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Las domplinas hablan inglés, español y patuá

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Inglesas de nacimiento. Adoptadas por los caribeños. Amadas y apropiadas por parianos y guayaneses.  La domplinas son su “arepa” y su “pan” en el condumio diario. Una venezolana trilingüe que se disfruta en la mesa.

Seguirle la pista a las domplinas, se asemeja a escribir el guión para una película sobre el Caribe, ambientada entre los siglos XVI y XVIII.  Con un elenco donde participan ingleses, franceses, piratas, mayorales, esclavos, mineros, nativos de las islas y de tierra firme.

Comienza con una receta que llega en barco, se adapta y  evoluciona en todo sentido, desde el idioma, la incorporación de ingredientes y rellenos hasta su participación en los Carnavales del Callao en la trama. Se trata de un tipo de pan que tocó islas caribeñas de la mano de los ingleses, quienes las llamaban “dumpling”, es decir, una pequeña “torta” o “pastel” frito elaborado con harina de trigo.

El chef guayanés Jhonnys Pitter afirma que los esclavos residentes en Jamaica, aprendieron la receta de sus amos y las expandieron a otras islas como St.Vincent, Martinica y Trinidad y Tobago. Luego llegó a Venezuela por dos vías: por el Delta del Orinoco y viajó con los mineros que buscaban oro en el Callao, y el otro camino se trazó por la península de Paria, cuya proximidad geográfica está servida.

Por su parte, Rafael Cartay en la publicación Entre gustos y sabores (Fundación Bigott 2010), menciona la relación de la isla caribeña y tierras sucrenses, “basta revisar el recetario de Trinidad, cuya historia estuvo ligada a la de Venezuela de manera muy estrecha desde 1530 hasta 1797, cuando una escuadra inglesa tomó la isla sin encontrar resistencia (…) Conseguiremos, entonces, muchos usos y preparaciones, platos y bebidas, que nos resultan similares (…)”.

El nombre delata la identidad del cocinero

Domplinas, bekas, galetas, flotas, cholas, pan de minero, dependiendo de la región adquiere su nombre. Cartay en el diccionario de la Alimentación y Gastronomía de Venezuela (Fundación Empresas Polar, 1997) las define como “masa de harina con levadura, zumo de coco, sal, huevos y aliños que se hornea como pan”. Sin embargo, tanto Pitter como la chef Tamara Rodríguez, coinciden que las del Estado Bolívar llevan agua y las de Sucre leche de coco en su fórmula.

Las becas (procedente del vocablo inglés bake) son comunes en Güiria. Cuando se hacen fritas se les menciona como flotas y en budare toman el nombre de galetas o domplinas.

Rodríguez afirma que entre Irapa y Güiria “no tienen un ritual del relleno. En algunos lugares lo hacen con buljol o boucol, un guiso de pescado salado. En Rio Caribe todas las señoras las saben preparar, pero creo que por flojera dejaron de hacerlas”.

La receta de Rodríguez contiene 500g de harina leudante, una taza y media de leche de coco, 50g de mantequilla, una cucharada de azúcar y otra más pequeña de sal. “Se amasa la harina con la leche de coco hasta que queden bien incorporados los ingredientes y la masa suave. Se derrite la mantequilla, se agrega la sal y el azúcar y se añaden a la masa. Cuando esté lisa se forman bolitas y se dejan reposar una media hora. Se estira cada bolita y se le da forma de arepa y se asa en un aripo o budare”.

Rodríguez prepara su versión del Bake & Shark trinitario, que ha hecho famosa a la playa trinitaria de Maracas. Esta modalidad contempla diversos rellenos, frutas, y variedad de salsas, algunas picantes, en lo que la cocinera describe como la versión caribeña de la hamburguesa.

Receta carnestolenda

Jhonnys Pitter afirma que son comunes en el Callao, Estado Bolívar, desde hace muchos años, pero que a partir de la década de los cuarenta se hicieron famosas durante la celebración del Carnaval, cuando a partir de las cuatro de la mañana la gente esperaba a las domplineras. Tradición que se mantienen hasta la actualidad.

