por lugares de comida rápida, los alrededores de los centros deportivos, pasando por restaurantes de comida más casual como Friday´s, Tony Romans o Outback, hasta los sitios más suntuosos, la hamburguesa se ha ubicado sin dificultad y con seguridad en el paladar criollo, puede que con ingredientes más sofisticados que otros, pero definitivamente, una opción sin distingo de raza, religión o status socio-económico.

Texto publicado en la revista Sala de Espera. Febrero 2011.

Gastrocayapa virtual

El insulto comienza cuando se agotan los argumentos. Fue mi primer pensamiento cuando leí la carta del «otro» Antón Ego, dirigida al periodista Miro Popic referente a su texto Los Telecocineros. Sí, una práctica común en la rojita Venezuela, donde las discusiones de altura, inteligentes, argumentadas, enriquecedoras y pensadas, podrían formar parte del libro rojo de las especies en extinción.

Me cuesta creer que para refutar una opinión, haga falta utilizar un lenguaje que raya en lo burdo, en lo grosero. Pero más me preocupa que no se respete la opinión del otro, es decir, o estás conmigo o en mi contra. Asombroso, que no solo se limitó a escribir en la página de Miro Popic, sino que se tomó la molestia de enviarla a las direcciones de correo, de mucha gente relacionada con el medio gastronómico.

Expreso mi preocupación en voz alta por dos motivos: la primera viene enfocada sobre el tema de la libertad de expresión. ¿Acaso Miro Popic no está en su derecho de expresar que determinado hecho le agrada o no? ¿Cúal es el problema? Leyendo el texto de Popic, solo encontré ideas y opiniones muy interesantes, con las que puedo o NO estar de acuerdo, pero que me hicieron reflexionar. Entonces, cúal es la molestia de este «doble anómimo» (porque se escuda bajo el nombre de un primero que hace mucho no escribe). Si se sentía agredido, me hubiese encantado leer sus argumentos, y no una seguidilla de descalificaciones, además de algunas referencias sobre los señalados por Popic en cuestión, que poco o nada sumaron a su queja.

En segundo lugar, creo que la trayectoria de un profesional como Miro Popic se respeta. Cuando muchos de los que hoy estamos inmersos en el mundo de la gastronomía, usábamos franelita azul o blanca, este periodista escribía sobre el tema. Cuando en nuestros anaqueles no se contaban más de 20 etiquetas de vino (salvo las grandes etiquetas que solo se descorchaban en las mesas de comensales con un fuerte poder adquisitivo), Popic tecleaba sobre los sucesos gastronómicos. La formación en la fuente gastronómica (al igual que en cualquier fuente del periodismo), requiere disciplina, tiempo, observación, dinero y mucha lectura. A diferencia de lo que se puede pensar por esos caminos de Dios, que basta con hacer dos o tres cursos sobre bebidas y visitar unos cuantos restaurantes para considerarse experto en el tema.

Profesionales como Popic son responsables del boom gastronómico de estos días, porque desde hace mucho han trabajado con disciplina en la difusión seria, argumentada y sustentada del tema. Hoy el insulto fue contra Miro Popic, pero nadie está a salvo. Así que mi temor pende frágilmente de la confianza de la buena educación y respeto por las opiniones de los demás.

Pero lo que más me preocupa, es la reacción de mucha gente que en privado se alegró de lo sucedido. No podía dar crédito a correos donde enlazaban los textos de Miro y del «otro Antón», con comentarios como «vieron cómo le dieron a Miro», «lee cómo le pegaron durísimo a Popic» y otras expresiones que prefiero no mencionar. Perdón, pero así no se construye país. Este es un medio pequeño, que está pasando por todo tipo de dificultades y considero ilógico prestarse a esa dinámica morbosa y perversa de descalificación, que atomiza y destruye. Opiniones provenientes de personas que en su momento, pueden llegar a enloquecer a cualquiera, con la insistencia que le promocionen alguna actividad que están realizando, las leía con asombro en redes sociales públicas y privadas apoyando este tipo de acciones.

Creo en la crítica, en la confrontación inteligente de puntos de vista, en la diversidad de opioniones. Una prueba que sí se puede llevar a cabo, fue el intercambio de ideas entre Vladimir Viloria y Sumito Estévez, cuando el chef anunció a destiempo los premios de la Academia Venezolana de Gastronomía. Una discusión de altura, inteligente de la que nos beneficiamos todos, porque mucho se aprendió. Lamentablemente, en Venezuela la tolerancia a la crítica no supera el milímetro de profundidad sobre la superficie.

Mi solidaridad nos es solo con mi colega Miro Popic, sino con todas las personas que estén dispuestas a expresar su opinión en términos de respeto e inteligencia, lo demás son palabras que carecen de importancia.