En ese caso, las rellenan con carne mechada, huevo, queso, pollo, chanfaina, lengua, mondongo. La masa lleva un toque de guayabita y clavo de olor. “Mi abuela mientras las amasa les canta en patuá un lamento llamado ipso. Ella asegura que eso hace que tengan ritmo y enamoren a los visitantes por su sabor”, narra Pitter. Luego completa el relato describiendo cómo su abuela las pone a leudar dentro de una bolsa plástica y las coloca sobre el techo de la casa, hasta que les pegue los rayos del sol.

Además del Callao son comunes en otros pueblos mineros. En Guayana se hacen de tres maneras: se estiran a mano, que en algunos casos les dicen Cholas y se les coloca el guiso arriba. Otra modalidad, es estirarlas con rodillos, entonces quedan parejas y al cocerlas se inflan “como sapos” y luego las rellenan. La tercera versión – menos comercial – se coloca la masa en un molde, se hornea y se les señala como “pan de minero”. Luego se corta en trozos como una torta.

¿Por qué las domplinas no han trascendido del eje Paria – Guayana? Los ingredientes están presentes en todos lados, su preparación es relativamente sencilla y están elaboradas con trigo, un cereal afín a nuestra dieta.  Sin embargo, es una receta que cuando se adueña de la mesa no la abandona, hace de pan, de arepa, de golosina, de principal y de guarnición. Las domplinas son tan versátiles como su habilidad con los idiomas.

Publicado en la sección «Así somos con gusto» de la revista Bienmesabe de Julio.

Tortas bellas, mas no apetitosas

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Desde hace tiempo se puso de moda el uso de fondant para decorar pasteles, lo que ha significado una expansión importante en las fronteras de las posibilidades y creatividad en la «pastelería».  Ahora más que nunca las tortas son trampantojos, juegos de formas que se sintonizan con la ocasión pero se divorcian de la apetitosidad.

El queso de cabra se apropia del paladar venezolano

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Bien sea tradicional o afrancesado, el queso de cabra ahora se disfruta en todo el país, en un boom que ha encontrado un rápido lugar en las preferencias de nuestro gusto

La producción de queso de cabra en Venezuela es tan vieja como la de res, solo que las vacas dan más leche y eso incide directamente en los volúmenes de producción. Sin embargo, los estados Falcón y Lara son famosos por su consumo y presencia constante en la mesa.

En la parranda de San Pedro se reza, canta, baila y come Teretere

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El 29 de junio se celebra la fiesta de San Pedro y San Pablo. Las poblaciones de Guatire y Guarenas, en el estado Miranda, veneran al santo portador de las llaves del cielo y la toman como el día más importante del año. La fiesta viene de la época colonial y  recuerda cuando la esclava María Ignacia le prometió  a San Pedro que le bailaría en su día si sanaba a su hija. La niña sanó, pero ella enfermó y para cumplir su promesa su esposo se vistió de mujer y fue a cumplir su palabra.

Libretas con «recetas de casa»

cdca4788db4b11e2b22122000a1fc95b_7Finalmente, alguien se decidió a compartir la receta del hielo. Los muchachos de Buruza, se despojaron de toda mezquindad y además imprimieron las fórmulas para hacer sánduches de jamón y queso y cereal. Tanta generosidad encontró soporte en las tapas de unas libretas de hojas en blanco, que venden todos los sábados en el mercadito de Los Palos Grandes.

Si San Juan lo tiene, San Juan te lo da

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San Juan es uno de los santos más venerados y celebrados en Venezuela. En el pueblo de Curiepe, Estado Miranda, la figura central es un niño, a quien se le llevan ofrendas como juguetes y golosinas, entre otras cosas. El color del día es el rojo y si llueve en esta efermérides, se augura buena cosecha.

¿Pero qué se come en una celebración tan especial?

Sexo, pilates e Instagram

1011085_10151673135484920_1948061072_nCuantas cosas he escuchado por ahí, pero hasta que me tocaron o las viví en carne propia, solo pude concluir: «¿cómo no me pasó antes?».

En un primer momento, sentí frustración por el tiempo perdido. Atacaron sin contemplación los remordimientos y las suposiciones.  A mi pensamiento lo invadió un rosario interminables futuribles: «si esto aquello», «si esto lo otro», «si fuese más joven», «si tuviese más plata». Hasta que en perfecto venezolano «me cayó la locha», y me puse manos a la obra.

Tapeo en Amapola

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El cocinero Alex Arcas integra la brigada de cocina del Restaurant Amapola, en un menú de tapas de su autoría que preparará por tres días. La carta está  integrada por 10 opciones, que abarcan todas la comarcas de los reinos vegetal y animal. En la cocina están presentes Irina Pedroso y Mercedes Oropeza, a quien el otro día vi rellenando dátiles con nueces, en un trabajo de infinita paciencia y de apoyo al chef invitado.

El tapeo comenzó el jueves 13 y se extenderá hasta el sábado 16. No exigen reservación, pero el día de ayer estaba que no cabía un alma, así que no es mala idea apartar una mesa.

Para los interesados el menú …

La salsa tártara no nos pertenece pero es nuestra

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Adictiva, versátil, calórica y sabrosa, la salsa tártara se insertó en las debilidades del paladar criollo y todos los pronósticos le auguran larga vida en nuestra mesa.

Ni oficial, ni extraoficialmente la salsa tártara es un platillo venezolano. No se le asocia a nuestra culinaria, no forma parte de nuestras recetas emblemáticas, ni siquiera se le vincula con la sazón criolla. Sin embargo, goza de una popularidad a toda prueba.

Se le incluye desde los menús de los restaurantes más caros, hasta las versiones de procedencia dudosa en expendios de comida callejera. Su sabor y textura es sinónimo de exceso, fiesta y calle. Armoniza con mariscos rebosados, pescados fritos, sánduches, arepas, empanadas, pasta y hasta con casabe.

Se ha adaptado tan bien en nuestra cocina y a nuestro gusto, que integra las preferencias en la dieta del venezolano actual. Se trata de una hija de la mayonesa, es decir, hermana de las salsas rosada, alemana, alioli, mil islas, andaluza, italiana entre las más mencionadas.

Para conocer su origen hay que seguirle la pista a su base, la mayonesa. Algunos autores la califican como de origen francés, que viajó a España donde los ibéricos se apropiaron de ella. Al respecto, Angel Muro famoso autor de “El Practicón” (1894), uno de los compendios más completos de cocina española, señala al “gran Lancelot”, insigne literato francés del siglo XVII, como el responsable del registro de la fórmula, y la traduce del siguiente modo: “en vuestro tazón de porcelana una yema se echará, sal, pimienta, apenas vinagre, y el trabajo empieza. El aceite se echa gota a gota, la mayonesa toma cuerpo y se espesa sin sentir en ondas relucientes que se sobran”.

Otras versiones, en el Larousse Gastronómico señala en1756 el Marqués Richelieu y sus allegados atacaron el Fuerte de San Felipe de Mahón e invadieron la isla de Menorca, probaron la salsa all-y-oli con gran sorpresa. Copiaron la receta de su elaboración y la llevaron a Francia. Los galos le retiraron el ajo más dado al gusto español, lo cual tendría más sentido, porque los franceses no son dados a las preparaciones con exceso de aceite de oliva.

En qué momento se le añadieron el resto de los ingredientes para convertirse en “salsa tártara”, no hay fuentes claras al respecto. Pero definitivamente, no guarda en absoluto relación con los tártaros, ni con Mongolia. Versión sin sustento que circula en internet y que inexplicablemente es reproducida una y otra vez.