Los brownies de la Rolfini

En estos días publiqué en twitter que estaba hornendo brownies y me asombró la cantidad de gente que me pidió la receta, así que con todo gusto aquí va. Solo comento que es muy sencilla, se puede elaborar teniendo a disposición dos hornos: un microondas y el de la cocina como tal. Ahora, si no le gusta el microondas, derrita todo a la manera tradicional, es decir el chocolate en baño de Maria y la mantequilla en una ollita a fuego medio.
Para una porción de 6 a 8 trozos generosos necesitarán:

  • 160 gramos de chocolate de barra, aquí les aconsejo que mezclen mitad oscuro y mitad con leche, funcionan muy bien los de Savoy de empaque verde, ahora sacaron unos reposteros muy buenos y si puede, no se prive de usar Chocolates el Rey
  • 150 gramos de margarina o mantequilla. Aunque no lo crean quedan muy bien con margarina.
  • 2 huevos
  • 3/4 de taza de azúcar
  • 1 cucharadita de esencia de vainilla
  • 1 taza de harina de trigo todo uso. Aquí mi recomendación es que de las marcas disponibles en el mercado usen Blancaflor o Gold Medal si dan con ella. De ahí en adelante a su riesgo.
  • Un molde cuadrado de 20 x 30 centímetros, bien engrasado y si es posible, forrado con papel mantequilla o encerado.

Comience derritiendo el chocolate, puede hacerse en baño de María pero nunca directo al fuego. Yo prefiero hacerlo en el microondas, le da un brillo fantástico. En ese caso, pártalo en trozos, llévenlo al horno por 30 segundos y revuélvalo bien, repita el procedimiento. Luego necesitará un par de golpes de horno de 20 segundos cada uno, pero en el interín revuélvalo con la ayuda de un dedo mágico. Cuando esté derretido colóquelo de lado y fuera del alcance de la gente que tiene la intención de sopetearlo.

Aparte derrita la mantequilla, luego mézclela con el chocolate y bata bien hasta que la mezcla quede uniforme. Luego añada la vainilla y los huevos de uno en uno, sin prisa, que la cocina tiene su tiempo y eso es inalterable.

Luego, poco a poco, incorpore la harina. Puede cernirna previamente, pero eso lo dejo al ímpetu de cada quien. Cuando haya vertido toda la harina revuelva con movimientos envolverntes, hasta que quede una mezcla uniforme y pesada. Viértala en el molde y llévela al horno.

Ah! sobre el horno, precaliéntelo a 350ºF o 180ºC, por lo menos 15 minutos antes de llevar los brownies. Si su horno es de los que no tienen definido el tema de la temperatura, el punto está que cuando abra la puerta y meta la mano, ésta aguante un par de segundos el calor, si no soporta ni un segundo está muy caliente y arrebatará la receta. Si aguanta mucho tiempo, le falta calor. Este método es infalible, o cómo creen que hacía la gente de antes para hornear.

Los brownies requieren de 20 a 25 minutos de cocción, eso depende del horno de cada quien, aunque no lo crean no todos son iguales y están llenos de mañas, más parecidas a sus dueños que las intenciones del fabricante. Estarán listos según la clásica indicación de introducir un palito y si sale limpio es hora de acabar con la cocción. De todos modos, las tortas en general dan dos avisos de olor, el primero le alborotará el apetito pero no está lista, simplemente es el indicativo que la cocción está en proceso, al rato sentirá un segundo golpe de aroma, en ese momento corra al horno a chequear.

No los corte salidos del horno, porque se desharán sin remedio y después de tanto trabajo puede resultar frustrante. Espere un rato y luego córtelos de las dimensiones que prefiera.

A los que se aventuren, buen provecho!!!

Parrilla, hamburguesas, cervezas y beísbol

Cuando voy al estadio procuro un almuerzo ligero para comer sin tanta culpa y con mucho espacio disponible en mi estómago. Por lo general, llego caminando, entonces la cercanía al Universitario se va develando en etapas marcadas por los sentidos. Primero se intensifica la bulla, se escuchan pitos, cantos y gritos. Luego el olor inconfundible de la parrilla que señala inevitablemente el camino correcto, luego aparecen los tarantines de comida y ropa, donde venden todo lo que un fanático de cualquier equipo pueda necesitar, como franelas, camisas, gorras, bufandas, banderas, hasta llegar a la puerta. Además, se ven muchos hombres bellos en esos predios, todo un estímulo visual.

Mi costumbre es comer antes del juego, aunque ya sentada siempre se come y bebe, la emoción del playball estimula el apetito. Generalmente, me animo por una arepa, cuyo relleno decido frente al mostrador, después de mucho ir mis favoritas son las que está en el extremo norte, el último puesto, son la mejores. Pero en mi más reciente visita, me animé por una hamburguesa porque llevaba días pensando en eso, solo que Juanchi´s Grill se la pasa a reventar de gente y la espera puede ser un poco larga, pero esta vez iba con tiempo y decisión, y fue la mejor decisión que pude tomar.

Hay otras opciones muy buenas, shawarmas, perros calientes, pepitos, lo que si me sorprende es que no venden cachapas, o por lo menos yo no las he visto. También se puede apelar a los tequeños, pero esos los dejos para acompañar las cervezas durante el juego. Incluso hay un centro de postres de Mc Donalds, así que la oferta es variada, relativamente económica y en todos los casos bien sabrosa.