Tártara criolla

La salsa tártara está elaborada con una mezcla de salsa mayonesa, alcaparras, huevo duro triturado, pepinillo, eneldo fresco, sal y pimienta. Se usa como aderezo de ensaladas, pescados frescos o ahumados, mariscos, aves y otros”, señala la investigadora Trina Arocha en su más reciente publicación sobre cocina venezolana.Hecho singular porque posiblemente, se trata de la única referencia bibliográfica, que relaciona esta receta con nuestra culinaria.

La fórmula planteada por Arocha no dista de versiones de recetarios ibéricos. Por ejemplo, la experta en gastronomía María Gómez, autora del blog “La Reina de las Catas”, afirma “hay variantes pero lo básico es mahonesa, pepinillo en vinagre, alcaparras, mostaza dijon y huevo cocido. Hay gente que le añade yogurt, cebolleta y zumo de limón. En España se utiliza como aliño para pescados y aves”.

Por su parte, la página española Gastronomía & Cía afirma, “algunos documentos muestran que la salsa tártara se elaboraba inicialmente emulsionando las yemas de huevo duro con el aceite, pero con el tiempo se ha simplificado la receta partiendo de una mayonesa tradicional y en muchas ocasiones añadiendo además la yema de huevo cocida”. Pero al igual que Gómez apuntan a los mismos usos.

Su popularidad en la península ibérica da una pista muy clara sobre su origen y de quienes la trajeron a Venezuela, donde se popularizó a través de la restauración, donde es acompañante de rigor de mariscos rebosados. El investigador Rafael Cartay (Fundación Bigott, 2010) afirma que “a partir de la nacionalización de la industria petrolera y del aumento inusitado de los precios petroleros en la década del setenta (…) La ciudad capital se llenó de restaurantes de algunas cocinas extranjeras especialmente española, francesa, portuguesa (…) Algunas preparaciones se asimilaron al gusto nacional, sobre todo de las clases altas y medias, y pasaron a formar parte de nuestra cocina (…) modificándose en muchos casos las denominaciones”.

Desde entonces, su presencia en la mesa ha sufrido inevitables modificaciones. Los venezolanos extendimos su uso a otros platillos, y en un verdadero espíritu de cocina fusión, la esparcimos sin pudor sobre las versiones criollas perros calientes, hamburguesas, pepitos y hasta arepas. Incluso, le añadimos un toque picante, como la receta del libro rojo de Scannone.

Actualmente, forma parte del combo de las salsas de carros callejeros, en esos casos prescinden el uso del huevo por motivos de conservación y del eneldo porque no es una hierba que precisamente se amolde al paladar local. También se expenden versiones en los supermercados y algunos artesanos como la señora María Cariani – de origen yugoslavo – las preparan con mayonesa casera y grandes cantidades de eneldo.

Es decir, hay tantas fórmulas de esta salsa como gustos, preferencias y necesidades. ¡Larga vida a la salsa tártara!

Texto publicado en edición de junio de la revista Bienmesabe en la sección «Así somos con gusto»

El Comedor del ICC: Cocina venezolana en construccion

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Las flexibilidades e inflexibilidades propias de una escuela de cocina, dan paso a un espacio donde los sabores de la culinaria criolla exploran nuevos territorios o se ciñen perfectamente a la tradición. En este “comedor” todo es posible

¿Restaurante?, ¿Mesón?, ¿Bistró?, ¿Escuela de cocina?, ¿Laboratorio?, ¿Espacio para la libre expresión? ¿Salón “casi” clandestino? Extrañamente, a El Comedor del Instituto Culinario de Caracas le calzan todas estas definiciones, en una mezcla inusual que hace difícil rotularlo con una sola etiqueta. Sin embargo, en todos los casos se cumplen varias premisas de la restauración: buen servicio, ambiente agradable, con una propuesta culinaria bien elaborada, sabrosa y sorpresiva, a un precio más que justo.