Contrario de lo que se pueda pensar, los expendios de comida en general son bastante aseados aunque siempre queda la duda de la procedencia del agua, pero ojos que no ven, estómago que no siente.

Lástima que la temporada ya está llegando a su fin, solo restan los juegos de la final (optimismo de Leona, que está ligando a que lleguemos). El estadio es el único lugar de Venezuela, donde la rivalidad se lleva sanamente, se mezclan las camisetas, se establecen alianzas efímeras con los compañeros de puestos cercanos a quien posiblemente no vuelvas ver en tu vida, hasta el himno nacional se canta con verdadera emoción y respeto. Sí la pelota une y divierte. Mientras tanto, mis debilidades gastronómicas se desatan en el estadio, sabores que almaceno en mi memoria y hasta en mi corazón, y evoco en ocasiones durante meses, hasta que en octubre se escucha el grito de playball.

Siempre cabe la duda que estos pinchos los elaboren con carne de perro, pero huelen muy bien y tienen buena pinta. Admito que tengo que envalentonarme un día y pedir una, que sirven en un platico de cartón: una cama de yuca hervida bañada con guasacaca y encima la carne, que puede ser de un solo tipo o mixta. Este puesto, llamado El Rincón LLanero es uno de los más grandes y «limpios», pero hay varios expendios de parrilla, incluso unos pequeños en esos casos no me animo, puede ser un tema «suicida».


La dinámica del puesto Juanchi´s Grill: pagas primero, te dan un papel con un número y una indicación que resulta ser la comanda. Luego el cocinero empieza a pedir los números en voz alta en lotes de doce y de una vez te pregunta alguna especificación (son los papeles blancos que se ven en la foto). Luego las hacen en serie: pan, carne (un trozo grande, gustoso y jugoso) , una lonja de queso amarillo tipo americano, cebolla carmelizada, papas fritas ralladas, una salsa blanca de procedencia desconocida parecida a la mayonesa, mostaza y salsa de tomate. Seguidamente, empiezan a gritar los número nuevamente y las entregan de una en una. Claro, en el interín puede pasar de todo, los cocineros cantan, bailan, bromean, pelean entre ellos y hasta con los comensales que se quejan. Si decide ir durante el juego puede que hagan un alto para ver, celebrar o quejarse de una jugada. Ayer, hasta tuve que esperar que apagaran un conato de incendio …. todo es posible, pero la espera vale la pena, de las mejores que me he comido últimamente. Incluso son tan populares, que durante el juego, uno ve como todo el tiempo hay alguién que llega a la tribuna con una en la mano.


Así se la pasa el puesto Juanchi´s Grill


Estos muchachos estaban gozando de lo lindo con sus hamburguesas


Elsa y yo con Alexander nuestro vendedor de cerveza, ya es pana. Si pasamos muchos juegos sin ir nos recibe con la frase «están perdidas»

Arepas para pescadores

De lunes a lunes, desde las 6 de la mañana hasta el mediodía un pequeño puesto de comida ofrece deliciosas arepas a la orilla del mar en la población de Puerto Colombia. Bajo arboles de almendrón y uva de playa, rodeado de arena y peñeros, el mar de fondo y el bullicio de los pescadores, disfrutarán de una arepa gloriosa: grande, de piel crujiente, masa suave y relleno gustoso y bien hecho.

El Rincón de las Arepas, lleva más de doce años alimentando a los pescadores que regresan de sus faenas, además es una de las ofertas más económicas de la zona, que solemos llamar Choroní aunque en realidad es Puerto Colombia. Estílita, una negra grande y simpática de cabello trenzado, les atenderá diligentemente, hasta les dará a probar de alguno de los guisos si tiene dudas.

El relleno más solicitado es el Tere-Tere, que consiste en la mezcla de varios rellenos coronados que queso blanco criollo rallado. Otras opciones son pescado (delicioso, fresco, de carne jugosa sin ser grasoso), mondongo, mollejas guisadas, chicharrón (aquí le pueden preguntar a Marta Elena González Herrera), perico, carne mechada, ensalada de gallina y pollo guisado. Todos los rellenos van coronados con queso, si el comensal lo requiere y no tiene costo adicional. Tengan presente que solo expende arepas que puede acompañar con jugos de frutas industriales, café guayoyo o malta.

El lugar se la pasa lleno de pescadores porque la relación precio valor es insuperable, además de su ubicación. Con toda seguridad disfrutará una arepa bien resuelta, mientras juega con los pies en la arena y disfruta escenas de pesca a su alrededor.

Luego descubrí que los rellenos los elabora el señor Hernán, quien día a día por más de doce años, se ha encargado de dicha labor, aunque de vez en cuando le echa una mano su esposa.

Si se acercan a Choroní, este es el sitio para desayunar, mis únicas recomendaciojnes son levantarse temprano y hambriento.

Arepas en mano, pies en la arena


Hernán lleva 12 años elaborado los gustosos rellenos.